Unidad, diversidad, evolución y desarrollo del español de América

Róger Matus Lazo

La expansión del español a partir del siglo XVI por el continente americano y su contacto con esta realidad constituye el hecho más significativo en la evolución y desarrollo de este idioma. Básicamente, tres son las circunstancias que influyen en su configuración: la influencia de la lengua de los conquistadores y emigrantes de España, el contacto con las distintas lenguas indígenas, y la misma tendencia conservadora o innovadora del grupo humano en la sociedad colonial e independiente. Recorramos someramente el panorama.

Tres grandes culturas sobresalen de la variedad de pueblos indígenas diseminados por América: maya (Honduras, Guatemala y Yucatán), inca (Perú, Bolivia y Ecuador), y azteca (territorio central y meridional de México). Centenares de idiomas hablaban estos pueblos, pero los más cultos fueron el quechua del Perú incaico, el maya-quiché y el náhuatl de los aztecas. Se estima que antes de la llegada de los conquistadores existían alrededor de mil lenguas y dialectos. De ellos, la lengua náhuatl fue la más importante de las habladas en el Valle de México, especialmente Tenochtitlán, Texcoco y Cuautitlán.

Luego vinieron los conquistadores quienes con el respaldo de su fuerza y su poderío, impusieron una lengua incapaz de nombrar nuestra flora y nuestra fauna y nuestras propias costumbres y formas de vida. Así se difundieron por el mundo entero y penetraron en idiomas lejanos: tabaco, papa, maíz, hamaca, sábana y caníbal —entre otras— del taíno de las Antillas; huracán, del quiché de Yucatán; piragua, patata y manatí, del Caribe; cacao, chocolate, chicle, tomate, tamal y coyote, del náhuatl de México; quinina, alpaca, guano y pampa, del quechua del Perú; coca, del aimará de Bolivia; ipecacuana, ananás (piña), tapioca, jaguar y ñandú, del guaraní del Brasil y Paraguay.

Y es que cada país o región se caracteriza por el uso preferente de su propio vocabulario indígena. Así, el zopilote (también llamado zope, shope, chombo, nopo, según las regiones) de México, cambia de nombre al cambiar de país: zoncho o noneca (Costa Rica), aura tiñosa (Cuba), jote (Chile), urubú (Paraguay), y chulo, galembo, chicara o gallinazo en Colombia, según las regiones.

En Nicaragua, los conquistadores se encontraron con varias etnias procedentes del extranjero: los miskitos, sumos y matagalpas, vinieron del Valle del Orinoco (Venezuela); de Texas y Guerrero (México), llegaron los subtiavas o maribios; de Chiapas (México), los chorotegas o mangues, y del Anáhuac (sur de México), los náhuatl.

Todas estas lenguas y dialectos han dejado su huella —transitoria o duradera— en el habla nicaragüense. Por ejemplo, del chorotega son de uso común vocablos como: lapa, ñoca, ñámbar y nambira; dundo y las expresiones con la palabra mejenga (va mejenga, dale mejenga, y pura mejenga), constituyen una herencia del subtiava; el matagalpa nos dejó el tafiste; del sumo nos queda el pipante, y del miskito: poponé, congo, zajurín y pejivalle. Del náhuatl, que constituye el substrato del español de Nicaragua, hay más de seiscientas voces. Basta citar las toponimias que nos proporcionan toda una información enriquecedora: Nicaragua (“Aquí junto al agua” o “aquí junto al lago”); Ticuantepe (“cerro del tigre”); Asososca (“lugar de agua azul”); Momotombo (“gran cumbre ardiente”); Malacatoya (“río que da vueltas”), y Apoyo (“laguna de agua salada”).

El aporte de las lenguas indígenas a la cultura universal no se reduce solamente al aspecto léxico —con más de cuatro mil voces—, pues en cada lengua y en cada región de América hay una visión particular del arte, de la realidad y del mundo que puede ser compartida con todos los hombres. En eso radica su valor principal.

En el aspecto fonético, la diferenciación se establece por el tipo de influencia española, según la región. Las tierras altas, por ejemplo, tienen sello español con marcada influencia de las lenguas indígenas, especialmente en la riqueza del consonantismo. Ángel Rosenblat afirma que los hablantes de estas tierras “se comen las vocales”: caf`’sito (México), muchis’mas gracias (Bogotá); Pot’sí (La Paz). Las tierras bajas, en cambio, fueron colonizadas por gente de las tierras bajas de España; por eso tienen una pronunciación semejante a la andaluza. El mismo Rosenblat afirma que los hablantes de estas tierras “se comen las consonantes” o las cambian por otro sonido según las regiones o los sectores sociales: loj doj amigoj (Nicaragua), bocao y pescao (Costa Rica); calga y descalga (Cuba).

Referente al plano morfosintáctico, señalo las siguientes características:

— influencia del presente continuo (progresivo): estamos enviándole (le envío), le estoy escribiendo (le escribo), etc.;

— formación de nuevas palabras con diversos sufijos: ahorita, nadita, rustiquez, muchachada, amigazo, humazón, mujerero, tiempalal, moridera, costillambre y muchos más. Los verbos en -ear (que se diptongan -iar) son frecuentísimos: guacaliar, puertiar, turistiar, etc.

— formación de sustantivos a partir de verbos: el relajo, el sofoque, el respiro, el denuncio, el engorde, etc.

A través del préstamo lingüístico que el español de América incorpora palabras y expresiones extranjeras que designan realidades conceptos, objetos o ideas para los que el español carece de posible denominación. Así, en los siglos XVI y XVII se introdujeron en nuestro idioma muchas palabras provenientes de las lenguas indígenas americanas como canoa, tabaco, maíz, etc.; del italiano, especialmente por el desarrollo renacentista y la dominación española en Italia, entraron a nuestro idioma: soneto, carroza, medalla, piano, centinela, fragata, charlar, gaceta, etc.; y del gallegoportugués pasaron al español: morriña, macho, chubasco, vigía, arisco y otras que figuran desde muy antiguo. Y en los siglos XVIII y XIX , la principal influencia ha sido de la lengua francesa (coñac, cabaret, restaurante, jardín, cofre, coqueta, corsé, hotel, carné, etc.); y sobre todo de la lengua inglesa a partir del siglo XX (apartamento, béisbol, boicot, clipe, microfilme, estándard, esplín, champú y cien vocablos más).

Otro factor importante es el hablar característico que posee todo individuo con sus vocablos y giros preferidos, es decir, su idiolecto. Es el caso de párparo (asimilación de la r en la palabra párpado) y márbol (disimilación o cambio de la m en mármol), fenómenos fonéticos comunes en el habla popular hispanoamericana.

Y lo mismo afirmamos de los metaplasmos frecuentes en el habla popular nicaragüense: prótasis (arrejuntar por rejuntar), epéntesis (perjúmenes por perfumes), paragoge (ridiculeza por ridiculez), aféresis (humar por ahumar), síncopa (taurete por taburete), apócope (bacán por bacanal), metátesis (murciégalo por murciélago), contracción (almediós por alma de Dios).

El español que nos vino de España hace más de quinientos años es el resultado de una evolución constante —independiente unas veces, y otras paralela al de la Península— , que ha ido adquiriendo en estas tierras su propia fisonomía, pero con una rica variedad de elementos que lo hacen uno y diverso a la vez. Unidad y diversidad que afirman y confirman la manera de entender y sentir el idioma de Cervantes y Darío.

El autor es miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí