Juan Bosco Cuadra
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La ciencia filosófica y el sentido del saber
Juan Bosco Cuadra
Cuando una persona se adentra en el mundo del conocimiento filosófico, la primera sensación que le invade, tanto a su inteligencia como a su vida, es la de una perplejidad y extrañeza poco comunes. Por un lado, se le hace muy familiar, puesto que todo conocimiento está hecho para el hombre; y por el otro, se le dificulta la asimilación, por falta de costumbre, de una gran cantidad de ideas y conceptos que allí abundan por doquier.
Surge así, ante el nuevo explorador del conocimiento, la primera gran pregunta: ¿Para qué sirve este conocimiento?
En una ocasión un neófito de la filosofía preguntó a un sabio filósofo que para qué servía la filosofía. La respuesta no se dejó esperar: “Para nada”.
Ante esta respuesta, la mente pragmatista y utilitarista de este iniciado quedó totalmente desconcertada. Creyó que la respuesta iba a ser de mayor aplicabilidad para la vida y para los intereses que ésta nos impone.
Lo que no logró posteriormente escuchar, es que, si la filosofía o el saber de corte filosófico no sirve para “nada”, es precisamente porque sirve para “todo”.
Esa “manía” del filósofo por querer saber todo es porque ha considerado que el conocimiento es un valor en sí digno de ser buscado y aprehendido y, por supuesto, gozado.
Decía Aristóteles que “el hombre, naturalmente, apetece conocer”. Como que estamos configurados por este tipo de norte en nuestras vidas.
Por otro lado, en nuestro medio también abundan las personas que creen saberlo todo. Es la actitud del “creído” y no del que “es”, que es muy diferente.
Esta seudo sabiduría reina principalmente entre aquellos que conociendo “algo” de una determinada ciencia, llegan a creer que lo saben “todo”. En este sentido, es mejor permanecer en la total ignorancia (que no deja de tener un cierto atractivo por la ingenuidad que en ella reina) que en la supuesta sabiduría de los mediocres.
El lado opuesto es también interesante: mucho saber puede ser contraproducente para la modestia y la humildad intelectual. En este caso, la sabiduría socrática es la más recomendable: cuanto más sabemos, más desconocemos. Es decir, que somos más conscientes de nuestras ignorancias porque lo poco que sabemos, en comparación con lo que nos falta, es prácticamente nada.
Entre estas tres aptitudes, a saber, la del ignorante, la del mediocre y la del ilustrado, quedan las posiciones intermedias.
Entre el ingenuo ignorante y el mediocre, es preferible ser ignorante; y entre el mediocre y el ilustrado, es mejor ser ilustrado. Y lo más curioso es que, en cierto sentido, los extremos se tocan. Una persona verdaderamente ilustrada posee una tendencia empática hacia las personas ignorantes. Y lo mismo sucede en la vía contraria: los ignorantes, por lo general, entienden mucho mejor al ilustrado, que el mediocre, (aunque éste conozca algo de lo que está escuchando al ilustrado).
Un famoso filósofo llamado Nicolás de Cusa, acuñó un término filosófico verdaderamente revelador. Se trata de lo que el llamó la “Doctora ignorancia”. ¿Qué significa esto?
En nuestro ejemplo anterior, tanto el “ignorante” como el “ilustrado” son, en cierto sentido “doctos”. Uno por estar consciente de su ignorancia (el “ignorante”) y el otro por comparar lo que sabe con lo que le falta por saber (el “ilustrado”).
Si en nuestro mundo existieran estos dos tipos de personas, no habría tantos problemas por resolver. Aprenderíamos a entendernos mejor.
Ahora pensemos, o mejor dicho, expresemos lo que es la filosofía en el contexto del conocimiento.
Kart Jaspers, filósofo alemán existencialista, nos dice al respecto: “Hoy es dable hablar de la filosofía quizás en las siguientes fórmulas: ver la realidad de las cosas en su origen; apresar la realidad conversando mentalmente conmigo mismo, en la actividad interior; abrirnos a la vastedad de lo que nos circunvala; osar la comunicación de hombre a hombre sirviéndose de todo espíritu de verdad en una lucha amorosa; mantener despierta con paciencia y sin cesar la razón, incluso ante lo más extraño y ante lo que se rehúsa. La filosofía es aquella concentración mediante la cual el hombre llega a ser él mismo, al hacerse partícipe de la realidad.
Estas aseveraciones de Jaspers son soberanamente contundentes. Los tres aspectos que me han llamado más la atención, son los siguientes:
Primero: que el conocimiento de la realidad en la cual nos hayamos inmersos es necesario conocerla para llegar a hacerse uno a sí mismo; segundo: que ese conocimiento debe pasar necesariamente, y como una especie de colador, por nuestro interior reflexivo; y, tercero, que no debe perderse jamás la comunicación con nuestros semejantes, manteniendo siempre un espíritu de conmiseración y de paciencia, por ese amor que le debemos tener siempre a la verdad que hemos conquistado con nuestras esforzadas y constantes labores intelectuales.
El autor es filósofo nicaragüense.