La misión de la Iglesia y sus relaciones con la sociedad y el Estado

Pablo Sanabria Lainez *

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La misión de la Iglesia y sus relaciones con la sociedad y el Estado


Pablo Sanabria Lainez *




Antes de Constantino, los cristianos sabían por experiencia propia que la Iglesia existía pero tenían que creer, contra las apariencias, que Cristo gobernaba el mundo. Después de Constantino uno sabía por experiencia propia que Cristo gobernaba el mundo, pero tenía que creer, contra las apariencias, que existía una Iglesia creyente”.John Howard Yoder, Otherness

El libro de Richard Niebuhr, Cristo y la Cultura, ha ejercido una influencia extraordinaria en el campo de la ética cristiana. Una de sus contribuciones consiste simplemente en hacernos reflexionar acerca del hecho de si la Iglesia es o no una cultura en sí misma. Esto tiene relevancia porque desde que Constantino se hizo cristiano y declaró al cristianismo como la religión oficial del Imperio Romano, la Iglesia y la cultura que le rodeaba, incluyendo, desde luego, al Estado, se confundieron de tal forma que hasta el día de hoy es a veces difícil distinguir entre una y otra.

Constantino fue el primero de una larga lista de gobernantes a través de la historia, en considerar al cristianismo como una fuerza unificadora de mucha utilidad. No hay duda: si la Iglesia se presta para ello puede ser usada y manipulada por los poderes políticos de turno. En la historia moderna esto incluyó tanto a regímenes marxistas como a dictaduras de derecha. Es por eso que muchos han acusado a la Iglesia de patrocinar el estatus quo y de comprometer el evangelio, adaptándose por conveniencia a la cultura mayoritaria. Aunque esto ocurrió así durante la Iglesia “constantiniana”, lo cierto es que ése no fue el propósito original con que Cristo estableció su Iglesia.

Jesús dijo que sus discípulos “estaban en el mundo pero que no eran del mundo”. El apóstol Pedro recuerda a los cristianos segregados a causa de su fe en varias regiones de lo que se conocía antiguamente como Asia Menor, que ellos eran “un real sacerdocio, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para anunciar las virtudes de Aquél que les llamó de las tinieblas a su luz admirable”. Efesios 3:10 dice que la función de la Iglesia es “dar a conocer la multiforme sabiduría de Dios a los gobernantes y autoridades”. Todo el Nuevo Testamento presenta una marcada diferencia entre la Iglesia y el mundo (la creación caída y rebelde).

¡No hay duda! La Iglesia fue establecida como una cultura que debía transformar las “culturas” circundantes, distinguirse claramente de ellas y negarse a ser parte de las estructuras del poder político para ocuparse de una labor más noble y más necesaria: la transformación espiritual de los seres humanos. Jesús dijo: “Mi reino no es de este mundo”. La Iglesia no debe aspirar a convertirse en un reino terrenal ni buscar cuotas de poder dentro de los reinos terrenales. La Iglesia debe verse a sí misma otra vez, como una forma de vida, como el camino, como la comunidad alternativa, como una entidad no sólo distinta en naturaleza y propósito del Estado, sino también divorciada de él. La política de la Iglesia es la expresada por Cristo en el evangelio: perdón, reconciliación, misericordia, gracia, amor, convivencia pacífica en rectitud y justicia. Esta política de Jesús forma el carácter de los miembros de la comunidad de fe, un carácter que es a imagen y semejanza de Cristo; les enseña a vivir y a resistir las influencias del mundo.

La Iglesia debe reasumir su raison d’etre. De lo contrario se hará cada vez más irrelevante para la vida espiritual de sus miembros y para la sociedad en general, la cual necesita de dirección espiritual hoy más que nunca.

* El autor es licenciado en Derecho, Master en Ciencias y Divinidad

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