Humberto Belli Pereira
Jorge Ramos, periodista, y Mario Vargas Llosa, escritor, han deplorado recientemente “la inflexibilidad y lentitud de la Iglesia para cambiar o ajustarse a la realidad actual” señalando, en particular, “la retrógrada postura del Vaticano en contra del uso de condones”. Para Ramos la Iglesia corre el riesgo de caer en la “irrelevancia social”. Para Vargas Llosa la reconciliación de la Iglesia con la mentalidad dominante “bien vale un condón”.
Hay un aspecto en el que estos críticos tienen razón. A lo largo de su historia la Iglesia ha nadado frecuentemente contra corriente, terquedad que le ha producido grandes dolores. Una concesión, aquí o allá, le hubiesen evitado algunos conflictos y ganado algunos aplausos. Uno de los casos más clásicos es cuando Enrique VIII le exigió al Papa Clemente VII divorciarlo de Ana Bolena. Para algunos, conservar Inglaterra bien valía un divorcio, pero el Papa, contra todo pragmatismo, mantuvo el principio de la indisolubilidad del matrimonio. Enrique VIII rompió entonces con Roma, Inglaterra se volvió Anglicana, y muchos católicos, entre ellos San Tomás Moro, pagaron su obstinación con sus vidas.
Esta obsesión de la Iglesia Católica por adherirse a principios, desafiando las presiones circundantes, se remonta a sus fundadores. Jesucristo murió crucificado por no ajustar su mensaje a las exigencias de las castas político-religiosas de su tiempo. San Pablo, en su carta a los primeros cristianos de Roma, exhortaba al no-conformismo. “No vivan ya según los criterios del mundo presente sino transfórmense por la renovación de sus mentes para conocer la voluntad de Dios”. La Iglesia nació así como un “signo de contradicción”, dispuesta a predicar a precio de sangre, un mensaje distinto.
Esto lo ignoran Ramos y Vargas Llosa. La preocupación de la Iglesia y de sus Papas, sobre todo en sus horas más gloriosas, no ha sido buscar o preservar la aprobación de los pueblos sino ser fieles a su mensaje. En el transcurso de su historia la Iglesia ha ido desarrollando un magisterio moral que procede, no de auscultar las preferencias o modas circundantes, sino de reflexionar sobre la conformidad o inconformidad de ciertas acciones con lo que sus teólogos han conceptuado como la ley natural y el designio del creador.
Curiosamente, la reflexión ética no emerge en los escritos de Ramos y Vargas Llosa. Para ellos parecieran haber dos criterios para legitimar una conducta: su popularidad o su eficacia. Ramos pregunta: “¿Qué mujer está dispuesta en estos días a renunciar a los preservativos?”, y también, “¿cómo oponerse al uso del condón si es efectivo contra el sida?” Ramos olvida, en primer lugar, que no es la aceptación de una conducta lo que la hace buena. Si algún día, en algún lugar del mundo, todos sus habitantes decidieran practicar el robo, no por eso dejaría de ser incorrecto robar. Ramos también olvida, en segundo lugar, que la eficacia de un medio tampoco es criterio de su moralidad. Eliminar a los enfermos de una epidemia podría ser eficaz para terminar con la misma, pero nunca podría ser moral.
Ramos finalmente yerra en cuanto a considerar la distribución de condones como el mejor remedio contra el sida. No sólo porque omite mencionar que los condones tienen un porcentaje de fallo que los convierten en ruleta rusa de sus usuarios, sino porque ignora que la principal causa de la propagación del sida ha sido precisamente el menosprecio de las enseñanzas de la Iglesia. El sida no se propaga entre las parejas fieles ni entre quienes practican la abstinencia prematrimonial.
Los críticos parecen querer seducir a la Iglesia insinuando que le conviene ponerse a tono con los tiempos. “Cedan su oposición al condón, al homosexualismo, al aborto y a los anticonceptivos”, parecen decirle, “y entonces se llenarán los templos, la Iglesia será relevante, y los curas aplaudidos”. El exhorto, que no es un planteamiento moral, suena más bien como un eco de la tentación que Satanás presentó a Cristo y que se describe en el Evangelio: “Todos estos reinos te daré si me adoras”.
La experiencia indica que la Iglesia no se plegará a las voces dominantes, “inflexibilidad” que paradójicamente explica su fortaleza a través de los siglos y que garantiza que no se quedará sin audiencia. Richard John Neuhaus, pastor luterano convertido al catolicismo y autor del libro El momento católico”, comentaba que en tiempos en que tantas iglesias y denominaciones han comprometido su identidad y entereza, por nadar con la corriente, la Iglesia Católica ha permanecido, con admirable tozudez, como el único faro de orientación moral que arroja una luz consistente.
El autor es rector de Ave María College of the Americas