- ¿De verdad fueron los valores morales los que determinaron el triunfo de Bush? Las estadísticas no son tan simples y mucho depende de qué preguntas se haga. Y… ¿cómo definir dichos valores?
Peter SteinfelsAnálisis noticioso de The New York Times
Parece que la elección de George W. Bush fue decidida por los valores morales. Parece. Apenas habían arrojado las encuestas de salida que el 22 por ciento de los electores mencionó los “valores morales” como el asunto que más importó en su voto para Presidente cuando Andrew Kohut, presidente del Pew Research Center, calificó de engañosa a esa conclusión.
La noche después de las elecciones, en el programa televisivo The News Hour with Jim Lehrer, Kohut debidamente destacó que los valores morales pueden haberse ubicado por encima de los empleos o el terrorismo porque era una atractiva frase incluyente.
Es cierto que si las encuestas de salida hubieran construido una categoría económica igualmente incluyente que sumara la preocupación por el cuidado de la salud y los impuestos a los empleos y el crecimiento, habría sido la principal inquietud del 33 por ciento de los votantes. Si los hallazgos de las encuestas hubieran añadido la preocupación por el terrorismo a la preocupación por Irak, como aparentemente lo hicieron muchos electores, la categoría resultante se habría ubicado en el primer lugar con el 34 por ciento de los votantes.
Para subrayar la ambigüedad de los valores morales, considere tres de los asuntos con frecuencia incluidos en esa frase. La investigación de las células madre es inmensamente popular. El matrimonio entre gays no lo es. El acceso legal al aborto cae en algún punto intermedio.
Así que observadores cuidadosos como Kohut muestran buen juicio al advertir que nadie sabe a ciencia cierta qué realidad yace tras el eslogan de los valores morales. Pero ¿acaso no es importante averiguarlo? El hecho de que el 80 por ciento de los electores que tenían los valores morales en primer lugar en sus mentes votaran por Bush sugiere que hay alguna realidad unificadora y fundamental ahí. Cualquiera que busque entender la cultura política estadounidense debe tener más que un poquito de curiosidad.
Sin embargo, hay varias maneras de llevar tal indagación por un camino falso. Una es la noción cuestionable de que inquietarse por los valores morales es un disfraz para la ignorancia e intolerancia.
Esta caricatura presenta a millones de ciudadanos como ominosos invasores no de otro planeta, pero por lo menos de otra era. No importa la evidencia de escritores y eruditos de diferentes puntos del espectro político de que los estadounidenses no están tan profundamente divididos como sugiere la metáfora de una guerra cultural o el mapa de votos electorales de los estados rojos (conservadores) y azules (liberales).
Barack Obama, recién electo para representar a Illinois en el Senado de Estados Unidos y su único miembro de raza negra, desafió de manera memorable la dicotomía de estado rojo y estado azul en la convención demócrata. “Adoramos a un Dios imponente en los estados azules”, dijo Obama, y “tenemos amigos gays en los estados rojos”.
El énfasis de los electores en los valores morales ha provocado comentarios de que la cultura experimenta un marcado cambio conservador. Se puede argumentar más bien que los cambios culturales de años recientes han seguido casi completamente una dirección liberal. El 2 de noviembre, una parte significativa de la nación se resistió. El matrimonio gay ha resultado ser, al menos por ahora, inaceptable.
Independientemente de lo que un enorme grupo de electores pueda entender por valores morales, esas cosas deben ser identificadas y no se deben hacer a un lado al apuntar a otras cuestiones que pueden ser igualmente morales e igualmente importantes.
Suponga que estas barreras para emprender la cuestión de los valores morales pueden ser superadas. ¿Y luego qué? El juego final no debe ser alguna concesión conveniente o un ejercicio cosmético para acumular votos la próxima vez.
El juego final debe ser un diálogo sincero de las posturas morales que dividen a los estadounidenses, y cada bando (y puede que haya más de dos) debe abordar los argumentos en disputa lo mejor posible y no lo peor posible. No es inconcebible que unas cuantas opiniones podrían ser cambiadas y que muchísimas personas se sintieran menos alienadas.
INTERROGANTES
¿Acaso no están en juego también los valores morales en decisiones sobre la guerra, al marcar límites contra la tortura, al abordar la pobreza o al proporcionar vivienda y cuidado de la salud? Toda la vida común de una nación está llena de cuestiones morales y éticas. Pero aquéllos que insisten en esto deben recordar que agrandar el marco del diálogo es una cosa, tratar de cambiar el tema es otra.