Luciano Cuadra Waters
En sus últimas declaraciones, el diputado Daniel Ortega ha puesto en el tapete, una vez más, su deseo de deponer al presidente Enrique Bolaños; esto en complicidad con integrantes de la Asamblea Nacional, en vergonzoso amarre destinado al fracaso por ser, además de amoral, cortoplacista y precario.
Una acción de esa clase pretende efectuar un golpe de Estado contra el pueblo de Nicaragua que llevó a Enrique Bolaños a la Presidencia; y aunque muchos afirmarán que el mismo proceso se desarrolló para elegir a los diputados, claramente se distingue que no es el Presidente quien altera la Constitución para adjudicarse más facultades y de esa manera aferrarse desesperadamente al poder, sino los legisladores.
Seguramente los frentistas todavía resienten que este “viejito”, con sus setenta y tantos años los derrotara en las pasadas elecciones presidenciales con un margen nunca visto en la historia de Nicaragua; esto sin incluir el nivel de participación de la ciudadanía donde más que un respaldo hacia el PLC, los nicaragüenses demostraron amplio repudio hacia el candidato del seudosandinismo, cuyo nivel electoral no ha pasado del 42 por ciento desde aquel primer fracaso en las elecciones de 1990.
Pero en esta versión moderna de Sodoma y Gomorra, donde hace gala la ausencia de pulcritud y sensibilidad social, quienes destacan son los legisladores del PLC que, obstinados en eternizar sus cuantiosos e injustificables salarios y sinecuras, convierten a su partido en apéndice del otro, desdeñando así todo rasgo de ideología y decencia. Esto lo trata Maquiavelo cuando señala que “los hombres sienten afición a mudar de señor con la vana esperanza de mejorar de suerte”.
Pero, por mucho que quisiéramos no podríamos culpar enteramente a los diputados por la situación que atraviesa Nicaragua. El Presidente acarrea su porcentaje de responsabilidad al limitar su lucha contra la corrupción, en el doctor Arnoldo Alemán, y no ampliar la mira hacia Ortega Saavedra, a quien el dedo popular y la historia reciente señalan como autor y encubridor de ilegalidades cometidas contra el erario, la propiedad privada, además del sistemático abuso a los derechos humanos; rehusando hacerlo tal vez creyendo que era posible la negociación con los totalitarios.
Pero, errado o no el Presidente, los nicaragüenses lo eligieron por el período establecido en la Constitución, término que debe ser completado a menos que la ciudadanía decida lo contrario. Desafortunadamente esta crisis no se resuelve denunciando lo de sobra conocido; quizá sea hora de golpear las cazuelas, congregarnos en las calles, y tomarnos las iglesias; hora de hacer conciencia.
La soberanía nacional reside en el pueblo… (Cn. Arto. 2.)
El autor fue miembro del Ministerio del Interior del régimen sandinista. Después formó parte de la agrupación antisandinista Arde. Reside en EE.UU.