El silencio es cómplice y también mata

Fernando Centeno Chiong

Organismos que defienden y promueven los derechos de la mujer afirman que tres de cada diez mujeres en Nicaragua son agredidas física y sicológicamente por sus esposos, compañeros, familiares, vecinos, jefes o amigos y en el peor de los casos, cuando se trata de niñas, adolescentes o jóvenes son abusadas sexualmente por personas cercanas, muchas veces ante el silencio cómplice de quienes las rodean y supuestamente las protegen.

Decenas de casos son presentados en las comisarías de la mujer de víctimas de la violencia intrafamiliar, pero muchos de ellos quedan sin solución por falta de seguimiento, en su mayor parte por el temor o amenazas de sufrir la suerte de Silvia de los Ángeles, la más reciente víctima de asesinato atroz por su compañero de vida, o Brenda, la joven asesinada en Tipitapa, o Mercedes Margarita, la adolescente que murió a manos de su padrastro enfermo de celos, o bien puede ser María, Juana, Jacinta, Raquel o cualquier nombre que simbolice a miles de mujeres que continúan callando y que en el peor de los casos con un silencio que puede terminar con sus vidas.

Una sicóloga estudiosa de los juguetes y cuentos infantiles afirma que desde la infancia las expectativas de conducta son distintas para cada sexo y ésta es una de las consecuencias de los patrones culturales que tenemos.

Los juguetes y los cuentos no son inocentes, sino que son el primer condicionamiento cultural. Los varones tienen el monopolio del coraje, la imaginación, la astucia y el gesto heroico y la solidaridad, mientras que las mujeres reflejan la abnegación, la mansedumbre, la rivalidad y hasta el servilismo, que se revela en sus papeles de reinas, plebeyas o amas de casa, en cambio el hombre es el espíritu de aventura, poder y riqueza.

Los personajes de Caperucita, Blanca Nieves, la Bella Durmiente y otros que se transmiten a las niñas de generación en generación reflejan el papel de una mujer tonta frente a héroes valientes y audaces. En los juguetes, los niños son favorecidos con soldados, carros, tanques, armas o cosas por el estilo, mientras para sus hermanitas son destinadas las muñecas, las casitas, la maquinita de coser, o los juegos de té.

La violencia contra mujeres y niños no sólo es cultural sino de exclusión social, de hacinamiento, y promiscuidad producto de la pobreza, de la irresponsabilidad más paterna que materna, porque estas últimas encabezan la tercera parte de los hogares y tienen que hacer el doble papel de padre y madre, a lo que hay que agregar la apología de la violencia que algunos medios de comunicación promueven con el afán de generar más televidentes, lectores o radioyentes, o bien la proliferación excesiva de juegos, vídeos o películas que reflejan un alto nivel de controversia, fanatismo, pasión y terror.

La violencia contra niños y mujeres ha sido y continúa siendo una práctica social que comienza desde los castigos que imponen los padres y que luego se convierten en hábitos aceptados cuando estos niños llegan a la adolescencia, juventud o se convierten en adultos, y reproducen estos patrones de conducta.

El problema es más grave por la falta de leyes y la poca aplicación de las existentes, mientras observamos a un Poder Legislativo en controversia constante con el Ejecutivo en vez de aprobar el nuevo Código Penal que endurece las penas y sanciones a los abusadores sexuales o bien la Ley de Responsabilidad Paterna que ayude a disminuir el abandono y el abuso en que han caído miles de niños. Es lamentable también observar instituciones del Estado que trabajan por la niñez y la mujer, minusválidas por el poco presupuesto o bien organismos que defienden a estos sectores con las manos amarradas por la falta de justicia.

Si Silvia de los Ángeles, Mercedes Margarita, Brenda, o cualquiera otra víctima hubieran denunciado a tiempo el abuso y mal trato de que estaban siendo objeto por parte de sus victimarios posiblemente estuvieran con vida.

Estos casos se unen a los miles que hay en nuestro país donde la mujer es sometida a trato cruel y humillante no sólo físico sino sicológico, y la mayor parte de los cuales no son denunciados ni por ellas mismas ni por sus familiares, amigos o vecinos que son testigos mudos de situaciones que pueden terminar trágicamente, por lo que están convirtiendo este silencio en un silencio que mata.

El autor es periodista y abogado.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí