Agua bendita para los demonios de la transición

Miguel R. López Baldizón*

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Agua bendita para los demonios de la transición


Miguel R. López Baldizón*




El domingo 25 de febrero de 1990 la algarabía era total y muchos nicaragüenses no salían de su asombro: el FSLN, obligado a realizar elecciones democráticas y libres, reconocía la derrota en las urnas electorales ante la presión de los observadores internacionales.

La Unión Nacional Opositora (UNO) parecía haber sepultado al régimen sandinista que sembró el terror y la muerte durante once años. Sin embargo su eterno líder y candidato, Daniel Ortega, sentenció que a partir de ese momento gobernaría “desde abajo”.

Sustituir un régimen autoritario, de partido y candidato único, dominante, hegemónico, vigente durante once años, para transformarlo en un sistema democrático no era nada fácil. Los sandinistas moldearon estructuras, crearon instituciones, establecieron la forma de hacer las cosas a su manera imponiendo las reglas del juego. Controlaron todo, absolutamente todo. Disciplina total ante el autoritarismo era lo que contaba, “Dirección Nacional Ordene”. Tenían el monopolio y no habían otros caminos, había “estabilidad” en el país según ellos, porque los demonios estaban controlados.

Se inició la transición y ese era precisamente el gran reto: que en el lapso transcurrido entre la caída de la dictadura sandinista y la consolidación de la democracia, se tenían que definir las nuevas reglas del juego bajo otros principios: los de la democracia, de la rendición de cuentas, del Estado de Derecho y tantas otras cosas necesarias para alcanzar el desarrollo tan merecido para nuestro pueblo.

Ese es precisamente el momento decisivo que todavía estamos enfrentando. ¿Por qué nos da la sensación que el país se encuentra al filo de la navaja? ¿por qué tememos que en cualquier momento se pueda caer en ingobernabilidad? ¿por qué existe la sensación de que el país no tiene rumbo, que no avanza? Porque los demonios andan sueltos. Porque se rompieron las viejas reglas del juego y las que quedan son obsoletas para construir el nuevo régimen democrático, normas arcaicas y obsoletas dan pie a que afloren las más insanas pasiones, a que los partidos políticos tradicionales saquen lo peor de sí mismos. Los grupos que crecieron y se enriquecieron al amparo de las antiguas reglas hacen hasta lo imposible por conservar o recuperar sus privilegios; por desacreditar al gobierno del cambio, ante la amenaza de sentirse desplazados o incluso en peligro de desaparecer. Se viven huelgas, marchas de sindicatos que representan al viejo régimen, bloqueos de carreteras, toma de edificios públicos, enfrentamientos contra la Policía, se juega vulgarmente con la pobreza y la miseria del pueblo, creada por ellos mismos. Todo con la intención de desestabilizar al Gobierno, de crear conflictos en forma escalonada, al mismo tiempo que lo acusan ante los medios de comunicación de ser un gobierno “débil, incapaz, sin proyecto de nación… de estar llevando al país al caos”, con tal de desilusionar al votante y aumentar ellos mismos sus posibilidades electorales.

En esta trampa cayó el Partido Liberal Constitucionalista y a través del pacto de 1999 y el más reciente del 2004 defienden a capa y espada a un sistema autoritario, antidemocrático y que le llevará a su propio entierro. ¿Qué cambios puede consolidar una Nicaragua libre, próspera y auténticamente democrática? ¿cómo evitar el peligro de un regreso al autoritarismo?

Pero para consolidar el cambio, afianzar la democracia, lograr crecimiento sólido, revertir los niveles de pobreza y marginación, extirpar el cáncer de la corrupción, la impunidad y el tráfico de influencias, todavía faltan varios años de reformas, de grandes sacrificios y sinsabores. La democracia no podrá sentar sus bases en este país hasta que el viejo régimen autoritario (y sus demonios) quede completamente aniquilado. La democracia está en peligro. El cambio dista mucho de estar consolidado. El autoritarismo no ha logrado ser superado. En este proceso la opinión pública juega un papel fundamental. Una opinión pública bien informada, con visión clara hacia el futuro, participativa, dispuesta a defender los derechos y los avances recién conquistados, es un arma muy poderosa para detener a las mafias del régimen que intentan quebrar el proceso de cambio. Adelante pueblo nicaragüense echémosle agua bendita a esos demonios.

* El autor es presidente de Alianza por la República (Apre)

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