Alejandro Serrano Caldera*
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Dos tendencias de la filosofía política
Alejandro Serrano Caldera*
En realidad, en la Historia de la Filosofía Política han existido dos tendencias predominantes, la de los griegos, que considera a la política como el arte del bien común, y la de Maquiavelo, que la considera el arte del poder. Rousseau, una de las cumbres de la filosofía política universal, es, desde cierto punto de vista, la culminación del proceso de desarrollo del pensamiento de Aristóteles.
Es Maquiavelo quien rompe con la filosofía política de los griegos al separar la política de la ética y al transformar los conceptos de virtud y moral. Sin embargo, cabe señalar que a pesar de todo, coincide con los griegos en la idea de la autonomía de lo político en relación a lo económico y, en este sentido, refuerza la gran tradición de la filosofía política griega y occidental, cuya base teórica y filosófica no se rompe sino hasta la aparición del marxismo y, más recientemente, del neoliberalismo y la doctrina del mercado total.
Una de las paradojas de la historia contemporánea, la constituye las grandes coincidencias, sin perjuicio de las grandes diferencias, entre el marxismo y el neoliberalismo. En éste, como en otros casos, se comprueba aquella afirmación de que los extremos se tocan. Veamos:
—La sociedad uniforme y global que pretendía el comunismo, se trata de establecer ahora mediante los procesos de globalización y no por obra de la sociedad comunista sino de la sociedad consumista.
—La tesis de la reducción de lo que Marx llamaba la superestructura, derecho, Estado, política, al factor económico, son puestas en práctica por el capitalismo corporativo transnacional.
—La idea de Marx del debilitamiento del Estado en la sociedad socialista, hasta su desaparición en la sociedad comunista, se volvió a presentar con una fuerza singular, aunque por supuesto desde otra perspectiva, en la figura del Estado facilitador, versión neoliberal del Estado abstencionista del siglo XIX.
Creo que a la filosofía política corresponde la demostración racional de la irreductibilidad del Estado al mercado y de lo político a lo económico. Pienso, que no puede asumirse que vivimos en la era de la post política, como pretenden algunos filósofos del neoliberalismo y que, por el contrario es fundamental recuperar la legitimidad histórica y la dignidad de la política tal como los griegos la vieron y enunciaron.
Es oportuno señalar que en la formulación del neoliberalismo hay una doble falacia, pues ni el mercado es un mecanismo autónomo regido por leyes infalibles como las de la física y la naturaleza, ni la política es un fenómeno subordinado en forma mecánica al funcionamiento de sus propias leyes y mecanismos. En el trasfondo de los acontecimientos el mercado es también un fenómeno político, controlado por la voluntad de los integrantes del poder financiero mundial, del que los Estados son correa de transmisión.
De esta manera, la democracia va dejando de ser el sistema en que predomina la voluntad de las mayorías, pues las grandes decisiones, no sólo económicas sino políticas, son transnacionales y adoptadas por un núcleo de poder mundial, que trasciende la clásica figura del Estado Nación, aunque sus decisiones y acciones se actúen a través del Estado, o particularmente, a través de los Estados que en el mundo concentran poder económico, financiero, político y militar.
El neoliberalismo debilita la democracia liberal cuya fuente filosófica es la Ilustración y el Contrato Social y, en el fondo, al igual que el marxismo, el capitalismo corporativo transnacional desnaturaliza en su raíz la idea moderna de la democracia política fundada en el Estado Nación, la soberanía, la voluntad de las mayorías y el imperio de la ley.
Paul Ricoeur, uno de los más respetados filósofos del siglo XX, habla de “la idea magnífica e invencible del Contrato Social” mediante el cual se origina la nación, y agrega, “ninguna dialéctica económica podría engendrar ese acto fundador; es ese acto fundador lo que constituye lo político como tal”.
Ahí reside la raíz de la democracia, porque, como dice el propio Rousseau, “al darse cada uno por entero, la condición es igual para todos, y al ser la condición igual para todos, a nadie le interesa hacerla onerosa a los demás”.
“En el fondo Rousseau es Aristóteles, dice Ricoeur, el pacto que engendra al cuerpo político es, en lenguaje voluntarista y en el plano del pacto virtual… el telos de la ciudad según los griegos. Donde Aristóteles dice naturaleza, fin, Rousseau dice pacto, voluntad general; pero es lo mismo fundamentalmente; se trata en ambos casos de la especificidad de lo político, reflejada en la conciencia filosófica”.
Es imprescindible recuperar la dignidad y el sentido de las palabras para legitimar el pensamiento filosófico expresado por ellas. En Nicaragua la palabra pacto está desprestigiada por el uso y abuso que de ella han hecho a través de la historia las cúpulas políticas y los caudillos en sus afanes de repartición del Estado y del poder. Sin embargo, en el buen sentido, ninguna palabra puede expresar mejor la intención de la democracia y del derecho como sistema de límites al poder, pues de lo contrario, fuera del Contrato Social y del Derecho el poder es un monstruo que si se ejercita, oprime a quien lo padece; y si no se ejercita, se vuelve contra quien lo posee.
Para recuperar la dignidad de la política, palabra desprestigiada, es necesario recuperar la utopía, palabra tanto o más desprestigiada que la anterior. Claro que no se trata de la utopía carcelaria de los sistemas políticos que matan en nombre de la vida y esclavizan en nombre de la libertad, sino de la utopía como “la verdad del mañana”, como la entendía Víctor Hugo, pues las utopías, como decía Lamartine, “no son más que verdades del futuro”.
Se requiere, como lo piensa Ignacio Ramonet, “soñadores que piensen y pensadores que sueñen” pues la razón, la filosofía y la historia nos enseñan que en la raíz de toda realidad hay siempre un sueño y en el corazón de toda lucha una utopía.
* El autor es filósofo