Federico Dueñas de la Peña
El Presidente Enrique Bolaños candorosamente propone un “dialogo nacional” en busca de imperiosas soluciones a los múltiples macroproblemas que enfrenta su gobierno.
¿Con quiénes dialogará en vísperas de las elecciones municipales? El arnoldismo demanda imperiosamente libertad incondicional para su líder máximo, “ranqueado” mundialmente como uno de los diez presidentes más corruptos del año. El frentismo está más preocupado por colocar estratégica y adecuadamente sus piezas claves en los otros poderes del Estado y financiar sus campañas electorales.
No hay con quién dialogar, porque no hay genuino interés de diálogo de parte de los caudillos que controlan la política nacional.
Dialogar implica el buscar soluciones de mutuo acuerdo, en el entendido de que el coloquio demanda concesiones y acuerdos mínimos. El presidente Enrique Bolaños urge de dialogar con las fuerzas políticas opositoras para cumplir proyectos de Estado. Sus contrincantes saben muy bien que hay poco que conversar con Bolaños y, si lo hicieran, su denso poder de negociación anularía cualquier buena intención del presidente.
Nicaragua está seriamente enferma de política, de pestilente politiquería. Los políticos no trabajan ni dejan trabajar. Entregados a sus manipuleos, a sus pleitos de callejón, a sus intrigas palaciegas, no hacen nada en bien de Nicaragua y de los nicaragüenses, ni por descuido o por equivocación.
Estamos viviendo quizá la embriaguez de la democracia recién estrenada en 1990. Rotas las ataduras que antes nos sujetaban a una sola voluntad rojinegra, ahora todos quieren hacer su voluntad, y en ese caos se pierde no sólo la tranquilidad de la nación, sino también la oportunidad de mejorar la vida nacional. Pasará esta anarquía, desde luego, y entrará la República a su cauce anhelado, pero entre tanto nuestros políticos continúan haciendo con sus pugnas carroñeras un grave daño a este país.
¿Queremos un país así? El de los que a la razón de la ley oponen las sin razones de la fuerza, de chantajes, presión política, componendas, y que siguen pensando —como si nada hubiese cambiado en el país— que la irracionalidad de una obtusa muchedumbre “hábilmente dirigida” es argumento válido para dirimir una cuestión jurídica. También aquellos que en nombre de “conquistas” sindicales y sociales defienden los indebidos privilegios de una intocable casta emergente, cuyas ventajas deben ser sostenidas y pagadas por los otros trabajadores.
Nicaragua no será un país verdaderamente libre y democrático mientras no reconozcamos todos que la ley debe estar por encima de coyunturas políticas, y que contra el imperio del Derecho nada han de poder esas manifestaciones de fuerza que no derivan de la justicia y la razón, sino de la ambición política de caudillos o grupos políticos o del empeño por mantener prerrogativas que, de sobrevivir, seguirían dañando a Nicaragua en forma irremisible.
El 7 de noviembre próximo habrá elecciones municipales a nivel nacional, incluida la de la tentadora y suculenta Alcaldía de Managua. El voto personal y secreto en la urna electoral decidirá tu futuro y el futuro de tus seres queridos. El poder electoral es eso, el tener la capacidad, la fuerza cívica de elegir con libertad por quien consideres adecuado a puestos públicos. El ciudadano es quien opta y será quien sufra o goce de los resultados de esta elección.
¿Sabe quiénes son los candidatos de los partidos de la zona donde ahora habitas? ¿Sabe algo de sus planes de gobierno, de resultar electos? ¿Acaso son vecinos del votante? ¿Estos candidatos le agradan al ciudadano, lo convencen y lo hacen confiar en ellos para gobernar los próximos años?
Quien no acude a votar, ya sea por apatía, por pereza o “yo-que-pierdismo” a las urnas electorales, da la espalda a su derecho cívico supremo ciudadano, a su poder de elección. El que no participa no tienes derecho a reclamar.
El autor es empresario