Ramón A. Pérez
Hace mucho tiempo salí de mi adorada Nicaragua. Me fui, igual que muchos compatriotas, cargando la cruz del exilio, soportando miles de dificultades pero con un corazón lleno de ilusiones, listo para romper las barreras del idioma e insertarnos en el gran mar de la democracia que practicamos aquí en Estados Unidos.
Algo así Nicaragua se merece construir como sistema; no la democracia concebida por la izquierda, donde los valores morales se pierden, la unión familiar se rompe, se persiguen las ideas, se hostiliza la creencia religiosa y la propiedad privada.
En la actualidad los políticos con su mal actuar responden a intereses mezquinos partidarios. Es de suma urgencia promover la educación sobre lo que es la democracia, después que la historia de Nicaragua ha sido escrita con sangre como consecuencia de la rivalidades de los partidos tradicionales por alcanzar el poder. Los cincuenta años de dictadura somocista más los diez años de destrucción sandinista.
Es tiempo de que se borren las figuras de los líderes o caciques en las contiendas políticas. El reto es para los partidos que se identifiquen con las ambiciones del pueblo, para ser educados con un nuevo concepto de democracia. El pueblo aprende con rapidez. No soy político ni escritor, pero me atrevo a redactar esta carta porque considero que es mi deber.