Joaquín Absalón Pastora
El 2 de noviembre la gente votará en Estados Unidos buscando el cambio en la ruta o sosteniendo la posición de guarecerse en las promesas de seguridad contra el terrorismo. Son John Kerry, un senador con pretensiones de cosmopolita y George W. Bush, el vaquero tejano. El primero ofrece elevar el “nivel de vida” de los estadounidenses. El segundo ofrece realizar modificaciones o dejar las cosas como están, pero dándole protección a ese estándar de la existencia, preservándolo del terrorismo.
La economía es la visión de Kerry, y la seguridad es la visión de Bush. Uno va a estrenar el poder y por lo tanto es fuente de incertidumbre, el otro ya es conocido. Sin embargo el panorama está tan cerrado que según las estadísticas preliminares “no hay nada para nadie”.
Dentro de las invaticinables perspectivas, opino como latinoamericano. América Latina está tan cerca y tan lejos de Estados Unidos. Cerca porque en no pocas de sus regiones —geográficamente hablando— basta con dar un salto sobre la piedra para estar en “gringolandia”. Y tan lejana porque políticamente pareciera estar situada en un continente distante de Estados Unidos. En el derroche de las paradojas sus ojos tienen instantáneo poder para ver hacia Irak volando sobre los inmensos mares sin que exista cabida para reflexionar en los obstáculos del confín.
Lo cierto es que el trato aparentemente afable para la hispanidad va ahora cuesta abajo y de rodada. La discriminación pulsa ingratitudes que hieren pieles y socavan dignidades, sumergidas por la flema anglo-sajona. El ánimo hispanofóbico no es nuevo.
En lo internacional cada vez que surge una campaña electoral, América Latina aparece en la letra menuda (o en ninguna) de la política exterior. ¿Importa? Sí importa. Las elecciones en Estados Unidos interesan al planeta principalmente en una época en la que ellos son los dioses unipolares, privilegio que deben en buena parte a la inyección recibida de quienes no fueron sus nativos directos. Lo que se proponen es erradicar la fisonomía individual por la de ponerse en la fila de la globalización y quien no la haga “está listo y servido”. Estupendo factor es la suma humana de los hispanos, lo cual los convierte en tema electoral clave. Millones —25 hace unos ocho años— constituyen un ente voluminoso enquistado en la capacidad de decidir. Pero ni aún así hay una mirada en reconocimiento de ese poder. Si hay respeto es por la cifra.
Todavía no conozco campañas electorales en las que no se digan mentiras. Pero esta vez y en la medida en que es creciente el proceso de elegir, ellas son más abundantes. La verdad como meta ideal se escurre mientras salta el cinismo sobre el tapete. Y no sólo esa expulsión de las lenguas encallecidas sino otro mal que va a la par: las contradicciones. Óigase esta de Kerry; para dualidad un botón: proclama reparar las relaciones con los aliados debido a que Bush los tiene molestos con su soberbia pero al mismo tiempo los insulta y proscribe cuando dice que su contrincante fue sólo a la guerra cuando estuvo acompañado por unas treinta naciones grandes y pequeñas.
No obstante John Kerry debería estar luciendo la ventaja. Se ha demostrado lo suficiente la ausencia de armas de destrucción masiva en Irak, lo cual remite al abismo la principal justificación de Bush para hacer esa guerra cuya caravana de muertos pasa diariamente por el conocimiento de un mundo conmovido y absorto.
Mientras tanto en Nicaragua, aunque él lo oculte en su hipocresía política, Daniel Ortega ahora que cree en Dios debe estar rezándole para que gane Kerry. Sus aparentes adversarios pueden estar haciendo lo mismo para que gane Bush.
El autor es periodista