Paternalismo estatal versus libertad en la cultura

Franklin Caldera

Llaman la atención las frecuentes expresiones de nostalgia de algunos articulistas por el patrocinio estatal de las actividades artísticas en los ochenta. En un artículo de Evelyn Martínez tituladoEl arte en picada, la actriz explica el supuesto florecimiento del arte durante esa década, por el apoyo que recibía del Estado, y la supuesta crisis cultural en la Nicaragua actual por la falta de “voluntad política del Estado de desarrollar masivamente el arte”.

Esta visión estatista de la cultura proyecta una imagen de total impotencia e indefensión de los creadores de cultura sin la mano firme y todopoderosa del papá Estado; visión que no resiste una mirada por somera que sea a la historia de la humanidad o la nuestra.

Movimientos como el impresionismo, el cubismo, el jazz afroestadounidense o la música popular cubana de los cincuenta, por mencionar sólo un puñado, se impusieron a escala mundial por su calidad y originalidad, no por su sometimiento a los poderes de turno.

Sin ningún apoyo estatal, desde Darío hasta finales de la década de 1970, Nicaragua produjo una poesía a la altura de las mejores del continente; y el sorprendente desarrollo de nuestra pintura en los años sesenta y setenta se dio de espalda a los grupos dirigentes, lo que explica en parte su vigor y significación. Todo esto sin olvidar la riqueza de nuestra música campesina; de nuestros boleristas; la irrupción de la música atlántica a finales de los sesenta; y a los Mejía Godoy, cuya obra estaba madura antes del triunfo de la revolución.

El apoyo masivo del sandinismo a las artes fue producto de su vocación totalitaria. Para los sandinistas, apoyo significaba control, y en aquel entorno oficializado únicamente los artistas que aceptaban trabajar dentro de los parámetros impuestos desde arriba podían, como dice Martínez, dedicarse “totalmente a la creatividad artística”.

Pero con tanto control y adoctrinamiento, la década rojinegra no produjo un solo poeta revolucionario comparable a Leonel Rugama o Gioconda Belli, ya no digamos a Ernesto Cardenal. Y en el campo de la música popular ¿cuántos nicaragüenses pueden tararear una sola de las canciones premiadas en el Festival Rafael Gastón Pérez?

Con esto no quiero decir que el apoyo estatal a las artes sea malo. Por el contrario, todo apoyo es siempre beneficioso y la mayoría de los países tiene programas de fomento de las actividades culturales. E incluso en entornos maximalistas el financiamiento de las artes puede dar buenos resultados, como fue el caso del cine de los teóricos soviéticos o el cine cubano de los sesenta. Pero pretender explicar una supuesta crisis cultural en base al mayor o menor apoyo del Estado es querer ver el mundo sólo con el ojo izquierdo.

En los países donde Estado y partido se confunden, el Estado promueve, naturalmente, un arte afín a sus intereses, sobre todo los géneros que mejor se adaptan a los fines de propaganda y agitación (monumentos, murales, teatro callejero, documentales y noticieros, etc.), en detrimento de las obras más interioristas o experimentales, que reflejen las íntimas convicciones del autor (lo que los sandinistas llamaban peyorativamente “esteticismo”).

Además, ¿quién selecciona a los artistas que el Estado va a patrocinar? ¿Cuántos poemas se deben escribir o cuántas canciones se deben componer para vivir de la Hacienda pública? Lo que hubo en los ochenta fue una explosión burocrática que convirtió en empleados públicos a la mayoría de los intelectuales (a los cuales, como se decía en lenguaje figurado, “les pusieron el uniforme”), muchos asignados a puestos de trabajo con descripción de funciones sumamente imprecisas.

Y como medida de su independencia de criterio, ¿cuántos de los poetas sandinistas que hoy reconocen el derecho de Pablo Antonio Cuadra a disentir, se atrevieron a hacerlo en los ochenta? ¡Les hubiera costado el estipendio en una época en que una empresa privada en peligro de extinción no constituía una opción viable de subsistencia!

La crisis actual de la cultura es reflejo de la crisis político-social que nos azota: el mercado laboral que las inversiones masivas deberían estimular está estancado por la visión cortoplacista producto de la incertidumbre ante el futuro. Por motivos difíciles de explicar, las épocas de auge cultural (la tragedia griega, el siglo de oro, el teatro isabelino… ¡la época dorada del cine mexicano!) coinciden con momentos de esplendor político-social (a este respecto remito al lector al estudio de Edgardo Buitrago sobre la Nicaragua que produjo a Darío).

Pero a pesar de la crisis, seguimos siendo una nación de poetas, músicos y pintores, aunque coincido plenamente con Martínez en lamentar la falta de interés de los nicaragüenses por nuestras propias expresiones artísticas. Por ejemplo, además del compositor Gilberto Guzmán que ella menciona, muy pocos saben quién es Carlos Ramón Bermúdez, autor de uno de nuestros mejores boleros (Tenías que ser tú). Y es sorprendente el alto número de nicaragüenses, incluso los que tienen estudios superiores, que nunca han oído hablar del Canto de guerra de las cosas.

Donde el Estado debe trabajar es en el campo de la educación, fomentando en los planes de estudio el gusto por lo nicaragüense (sin detrimento de la cultura universal de la que formamos parte integral), tarea en la que deben participar también los medios de comunicación.

El autor es escritor.

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