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El monumento a los periodistas
El alcalde de Managua y aspirante a la Presidencia o la Vicepresidencia de la República —cualquiera de los dos cargos que resulte— por el Frente Sandinista, Herty Lewites, inaugura hoy el monumento a los periodistas que fue construido en la rotonda y frente a la colonia habitacional del mismo nombre, en la ciudad de Managua.
¿Por qué el alcalde sandinista usa el dinero de todos los habitantes de Managua, que ejercen y practican diversas profesiones y oficios, para honrar sólo a quienes trabajan en el periodismo? Además, ¿no es a la libertad de expresión y de prensa a la que se debería levantar el más hermoso de los monumentos, y en todo caso a las personas que ofrendaron su vida en la lucha por conquistarla para beneficio de todos los nicaragüenses.
Si de lo que se trata es de levantar un monumento para honrar a quienes trabajan en una profesión u oficio en particular, independiente de que se le practique bien, regular o mal, ¿por qué, entonces, no levantar un monumento en general a cada una de las profesiones y oficios que se ejercen y practican en Nicaragua?
La verdad es que si los políticos investidos de autoridad municipal halagan a los periodistas, con un monumento o con cualquier otra cosa, es porque algún provecho quieren sacar. Y lo mismo hay que decir de otros políticos que, por estar revestidos con el Poder Legislativo, dictan una ley para que la Lotería Nacional regale cada año el producto de dos sorteos a los periodistas que se agrupen en una determinada asociación gremial. E igual hay que decir de los políticos envueltos en togas judiciales, que dictan sentencias para conceder un beneficio material a los periodistas, sólo porque son periodistas, lo que agravia a quienes ejercen otras profesiones u oficios y no reciben iguales tratamientos y privilegios.
Como no hay almuerzo de gratis, sin duda lo que pretenden esos políticos es “comprar” el silencio, la complicidad o la indiferencia de los periodistas ante las “travesuras” —como las llama el presidente Enrique Bolaños— que hacen a menudo quienes ocupan cargos en las instituciones del Estado. Ciertamente, ¿con qué autoridad moral un periodista cuya vanidad es halagada con un estrambótico monumento, o favorecido con premios de la Lotería, o beneficiado materialmente con sentencias judiciales, o halagado en su vanidad gremial con cualquier diploma o monumento, podría denunciar los abusos y latrocinios que esos mismos políticos “regalones” cometen en los cargos que ejercen por elección o designación?
Sin duda que a muchos periodistas les gusta que les halaguen la vanidad personal y gremial con monumentos, premios de Lotería, viviendas a precio de ganga, libres introducciones de vehículos y, en fin, con cualquier clase de agasajos. Pero no a todos les gusta. Es más, también son muchos los periodistas que rechazan esas trampas de la política o que por lo menos no están de acuerdo con ellas; ante todo porque la libertad de expresión y de información no es un privilegio de los periodistas, sino un patrimonio de todas las personas por el sólo hecho de que son seres humanos.
El maestro latinoamericano del periodismo ético, Javier Darío Restrepo, asegura con la inmensa autoridad moral que lo respalda que el verdadero premio y agasajo que le gusta recibir al periodista-periodista —es decir, el periodista genuino, auténtico—, es el de poder decir la verdad siempre, el descubrimiento que hace del ser humano todos los días, cada vez que emprende una nueva tarea periodística. Después de esas satisfacciones el periodista no necesita más agasajos, premios ni homenajes, mucho menos aquellos que sólo sirven para satisfacer la vanidad.
Una de las fuerzas secretas del periodismo de buena ley, dice, por su parte, Tomas Eloy Martínez, es su capacidad para cantar cuatro verdades y seguir siendo incorruptible e insumiso mientras a su alrededor todos callan, se someten y se corrompen. “Si el periodista concilia, si transa con el poder, si se vuelve cómplice de la mentira y de la injusticia, no sólo está traicionándose a sí mismo. Traiciona, sobre todo, la fe que el lector ha puesto en él, y con eso destroza el mejor argumento de su legitimidad y el único escudo de su fortaleza”.
Y es verdad.