Henry Espinoza Nicaragua
La mayoría de los actos de violencia contra las mujeres, al igual que otro conjunto de injusticias contra ellas, la cometemos los hombres y por eso debería existir una respuesta de nuestra parte. En Nicaragua, a pesar de los avances y conquistas que las mujeres han logrado por sí mismas en las últimas décadas (por ejemplo: leyes relacionadas a la violencia basada en género, mayor participación social, política y económica), la mayoría de mujeres, o mejor dicho la mujer nicaragüense en su conjunto, continúan bajo condiciones de subordinación ante los hombres y de maltrato. Esta situación es agravada por otros factores como la pobreza o el origen étnico.
Cada año y en particular en semanas recientes, los medios de comunicación, incluyendo LA PRENSA, han reportado una serie de horrendos actos de violencia perpetrados por esposos, parejas y otros familiares de las víctimas. Como hombre apenas puedo imaginar la mezcla de sentimientos y temores que pueden generarse en cada mujer que llega a comprender que el peor enemigo podría estar en casa. Considero igualmente grave el hecho de que las consecuencias de la violencia no se limitan a la mujer que la sufre sino que frecuentemente involucran a las/os niñas/os, quienes no sólo sufren problemas de salud e incluso pueden morir durante actos de violencia contra la madre, sino que tienen altas probabilidades de ser replicadores de esa violencia. Todo esto resulta en una de las peores amenazas contra la integridad y continuidad de la familia presente y futura. Por tanto los hombres que están al frente del Estado nicaragüense también deben tratar de dar una respuesta de su parte, como hombres y como líderes de un pueblo y representantes electos de un gobierno que entienden el rol fundamental de la familia sana en el desarrollo de la nación.
Recientemente ha entrado en moda la palabra “complementariedad”, incluso está incorporada en algunos planes y políticas nacionales, como la de la salud. Con el enfoque de complementariedad se busca establecer coincidencia de intereses entre hombres y mujeres y desarrollar el apoyo mutuo sobre esos intereses. Sin embargo, el problema de ese enfoque es suponer que existe ya una relación horizontal de hombres y mujeres, en la que ambos pueden plantear sus intereses sin temor al otro, tal cosa no existe, al menos todavía no. Por ejemplo, muchas mujeres nicaragüenses son incapaces de negociar la planificación familiar, pues desde la perspectiva de muchos hombres que una mujer sugiera el uso de anticonceptivos o condones sería declarar infidelidad en la relación, lo que a su vez podría traducirse en violencia y hasta muerte para la mujer.
Se debe buscar un enfoque de complementariedad en el que hombres y mujeres trabajan primero las diferencias de género y las injusticias asociadas con la condición de ser mujer. El enfoque de “complementariedad” es apropiado si se busca acelerar el proceso de empoderamiento de las mujeres para que entonces hombres y mujeres empoderadas (ya no subordinadas) podamos poner freno a la violencia y otras injusticias asociadas al género. El llamado del Ministro de Salud, José Antonio Alvarado, a unirnos a la cruzada nacional contra la violencia es de lo más oportuno para que mujeres, pero sobre todo para que los hombres reflexionemos sobre nuestra responsabilidad social y, consecuentemente, nos incorporemos a la cruzada con acciones a nivel individual, familiar, comunal, escolar, laboral. Los hombres somos parte del problema, por tanto debemos ser parte de la solución.
El autor es máster en Salud Pública, reside en Washington D.C.