Juan Bosco Cuadra*
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El saber filosófico y el mundo de la fe
Juan Bosco Cuadra*
En un libro precioso del filósofo y teólogo Raimon Panikaar, llamado La experiencia filosófica de la India, hace alusión que la “sabiduría” hindú no sólo procede de la razón, sino también de otras fuentes, que, en muchos casos trascienden a la razón misma.
El término latino Filium significa literalmente amistad; por otro lado, el otro término Sophia, significa, también literalmente, sabiduría. De modo que la filosofía significa amistad a la sabiduría.
Dice Raimon Panikaar al respecto:
“Desde antiguo se la vio (a la filosofía) no sólo como una “meditación sobre la muerte” (Platón), sino como un “arte de la vida” (Séneca), ya que el filósofo se consideraba como un “amante de los mitos” (Aristóteles), o como un “amante de la sabiduría de Dios” (San Agustín).
Cicerón la describió como el simple “cultivo del espíritu”. Y Pico de la Mirándola denominó a la filosofía como “el introito (introducción) a la religión”.
Y Schelling llega a decir: “Quien quiere de verdad filosofar debe despojarse de toda esperanza, de toda exigencia, de todo deseo; no debe de querer nada, nada saber, sentirse desnudo, pobre, y debe entregarlo todo para ganarlo todo…”
Estas pequeñas sentencias de estos ilustres filósofos nos deben hacer pensar en lo siguiente:
A mediados del siglo pasado, el filósofo francés Jacques Maritain descubrió una serie de seudo-filosofías que reinaban entonces el mundo cultural europeo y americano. Las ideologías políticas tanto de la extrema derecha, como de la extrema izquierda, se presentaban a la sociedad y el mundo como fórmulas o panaceas para resolver los problemas económicos, sociales y políticos del mundo.
Maritain acuñó el término de “ideosofía” como la más apropiada para nombrar dichas seudo-filosofías de corte político y social. Le parecía que una sola idea no era capaz de dar una explicación exhaustiva a la problemática de entonces. Cuando la filosofía se subsume a un interés político partidario, en el acto —decía se convierte en ideología—. Es decir, en una interpretación cuasi filosófica de la realidad política y que sirvió de justificación y legitimización teórica-conceptual para la acción y la búsqueda del poder.
Actualmente ya no vivimos bajo estos “paradigmas” porque las ideologías se han mostrado en la práctica como incapaces de transformar el mundo en un lugar mejor para vivir.
Raimon Panikaar dice que, “cuando el hombre busca la verdad última con todo su ser no hay distinción entre filosofía y teología….”.
¿A qué se debe esta aserción? Precisamente porque la sabiduría no sólo puede proceder de la razón sino también… de otras fuentes.
Al igual que Maritain, podríamos decir que desde Descartes, lamentablemente, la búsqueda del saber ha sido solamente encomendado a la Razón como la única capaz de alcanzar la verdadera sabiduría.
Teniendo en cuenta esto, no nos quedaría otro remedio que acuñar un nuevo término para la doctrina cartesiana del conocimiento. La llamaríamos, por consiguiente, ratio-sofia, es decir, la “sabiduría de la razón”.
La filosofía moderna y contemporánea está contaminada por este enfoque. Las fuentes del saber, para los modernos procede sólo de la razón y, en el caso contrario, la de los empiristas (“emperio-sofia”), de la experiencia. Quienes se salgan de estas dos fuentes del saber están condenados a no ser considerados un filósofo.
Panikaar, con la experiencia filosófica que tuvo en India nos demuestra que la verdadera filosofía no tiene miedo a abrirse a otras dimensiones más allá de la razón o de la experiencia.
A continuación, Panikaar nos expone un interesante análisis del acto de creer de la razón natural en su ejercicio intelectual:
“La razón no puede vivir sin una cierta dosis de fe; es preciso efectivamente tener fe en la misma razón como órgano de la verdad; la fe es necesaria para poder aceptar la evidencia de lo que la razón ve, porque la evidencia humana nunca es absoluta. Cada acto de razón se basa en presupuestos que no han sido analizados racionalmente y por tanto presupone la aceptación de algo. Esta aceptación no la lleva a cabo la razón, sino una cierta confianza en la estructura de nuestra mente, que corresponde morfológicamente a lo que la fenomenología llamaría fe”.
Si para saber hay que creer, el acto del conocimiento, en cierto sentido, es un Acto de Fe. Como si, en cierto sentido, la misma mente puede estar en la disposición de aceptar (siempre y cuando no sea irracional) algún conocimiento o saber que no proceda de la misma razón.
La descripción que hace Panikaar nos pone en el camino para abrirnos a otras fuentes del conocimiento, precisamente porque cuando pensamos, por muy calculadores o analíticos que seamos, siempre estaremos haciendo “actos de fe” en medio de nuestras elubricaciones mentales.
Y termina diciendo: “No existe, por lo tanto, filosofía sin una cierta dosis de fe y no existe teología sin razón. La filosofía tiene fe en la razón. La teología tiene que dar cierta razón de su fe”.
Pero nosotros vamos aún más lejos: el filósofo debe abrirse a todo conocimiento proceda de donde proceda. Esto es, prácticamente, su especial llamado, su vocación.
La actividad filosófica tiene un cierto poder salvífico nos dice el mismo Panikaar. Aporta a las almas claridad, unión, paz, felicidad, solución a los problemas y una serie de interrogantes que le ayudan a hacer más interesante la aventura de la vida. Nos pone en contacto con la realidad y nos facilita el poder transformarla para mejorarla. En este sentido, según Panikaar, “la filosofía tiene algo que ver con la realización” personal.
Sin embargo, las críticas no se dejan esperar. Se ha dicho que la filosofía no sirve para nada como anteriormente exponíamos. ¡Es verdad! han contestado la mayoría de “los buenos filósofos” porque —dicen ellos— precisamente sirve para todo. No está, pues, a merced de ninguna servidumbre de corte material o de interés social, político o económico. El “saber” estará siempre sobre el “tener”. Y su sentido está, precisamente en aquella famosa frase de Santo Tomás de Aquino que dice :
“El estudio de la sabiduría tiene el insigne privilegio que cuanto uno se entrega a la misma, tanto más nos deja sentir su suficiencia. Para ejecutar las obras exteriores precisa el hombre del auxilio de muchas cosas: en cambio, en la contemplación de la sabiduría obra uno con tanta mayor eficacia cuanto más solitario mora dentro de sí mismo”.
* El autor es filósofo. Este artículo es la parte final de su discurso pronunciado en la Universidad Thomas More el 24 de noviembre del 2004, con motivo del Día Internacional de la Filosofía