Yolanda Favilli Argüello*
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El amor a la Patria es el alimento de la paz espiritual
Yolanda Favilli Argüello*
“Bandera de mi Patria/ Está completa la ambición de mi pecho/ Entusiasmado, porque para cantarte soy poeta,/ Y para defenderte soy soldado./ Doble misión de bardo y de guerrero,/ permite al hijo que en tu amor se inspira,/ a tu servicio consagrar su acero, y a tus hazañas dedicar su lira./ Si estás en paz, bandera idolatrada, canta mi lira de la paz la fiesta. / Si estás en guerra mi fulgente espada brilla/ en mi mano a combatir dispuesta/ El himno vuela, el sable centellea con fulgor que ilumina la victoria,/ y ambas fuerzas, las armas y la idea, las tengo yo para afirmar tu gloria”.
Pongo a como las recuerdo las estrofas de un poema de un libro de lectura para niños, del cual olvidé el nombre del autor. Es bueno recordar que Patria no es sólo los límites geográficos de un país, sino también las personas que en ella viven y conviven, su cultura, su folclor, sus costumbres y tradiciones, familias, etc.
No soy partidaria de la violencia, pero sí estoy de acuerdo con la legítima defensa de la propia vida y la de la Patria. Con la hermosa poesía antes mencionada, henchida de amor patriótico, no llamo a muerte, llamo a amor a la Patria en estos tiempos tan malquerida y tan ignorada por muchos, tan pisoteada a sabiendas por otros. Llamo a vivificar a la Patria a través de la vida, a lo que es desarrollo, progreso, prosperidad, empleos, comida en la mesa, educación, conocimientos, respeto, alegría, etc.
Clamo no para muerte sino para vida, pero vida por medio de costumbres sanas, saludables, vida que se obtiene por la práctica de los valores legítimos que son aquellos dados por Dios a la humanidad, como son la verdad, lealtad, fidelidad, trabajo honesto, solidaridad, paciencia, etc. Llamo a la verdadera paz y no a la de los cementerios, no a la de intereses personales, no a la del miedo, ni a la de convertirse en apañadores de forajidos, etc.
Si estamos dispuestos a sacrificar ojos, manos, brazos, pies, piernas, y hasta la vida en guerras, guerrillas, terrorismo para reclamar u obtener lo que creemos es el bien que deseamos para nosotros y/o para todos, no tomemos las armas que matan y que aparenta ser más fácil y rápido, tomemos las armas del espíritu, los valores positivos que sin destruir construyen con paciencia y perseverancia a la luz de la inteligencia de la razón y la lógica, libres de intereses creados, valores que son los que realmente ponen físicamente los pies en la tierra para bendecirla y llenarla de prosperidad y bienestar. Todo esto no es fácil, muchas veces es tan difícil controlar los instintos como sacrificar con sangre la vida para dar paso a la paz.
En las apariciones de la Santísima Virgen, en Cuapa, Nicaragua, a principios de los años ochenta del siglo pasado y reconocida por la Iglesia Católica, Nuestra Señora le dijo al vidente Bernardo Martínez: “Hagan la paz porque si ustedes no la hacen no habrá paz”. Estas palabras son tan evidentes como que si no trabajamos el pan, no comemos.
Estas palabras de la Virgen naturalmente nos introducen en un proceso necesariamente indispensable para obtener la paz y así dar lugar al desarrollo de los pueblos entendido en el sentido correcto de prosperidad económica, emocional, moral y espiritual. En este proceso las herramientas principales e insustituibles son los valores antes mencionados, pero además hay que tener en cuenta ciertas acciones pacíficas a la que los ciudadanos tienen derecho a recurrir como es a reclamar y a exigir el disfrute de una Patria donde se pueda reír y llorar, sufrir y ser feliz, a nacer y morir, a vivir en paz, cuando ésta se vea amenazada por seres sin escrúpulos y sin ley, fabricadores de miseria y de robots.
Hay que defender la Patria. Hoy por hoy podemos ver a los ciudadanos venezolanos luchando valientemente sin armas en el momento oportuno con uñas y dientes, manifestaciones multitudinarias de protestas, haciendo uso inteligente de los medios de comunicación, reclamos de apoyo solidario a las naciones libres, etc., para defender la paz de su Patria y su libertad amenazadas.
No hay que tener miedo, no hay que olvidar que Dios está con los que luchan por el bien, y que Dios vomita a los tibios, a los indiferentes.
Cada país tiene que hacerle frente a su propia lucha en la conquista y mantenimiento de la propia paz. Cada uno conforme a su situación y circunstancias. Nadie está exento, porque en esta defensa hasta unas palabras y una sonrisa de aliento, una oración, representan un arma.
Ruego a Dios que todos los que ahora sufren por su Patria tengan la oportunidad de reconstruirla en paz, con amor justicia y libertad. La paz es un ave muy arisca, no puede sobrevivir sin amor, justicia y libertad.
* La autora es nicaragüense, reside en Miami, Florida