Jorge Eduardo Arellano
Lejos de aproximarse a un diccionario descriptivo, elaborado con la metodología de la lexicografía moderna, esta nueva edición del Vocabulario popular nicaragüense ha llenado un vacío: la ausencia, hasta el año de su aparición, de un material léxico disponible en volumen, concentrado en la variante nicaragüense del idioma español. Por ello tuvo una amplia acogida desde 1994, año de su lanzamiento por la Imprenta El Amanecer de Managua, mereciendo un segundo tiraje. Pero no estimuló la investigación científica, iniciada con otro volumen: el de autores varios (en su mayoría miembros de la Academia Nicaragüense de la Lengua): El español de Nicaragua… (1992), editado por nuestra Academia y el Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica.
Un súbdito español radicado en nuestro país desde hace varios lustros (Joaquín Rabella) y una nicaragüense egresada de la Universidad Centroamericana (Chantal Pallais) acometieron, como entusiastas coordinadores de informantes, este Vocabulario, exento de categorías gramaticales, marcas sociolingüísticas, ejemplos vivos y tomados de autoridades literarias. No consiste en un profundo estudio filológico, como lo aclaran los autores en la Introducción, sino en una compilación realizada con verdadero gozo verbal, admiración e interés por nuestra habla, conducida por dos aficionados. Sin embargo, aportan casi unos 4,500 vocablos “nicas” (más unidades fraseológicas) distribuidos en tres secciones: Palabras de carácter general (prescinden de modismos regionales), Palabras correspondientes a especies animales y Palabras relativas a especies vegetales.
El criterio para incorporar cada una de ellas es de frecuencia: haber comprobado que la emplean, al menos, cuatro personas “desconocidas entre sí y de distintos niveles culturales y ubicaciones geográficas” (pág. 8). O sea: los autores parten de cuatro informantes confiables y suficientes para legitimar el nivel nicaragüense o “nacional” de su obra. Pero no abarcan el habla de la Costa Atlántica multiétnica y pluriparlante, a la que le reconocen “una complejidad que merece evidentemente estudios aparte” (idem).
Dicho de otro modo, se limitan a unidades léxicas atestiguadas por hispanohablantes monolingües y recurren a otro criterio: el sincrónico. Es decir, abarcan vocablos actuales o de uso en los últimos treinta años aproximadamente; así registran los siguientes creados o puestos de moda en la década de los ochenta: “compa”, “compactar”, “compartimentar”, “chapiollo”, “guardiero”, “genocida”, “gusano”, “ifa”, “innovador”, “libretear”, “tistear”, y “vendepatria”, aunque éste tuvo su origen y primer desarrollo en los años diez del siglo XX.
La riqueza de creaciones populares llevó a los autores a constatar, una vez más, la existencia en Nicaragua “de una cantidad de palabras muy superior a la de otros países de habla hispana y, por supuesto, el español de la propia España” (pág. 5). Al mismo tiempo, confirma el sustrato náhuatl que gravita en nuestra habla: “Otra buena cantidad de palabras, también incluidas en este vocabulario, son de origen precolombino (náhuatl y otros…), muchas de las cuales también son de uso común en otros países de América”. He aquí los nahuatlismos que he reconocido en la obra de Rabella y Pallais: “cuasquesa”, “cuasplato”, “chachagua”, “güipil”, “jícara”, “machigüe”, “nacatamal”, “pipito”, “sisimico”, “tagüe”, “tepetate”, “telelque” y “tiliche”.
Mas el criterio macroestructural de este Vocabulario es el de la contrastibidad del español nicaragüense con el peninsular. Sin duda, el oído de Rabella —aprovechando in situ su experiencia de cooperante— le facultó para diferenciar las voces escuchadas en Nicaragua de las peninsulares, permitiéndole distinguir las locuciones que no forman parte de lo que define como “el español hablado o aprendido en España”. De esta forma, admite la presencia de arcaísmos; pero sin señalarlos: “En muchos casos los vocablos nicas son puro español, olvidados, engavetados o muy poco usados en aquellas latitudes (de la Península Ibérica) y magníficamente conservados aquí”.
Con este criterio amplio, los autores incluyen “anglicismos, galicismos y otros ismos del uso común en el país, al margen de la opinión que nos pueda merecer la creciente invasión de vocablos de este origen, sobre todo anglicismos”, sostiene en la ya citada Introducción. Sin embargo, los últimos que recogieron ya han adquirido carta de ciudadanía lingüística en nuestra habla corriente durante la segunda mitad del siglo XX. Me refiero a “brassier”, “breque”, “clinch”, “cloch”, “closet”, “colin”, “diesel”, “friezer”, “ful”, “jaibol” y “suich”.
Igualmente, Rabella y Pallais no podían dejar afuera los vocablos generalizados por el beisbol, el deporte por antonomasia de los “nicas”. De ahí que hayan registrado “arrancamonte”, “cuadrangular”, “diamante”, “doblete”, “jonrón”, “paracorto” y “serpentinero”. Y tampoco era posible evitar nuestros abundantes hipocorísticos. Entre otros que transcribieron, subrayaremos los siguientes: “Colacho”, “Chela”, “Cheto”, “Mena”, “Memo”, “Queta”, “Quincho”, “Lida”, “Tina”, “Toño” y “Yoya”. Lo mismo es aplicable a las unidades pluriverbales o fraseológicas: “A lo desconocido”, “A toda verga”, “Al bote y al miado”, “Al ruido de los caites”, “Como la novia de Tola”, “Coyol quebrado, coyol comido”; “Meter julepe”, “Ni muy muy ni tan tan”, “Jalar la chaqueta”, “Jugado de cegua”, “Jinca la yegua”, “Ojos de chivo ahorcado” y “Veme y no me toqués”, por citar algunas de las que consignan.
A dos conclusiones ya conocidas y reconocidas llegan los autores. En primer lugar, a la gran facilidad y creatividad del “nica” para inventar nuevas palabras y expresiones cuando lo necesita, sustantivando verbos, verbalizando sustantivos, adjetivándolo todo, la mayoría de las veces con una lógica lingüística perfecta. En seguida, “a la velocidad de cambio de la lengua” al comprobar que un considerable porcentaje de voces —registradas en diccionarios de hace 30 ó 40 años— han caído en desuso, siendo completamente desconocidas por la población joven. “Y viceversa —anotan—: gran cantidad de palabras usadas hoy de forma cotidiana, no aparecen en esos diccionarios”. Pero la lección que dejan es la siguiente: “Sin duda, el nicaragüenses tiene un especial sentido práctico del habla. Cuando aparece una nueva idea, un nuevo objeto, un nuevo matiz, inmediatamente se inventa la palabra adecuada y ésta se extiende rápidamente. Cuando desaparece la utilidad de la palabra, ésta naturalmente también deja de usarse”.
En cuanto a las secciones de Animales (págs. 237-243) y Vegetales (págs. 247-270), no podían estar mejor, ya que proceden —en su mayor parte— de una información adquirida en zonas rurales. Por lo demás, el Vocabulario se auxilió de la bibliografía disponible sobre la materia —que suma 18 obras—, de textos literarios de nuestros mejores autores, de las letras de nuestros mayores compositores y de informaciones de los cuatro diarios que circulan en el país. En fin, esta contribución resulta muy útil como corpus para futuros estudios. De hecho, ya hemos recurrido a sus amplios registros en nuestras investigaciones.
El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.