La onomástica de la América española

Jorge Eduardo Arellano

Por ser más familiar y conocido, el ámbito que se estudia en una obra en preparación del suscrito sobre el español de América es el nicaragüense; pero también se incluyen —aunque de pasada— numerosas referencias a los países hispanohablantes o, como diría Germán Arciniegas, de la América ladina. Porque este sustantivo más el adjetivo que le sigue serían más adecuados que América latina y su gentilicio latinoamericano.

¿Quién, sin embargo, asume el riesgo de tales expresiones? Ni el mismo Arciniegas: ese gran apologista de la cultura desarrollada —a partir de los viajes de Cristóbal Colón al Orbe Novo y el advenimiento de la República— en el territorio que pudo llamarse América española. Según el maestro colombiano, para eludir el uso de la palabra América los españoles optaron por la expresión “Indias Occidentales”. Lo que hicieron fue adoptar el error inicial del Almirante, quien aseguraba haber llegado a una de tantas Indias Asiáticas, y los blancos se vieron rodeados de indios e indias. Posteriormente, al autodenominarse americanas las colonias inglesas, los de la península acabaron —contentándose— elaborando un Derecho de Indias, llamando indianos a los españoles que no retornaban y señalando para siempre, con el nombre de indios, a los nativos del Nuevo Mundo. Incluso en Las ruinas de Palmira el conde de Volney (1757-1820), o Constantino Francisco Chassebeauf, habló de “Indias castellanas”. Arciniegas precisa:

“El abandonar el nombre de América Española para acuñar el de América Latina tuvo un largo proceso. Se partió del supuesto que dio a la Independencia raíz derivada de la Revolución Francesa, cayó América en el embrujo de la literatura francesa, las proclamas de los independentistas estaban empedradas de galicismos, y por no decir América francesa (de esta que lo era tan afrancesada), se dijo América Latina. Era la voz corriente en los tiempo de [José Enrique] Rodó y en Estados Unidos han acabado de decirnos latinos” (Arciniegas: 1993: 428).

José Martí (1853-1995), acaso consciente del absurdo que salta a la vista cuando el gentilicio latinoamericano se aplica a mayas, quechuas y guaraníes —quienes continuaban y continuaban hablando en sus lenguas precolombinas— intentó crear la expresión “Nuestra América” (con el gentilicio, hoy ridículo, de “nuestroamericanos”). Pero fracasó como luego lo haría el peruano Víctor Raúl Haya de la Torre al acuñar el término “Indoamérica”, más fiel al trasfondo de nuestra historia. Con todo, se ha impuesto América Latina desde finales del siglo XIX, si recordamos el ensayo de Rubén Darío El triunfo de Calibán (1898) y la contestación a la encuesta que envió El Cojo Ilustrado, de Caracas, en 1902: “Todas las repúblicas de la América Latina no tienen el mismo porvenir —afirmó—. Su progreso futuro estará en razón directa de la mayor o menor emancipación de la influencia intelectual española, por una parte, y de la influencia moral de Roma, por la otra”.

Se impuso, por tanto, América Latina para identificarnos, expresión inventada —según algunos— por el chileno Francisco Bilbao, difundida por el francés Michael Chavalier en sus Lettres sur l`Amerique du Nord (París, 1936) y, sobre todo, por el colombiano, esta vez decimonónico: José María Torres Caicedo. Por su parte, con el fin de resaltar las diferencias entre lo que deriva de las colonias sajonas y lo de las españolas y portuguesas, se ha puesto de moda en las últimas décadas otra palabra que tiene suficiente fundamentación: Iberoamérica. No obstante, la existencia de una comunidad latinoamericana en términos políticos, si no una abstracción, resulta un mito o una utopía, al margen de las anuales cumbres iberoamericanas. En todo caso, Iberoamérica posee mucho mayor sentido que la obsoleta clasificación de orden geográfico: “Las Américas”, vocablo errático. Se dijo América del Norte o Norteamérica (colocando a México dentro del mismo mundo de los yanquis y de los canadienses), América Central (que excluía a Panamá) y América del Sur o Sudamérica (Meridional la llamaba el sabio alemán Alexander Humboldt). ¿Y los países antillanos o caribeños? Augusto C. Sandino (1895-1934) no excluyó esta área en sus escritos al utilizar la expresión América Indohispana y Antillana.

En 1946, año del nacimiento del suscrito, el referido Arciniegas compiló una antología, cuyos textos le ayudó a seleccionar otro maestro de la América nuestra —como Darío llamó, en su oda A Roosevelt, a la América Española—: el dominicano Pedro Henríquez Ureña (1884-1946). El pensamiento vivo de Andrés Bello se titulaba y su objetivo no era otro que leer y retomar una tradición americana en el pensamiento y en la acción. Este objetivo es el que aspiramos compartir en estas páginas de indagaciones dialectológicas y, en un mayor grado, lexicográficas, guiados por un entusiasmo creativo y un culto celebratorio de la palabra. Sobre el tema disertaban, teorizando con el respaldo de grandes autoridades como Max Müller, nuestros filólogos centroamericanos. Uno de ellos, el nicaragüense J. M. Siero lo citaba en su trabajo “Gramatiquerías” (Revista de Instrucción Pública de Nicaragua, Managua, Núm. 6 y 7, diciembre, 1908, pp. 401-408), como también Luis H. Debayle (1865-1938), que lo hizo en una conferencia —aún no desdeñable— al ingresar al Ateneo de Honduras, en los años veinte del siglo pasado, como Miembro Honorario. Y no fueron los únicos.

Volviendo a Germán Arciniegas, concluiré este apartado transcribiendo un fragmento de la introducción a su antología de Bello: “Los españoles que se trasladaron a América —Bello era de estirpe española— vieron el mundo a través de nuestro ambiente, acabaron por pensar distinto. La sustancia hispánica se transformó en algo inesperado. El nuevo espíritu Americano, al mostrar su curiosidad e independencia, remozaba al de Castilla” (Arciniegas, 1993: xxii).

Y este espíritu, remozado y americanista, prolongando y enriqueciendo el legado español, es el que anima, ama y vibra en esta colección de trabajos que, sin la organicidad del tratado, oscilan entre la seriedad científica del aficionado a la lingüística y el humor o la alegría del ciudadano común o de la calle.

El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua

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