Doña Lila T.

Magdalenade Rodríguez

El año 2004 está terminando. Horribilus annio, como dijo la soberana inglesa, cierta vez. Horrible para la familia presidencial y también para toda la familia nicaragüense. Horrible desde todos los ángulos: político, económico, moral y social, por culpa y causa de unos pocos que se han empeñado en hacer de Nicaragua un purgatorio.

En este momento creo oportuno hacer una mínima semblanza de doña Lila, la esposa bien amada del Presidente, la que no había sido alcanzada por el tsunami de la calumnia ni del irrespeto, hasta fines del año recién pasado. Nadie había osado levantar el dedo acusador contra doña Lila y ya lo hicieron, sin duda para herir a don Enrique en lo más sensible que tiene un hombre honrado: su mujer. También a ella la han herido en lo más hondo que guardamos las mujeres criadas en el temor de Dios, y en el respeto a la Iglesia Católica. Iglesia somos todos, en el catolicismo que significa universal, pero desde niños los católicos aprendemos que en la persona de los sacerdotes debemos reconocer la presencia de Cristo.

Un católico auténtico no negará jamás la entrada a su casa de un jerarca de su Iglesia. Doña Lila T. ha desmentido el infundio, y desmentido está. Sin embargo, creo que como creyentes debemos reforzar su declaración con razones tradicionales religiosas.

Me refería una compañera de colegio de doña Lila que las monjas donde ambas estudiaban eran severísimas en cuanto a modales, lenguaje y actitudes de sus pupilas y suavizaban el rigor diciéndoles que allí se estaban formando las futuras esposas de los grandes hombres de Nicaragua. “Decíle a la Lila que sólo a ella le tocó y que lo siento, que debe ser muy difícil su posición”, me dijo.

Doña Lila T. es la mujer corriente y sencilla que no escribe artículos esotéricos, no usa joyas auténticas, tampoco abalorios. Ella sólo procura el bien de su marido y de su casa. Tiene un despacho donde acuden centenares de necesitados, de donde nadie sale sin ayuda: ropa, comida, medicinas, análisis caros les son practicados a algunos, conseguidos por ese despacho a mitad de precio, mitad que ella paga. Juguetes para los niños, tantas cosas buenas, muchas desde la sombra.

Ha sido la única Primera Dama que visita valles y comarcas rurales, con el Programa de Libra por Libra. La he acompañado en algunas de sus giras por Estelí, y en un valle de La Trinidad un campesino avispado le dijo: “Doña Lila, usted le tiene que llevar esta razón al Presidente: necesitamos un buen camino, así usted no se empolvaría tanto, cuidado se le olvida, al fin y al cabo usted es quien duerme con él”. Muchísimos oímos este desenfadado recado.

Se ha proyectado la imagen de una esposa que manda al marido en el matrimonio Bolaños-Abaunza, imagen falsa. Doña Lila modera, apacigua, no se mete en cuestiones de gobierno, no nombra funcionarios, no consigue visas de EE.UU. ni de otros países acreditados en Nicaragua. Doña Lila T, es una mujer corriente y sencilla, madre, abuela, amiga, la mujer del Presidente.

La autora es profesora.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí