¿Es machista la gramática de la lengua española?

Róger Matus Lazo*

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¿Es machista la gramática de la lengua española?


Róger Matus Lazo*




Una joven, Andrea Martínez, me plantea algunas dudas acerca de lo que ella llama “machismo en la gramática castellana”. Y me transcribe estas definiciones que apoyan su opinión:

Hombre: criatura racional del sexo masculino.

Mujer: persona del sexo femenino.

Zorro: hombre taimado y astuto.

Zorra: prostituta.

Perro: hombre tenaz, firme y constante en alguna opinión o empresa.

Perra: prostituta.

Un cualquiera: fulanito, mengano, zutano.

Una cualquiera: prostituta.

Callejero: de la calle, urbano.

Callejera: prostituta.

Hombrecillo: hombre pequeño.

Mujercilla: prostituta.

Hombre público: personaje prominente.

Mujer pública: prostituta.

La estimable dama subraya lo de “racional” para el varón y cierra su carta con una petición expresa: “una argumentación al respecto”.

Consideraciones generales sobre algunas definiciones. De entrada es oportuno consignar algunas consideraciones generales sobre las definiciones transcritas en la carta. Me apoyo en el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), en su última edición, 2001.

a) Un cualquiera o una cualquiera se refieren, respectivamente, al hombre y a la mujer: “Persona de poca importancia o indigna de consideración”. No se registra la acepción de “prostituta”.

b) Callejero, ra: “Perteneciente o relativo a la calle”. Es un adjetivo aplicado indistintamente al hombre o la mujer. No se consigna la acepción de “prostituta”.

c) Perro, rra: “Muy malo, indigno”. Se trata de un adjetivo que, en sentido figurado, se aplica indistintamente a un hombre o a una mujer. No aparece la acepción de “prostituta”.

d) Hombre: “Ser animado racional”. La definición del DRAE agrega a continuación: “Bajo esta acepción se comprende todo el género humano”.

e) Mujer: “Persona del sexo femenino”. (Persona: “Individuo de la especie humana. Hombre o mujer cuyo nombre se ignora o se omite. Hombre o mujer distinguidos en la vida pública”).

El diccionario y la actitud machista de los hablantes frente a la lengua.

Un diccionario es un catálogo, un libro en el que se recogen y explican de forma ordenada voces empleadas por los hablantes de una lengua determinada. A la Academia no le queda otro recurso que incorporar en el Diccionario lo que está en uso. Así lo expresa el académico Alfonso Zamora: La Academia no dice las cosas que tengan que ser así, no manda. Lo que hace es recoger los usos. Y solamente recoge los usos cuando están realmente arraigados, cuando tienen una valía en la lengua.

El DRAE registra zorra con la acepción, en sentido figurado, de “prostituta”. ¿Por qué? Porque seguramente los hablantes han llamado así, entre otras denominaciones, a la “mujer que mantiene relaciones sexuales con hombres, a cambio de dinero”. ¿Por qué no llamar zorro, entonces, al “hombre que comercia con su cuerpo a cambio de dinero”? Porque, salvo algún “zorro” escondido en su propio piñal, no hay hombres que se dedican a este “oficio”. El DRAE registra también sátiro que en sentido figurado significa “hombre lascivo”, es decir, “propenso a los deleites carnales”. Sin embargo, no incluye el término sátira con esa acepción, pese a que hay también mujeres lascivas. De todas maneras, lo anterior no es más que un reflejo de la actitud machista frente al idioma que vale la pena erradicar. Compárese, por ejemplo, la diferencia entre hombre honrado u honesto (hombre correcto en los negocios) y mujer honrada u honesta (mujer recatada, de honor intachable). Un hombre de mundo es el que “trata con toda clase de gentes y tiene gran experiencia y práctica de negocios”; en cambio, una mujer mundana es una “ramera”. Por último, piénsese en la diferencia entre puta y puto. (Digámosle puto al oído a un hombre , aunque no lo sea, y veremos cómo sentirá mucho gozo en su interior y hasta sonreirá discretamente en señal de asentimiento o simplemente para hacernos creer que es cierto).

Lo anterior constituye una muestra de los duales aparentes que, como afirma Álvaro García Meseguer en su obra pionera en el tema ¿Es sexista la lengua española?, son “expresivos de los valores sociales” que las sociedades de hábitos patriarcales revisan a la luz de una nueva concepción de las relaciones entre hombres y mujeres. Son formas de conducta —rémoras— que entorpecen nuestro rumbo como seres en desarrollo y que no desaparecen de la noche a la mañana, pero que significan para las sociedades modernas un reto, un desafío insoslayable que se deben enfrentar con inteligencia y decisión. El autor citado nos recuerda que un cortesano era un hombre de la corte, mientras que una cortesana era una prostituta de elevado rango social; el favorito era el político preferido del rey, pero la favorita era la amante preferida del rey. En la última edición del DRAE ya no figura la acepción específica para cortesana o favorita. Sin embargo, como una reminiscencia de aquella lejana época, se oye en nuestro medio el término “preferida”, para aludir a la mujer de preferencia entre otras que un hombre se ufana en poseer sentimentalmente.

Nuestro idioma no es machista, sino la actitud que asumimos los hablantes frente a la lengua. Como muestra, baste el caso de los nombres de los títulos, cargos u oficios correspondientes a mujeres. Ya lo ha dicho la Academia: “Se recomienda que dentro de lo socialmente posible se favorezca el uso de formas femeninas para los nombres de profesión o actividades ejercidas por mujeres…”

Sin embargo, las mismas mujeres prefieren el nombre del título o del cargo en masculino, aunque el femenino sea perfectamente legítimo como el de médica, arquitecta y cirujana, para señalar tres ejemplos. Podría pensarse en la valoración social que hemos visto, pero ya es historia antigua. Además, ¿por qué debe tener más prestigio un hombre que una mujer con una profesión determinada o en un cargo público? Si una mujer reúne las cualidades para ostentar un título o ejercer un cargo, prestigiará su profesión o funcionará eficientemente, como lo puede hacer un hombre con iguales merecimientos. Pero parece que los estereotipos “son de carácter inmutable”.

A veces, las cosas llegan al extremo como cuando una mujer le dice a otra: “¡No, hombre!” O cuando un hombre le dice a otro: “¡Es tronco de hombre esa mujer!”

Nuestra herencia de carácter patriarcal. La historia de la sociedad humana es la historia de las desigualdades en las relaciones entre hombres y mujeres. De niño, crecemos y nos desarrollamos en un entorno en el que, consciente o inconscientemente, asimilamos de nuestros padres y mayores sus valores. Muchos estudios reafirman el hecho de que los niños desde la edad de tres o cuatro años aprehenden las diferencias sociales y a los siete u ocho años los incorporan como formas de conducta y juicios de valor. A los nueve o diez años, los niños tienen ya una idea estereotipada del varón y de la mujer, que no cambia tan fácilmente.

Pues bien. A lo largo de siglos hemos heredado, sin haberlo superado en mucho, un sistema de valores en el que se evidencia un pretendido dominio del varón y un papel social de la mujer por una parte reducido sobre todo, a su condición de madre, esposa y ama de casa y, por otra parte, a un objeto de consumo sexual. En las sociedades modernas, desarrolladas y progresistas, la mujer ha logrado importantes escalones de emancipación; sin embargo, a la par de ser una profesional, sigue asumiendo casi siempre sin la participación del esposo, la responsabilidad del cuido de los niños y en general los quehaceres domésticos.

¿Cómo refleja el ser humano esta cosmovisión, es decir, esta manera de interpretar la realidad? Por medio del lenguaje. Por ejemplo, la historia nos ha demostrado que el empleo de títulos, cargos y tratamientos ha estado condicionado por la valoración social. Por eso antiguamente se decía la mi señor, la infante, etc., porque la mujer había estado relegada desde épocas lejanas. Una mujer no podía desempeñar el cargo de Presidente de la República, ni siquiera tenía la opción de hacer zapatos, y se conformaba con ser “presidenta”, es decir esposa del presidente, o “zapatera”, esposa de quien sí podía hacer zapatos.

Afirma García Meseguer que “la lengua es un reflejo de las ideas, usos y costumbres de generaciones anteriores”. A través de la lengua, muchas veces podemos enterarnos cómo piensa y siente el individuo y el grupo social al cual pertenece. Grandes lingüistas y pensadores en general convienen en que nuestros conceptos, nuestras creencias, nuestra conducta, nuestra manera de aprehender la realidad están determinados de alguna manera por el lenguaje. Heidegger decía que “no somos nosotros quienes hablamos a través del lenguaje sino que es el lenguaje el que habla a través de nosotros”.

* El autor es Miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua

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