Ana María Ch. de Holmann
“El Niño Jesús no tiene juguetes”. Este era el título que Claudia Frixione puso a un artículo que quería que le publicáramos, pero la verdad es que nunca llegó a mis manos para encargarme de su publicación. Un año después intenté rescatarlo preguntándole a los jefes de Redacción y de revistas acerca del paradero de dicho artículo, y nada…
Era por este tiempo, acercándose la Navidad, días en que recordamos la venida de Jesús al mundo. Claudia estaba en México buscando encontrar la esperanza de vivir. La llamé por teléfono para darle las pascuas en un abrazo imaginario y volátil. Al hablarle le dije: “El Niño Jesús sí tiene juguetes…. vos sos ahora uno de esos juguetes de los que están en sus manos”. Ella, con su voz ronca y medio tartamuda me contestó con un tono de asombrosa alegría: “Sí, así es, estoy en el hueco de su mano y convencida de que será lo que Él quiera que sea su voluntad”. Esa docilidad y esa alegría es la confianza, la fe en que las promesas del Señor serán cumplidas. Gracias Claudia por mostrarme la alegría y la docilidad en los momentos difíciles de la vida.
En estos días sobre todo y en cada uno de los días durante todo el año, debemos guardar esa alegría que nos trae el espíritu de la Navidad; el espíritu que vive en un corazón que da, aunque no reciba; espíritu de darse a sí mismo, al prójimo, al triste y necesitado. ¿No es más fácil dar que pedir? Y si no tenemos mucho que dar, pues demos un consejo, un cariño, una sonrisa, una palabra de aliento… Con amor y con alegría para que llegue la paz a ese corazón triste y abatido y así encontraremos hogares llenos de paz, niños y niñas resplandecientes de esa luz infinita de la estrella de Belén que da el amor.
Nosotros somos el juguete del Niño Jesús. Él nos colma de esperanza para aliviar nuestras angustias y necesidades. No sólo somos juguetes sino que Él nos da la oportunidad de llenar algún sueño de alguien, de quien quizás soñó algún día con la alegría y la paz que viene del amor.
Este juguete es nuestro corazón el que nunca estará vacío si nos entregamos a los demás y compartimos nuestra alegría con ellos. Y en estos días de Navidad no pongamos nuestro empeño en cosas banales, concentrémonos en llenarnos de ese espíritu que trae la venida de Dios al mundo, rescatando nuestras tradiciones: un nacimiento que ocupe el mejor y principal lugar de nuestro hogar, un árbol austero y sencillo que nos recuerde el tiempo del Adviento, una cena en que el motivo principal sea la unidad de la familia. ¡Ah! Y no hay que olvidarse de la Misa del Gallo que es la esencia del misterio de la presencia de Dios que se quiso quedar con nosotros y vino al mundo por medio de su Santísima Madre María, quien en un portal oscuro y frío alumbró la Luz del Mundo.
“Cristo es la estrella que lleva a Dios,
María es la estrella que lleva a Jesús”
Juan Pablo II
La autora es articulista de LA PRENSA