Mi Granada

Uriel Cuadra Argüello

Sultana de Nicaragua, esposa del Mombacho, el sultán de esta tierra. Privilegio del continente que fue creada en 1524 besando sus pies el dulce lago Cocibolca, quien extendió a sus habitantes ese sabor de miel fabricado por abejas que a través del espacio rompen el viento que viene de Zapatera. Alí, en su posición geográfica del Continente saluda a toda América que, conocedora de su historia, le rinde culto a su valentía y honor.

En el tiempo fue herida por el filibustero Walker, negro recuerdo, y como el Ave Fénix renació de sus cenizas para dar mayor fortaleza a los genes de quienes la habitan. Por ello, fue, es y será el privilegio de esta tierra. En las células del cerebro están los recuerdos, no se me pueden borrar. En la distancia y en el tiempo durante viví lejos del lugar que me vio nacer, recordé Granada. Volví a ver los caminos que en mi niñez recorría las calles donde jugué al trompo y el boliyoyo, pues cuando más se envejece más se retrocede al pasado.

Haré una pequeña historia de los años 40; detengo la pluma para recordar cómo es el granadino: alegre, dicharachero, piropero, jugador de gallo y enamorado, y debido a estos atributos cuida nuestros arroyos, el bello pájaro guardabarranco, cediendo esta vigilancia diurna al pocoyo que lo hace de noche y a la lechuza que vuela sin ser oída. Son secretos del dominio de las aves. A ritmo de sones alegres se recrea el pueblo en el atabal con retumbar de tambores y coplas que hacen vibrar los corazones. “Aquí te vengo a cantar y lo hago de la nada, sólo para decirte cariño qué lindo es ser de Granada”. “Tarro de aguardiente, chica de coyol”, es el compás del zapateo alegre como el recreo.

Una lancha, la Rafaela Herrera, se quemó cerca del muelle. Heridos y muertos fueron llevados por otros marinos en tijeras de lona, desde el lago hasta el Hospital San Juan de Dios. El paso fue redoblando, eso sí era ayuda. El almacén de don Valentín Horvilleur a un lado del cine González, ardió en llamas y el pueblo con latas y baldes con agua ayudó a apagar las llamas.

Entre los colegios sobresalían el Centroamérica, cuyo rector era el padre Bernardo Ponsol; el Salesiano, regido por el padre Carrillo; y el Instituto de Oriente y Mediodía, por el profesor Narváez, “cara de golpe”. Había un kiosco en el parque, frente a la Alcaldía, el de la Rosa Elena, ahí nos reuníamos varios muchachos de aquel tiempo a reír, chilear y fregar. Risa de adolescentes. Entre los chistes estaba el famoso “Pancho Hermoso”, que vendió la sotana del padre Cuadra (pues era sastre, y al dársela a arreglar jamás se la devolvió), la hizo cachuchas (gorras) y las vendía como “cachuchas benditas” debido a su origen. El negro Ricardo visitaba a doña Mirtala Guerrero, quien trabajaba en la jabonería Prego, y como hablaba mucho le obsequiaba un caramelo de bola y así podía hablar libremente y venderle latas de sebo para el jabón. Ya finalizando este bello recorrido del recuerdo no se pueden olvidar 333 isletas, un lago de una extensión de 9,500 kilómetros cuadrados, un dulce paraíso.

Ya sólo queda llegar al aeropuerto de partida al más allá, el esplendoroso panteón donde está situada la Capilla de las Ánimas. Aquí se le dice adiós al pasado y al presente, para entrar en la nueva dimensión desconocida por todos. Adiós Granada, mi eterna amada y mi última morada.

El autor es escritor granadino.

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