Ana María Ch. de Holmann
En la actualidad en Nicaragua se oye que en algunos sectores se habla con insistencia de la necesidad de un diálogo nacional. Éste sería urgente, útil y necesario si se ajustara realmente al verdadero significado de este término, del concepto que este encierra y el uso que se le da. En este caso se entiende por diálogo el llegar a un acuerdo para beneficio de Nicaragua.
En 1978 se habló de un diálogo. Recuerdo que Pedro Joaquín Chamorro Cardenal se despidió de la casa de nuestra madre, Margarita Cardenal de Chamorro, el 9 de enero, día del cumpleaños de ella, diciendo “mañana contesta Tacho”. El diálogo que se había planteado era para que el dictador abandonara la idea de su reelección lo que no se dio y ya todos sabemos las consecuencias que esto trajo.
En 1989 se dio otro esfuerzo de diálogo nacional, el que sí se llevó a cabo con excelentes resultados como fue llegar a un acuerdo permitiendo celebrar elecciones libres nacionales, con lo que se abrieron las puertas a la democracia.
En las circunstancias por las que atraviesa el país en estos momentos, entendemos por diálogo “un acuerdo nacional”. En primer término, para aclarar y establecer de nuevo las bases en que se fundamentan las instituciones, no para servir a los partidos sino a la Patria y con ello lograr la convivencia y la gobernabilidad tan necesaria para el desarrollo y el beneficio del pueblo.
El resultado de esta simple y sencilla operación sería: la paz y el respeto mutuo entre los poderes, apoyando cada uno de ellos el proyecto de Nicaragua. Este proyecto lo lograríamos si se pusieran en práctica lo que prometieron durante su campaña —Alemán es uno de ellos—: “servirle al país y no servirse de él”, lo que se olvida muy pronto y sólo se acogen a la frase final haciendo del Estado un botín.
Un diálogo sería útil y necesario si se lograra cierta flexibilidad de parte de los que mantienen la presión y la paralización de la gestión gubernamental por lo que constantemente dañan al país y no como ellos pretenden poder hacerle daño al gobernante.
Bien sabemos que el diálogo es una manera efectiva para llegar a un acuerdo y conducir un proyecto a su término exitosamente, pero lamentablemente aquí en Nicaragua —y no es de ahora— la palabra ha tenido una transformación: “pacto”. Así se le llama a la negociación entre dos personajes claves que se reparten entre ellos los poderes del Estado. Teniendo la mayoría en la Asamblea, se reparten la Contraloría, el Poder Electoral, el Poder Judicial y la Corte Suprema; en fin, todos estos “logros” por el beneficio del pacto libero-sandinista de 1999. Por eso es un riesgo para el país que el presidente Bolaños acuda al llamado de estos personajes claves a “negociar”, pues se ve claro que entre dos fuerzas ocultas están armando un kupia-kumi entre los dos líderes más corruptos en nuestra historia, para destruir el Estado de Derecho y repartirse en pedazos lo último que queda de institucionalidad.
Desdichadamente ese recurso del diálogo nacional no cabe en nuestro pobre país, ya que hacer acuerdo de una magnitud y dimensión en la que se pone en juego el destino de un país no está al alcance de la capacidad de los protagonistas que lo proponen, quienes están llenos de rencor, venganza, envidia, envilecimiento y ansias desmedidas de poder.
Y no lo digo yo. Lo dicen ellos mismos hasta públicamente en sus entrevistas, declaraciones y discursos.
¡Sólo Dios salva a Nicaragua !
La autora es columnista de LA PRENSA.