La Navidad y el diálogo político

Justo Pastor Ramos*

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La Navidad y el diálogo político


Justo Pastor Ramos*




Nuevamente, como despetalándose en el tiempo, ha llegado a nosotros la armonía angelical de la Navidad. Este es el momento cuando entre la verde campiña salpicada de inciensos naturales, la flor del sauce embriaga de fragancias al bosque y el blanco Sálamo resplandece soberbio para recibir el “Gloria a Dios en las alturas”, en el advenimiento del Hombre más grande de la tierra: Jesús, el Maestro Divino que más tarde transformaría al mundo con la nobleza de su doctrina cimentada en el amor, la misericordia, el perdón y la justicia.

Es el tiempo en el cual, por su misma naturaleza, expresamos felicidad, paz y prosperidad, expresiones secularizadas en nuestra humanidad que parecen brotar indelebles desde el fondo mismo del alma con la transparencia del más profundo sentimiento de amistad cristiana, que parece llevarnos a practicar una reflexión objetiva del activo y pasivo, a fin de encontrar el resultado de nuestra conducta humana hacia los semejantes.

Por ello cuando se anuncia la idea de un diálogo político, pienso que la ocasión es propicia para buscar un buen fundamento, el balance que dé como resultado esa felicidad que con tanto énfasis manifestamos en este tiempo, donde la fragilidad de nuestra democracia, las intransigencias, la falta de capacidad para gobernar el país y, para establecer las condiciones alternativas que garanticen una estabilidad social, el ataque permanente entre las fuerzas políticas, sustentado más en intereses personales, la descalificación del uno hacia el otro, el encono, la amenaza, la confrontación, la polarización de posturas, y la ausencia de un diálogo abierto, han sido actitudes negativas, manifestándose plenamente como la causa de todos los males que ha soportado el pueblo nicaragüense.

Ante esta realidad innegable, el diálogo debe de ser el vehículo promotor para el entendimiento así como para la concertación de acuerdos y compromisos en torno de abrir horizontes que propicien el bien común, pues sin un horizonte definido, ni reglas compartidas, el accionar de nuestra democracia para movilizar voluntades y para garantizar una gobernabilidad capaz de resolver las urgentes necesidades del pueblo nicaragüense, en muy poco tiempo, no hay dudas se agotará.

Lamentablemente en Nicaragua, el diseño e implementación de la acción política ha estado dominada por intereses coyunturales, situación que debe revertirse en un positivo interés nacional definiendo los temas esenciales para lo cual debe elaborarse una agenda compartida que sirva como elemento básico para elevar el debate que acote a la polémica y promueva definiciones precisas en torno a los grandes problemas sociales que nos agobian lo que a la vez debe ser una tarea no sólo de los partidos interesados, ni de la iglesia sino, también de las centrales sindicales del país, quienes por su naturaleza social y política conocen con exacta realidad la situación que viven los obreros y campesinos quienes son los que de manera directa sufren los impactos negativos de la política económica y social del gobierno actual.

Así pues, el diálogo político anunciado debe servir para olvidar el pasado y construir el futuro, para la reconciliación y el perdón, para rectificar errores; para practicar la democracia y la transparencia política, la viabilidad económica y la recuperación del medio ambiente, el desarrollo social y, por ende, la seguridad ciudadana. El diálogo para que sea efectivo debe alcanzar un modelo de negociación política en consenso, donde la pluralidad sume ventajas y no obstáculos consolidando de esta manera la concordia para que cada nicaragüense tenga el cotidiano pan y, finalmente, para que prevalezca la “paz entre los hombres de buena voluntad” como símbolo que nos guíe hacia un destino cierto donde siempre brille hermosa la paz con ventura y prosperidad.

* El autor es historiador

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