Hortensia Rivas Zeledón
Durante mucho tiempo hubo en Nicaragua verdaderos maestros, de profesión y de vocación. La historia nacional está llena de nombres de maestros ejemplares que educaban no por un salario que además era pequeño, sino por la satisfacción de formar a las nuevas generaciones.
Aquellos maestros se preocupaban por poseer una sólida preparación y dominar los contenidos que enseñaban, y porque sus alumnos comprendieran y aprendieran los conocimientos que ellos les transmitían. Pero no se limitaban a instruir, también inculcaban valores y principios éticos, enseñaban normas de cortesía y buenos modales, respeto a los mayores y a los demás, y para formarlos integralmente enseñaban manualidades.
En esa época no se valoraba a la educación en su verdadera dimensión, muy pocos sabían que sin educación no hay desarrollo ni progreso. Sin embargo, aquellos maestros estaban orgullosos de su profesión y sentían respeto por ella. Por eso eran ejemplo de disciplina, dedicación, moralidad y entrega al trabajo. Muchos fueron paradigmas para sus alumnos.
Con el crecimiento de la población aumentó la cobertura de la educación, pero disminuyó la calidad. A finales de los años sesenta se introdujo la ideología izquierdista en el magisterio. Las normas se fueron haciendo laxas y cada vez más permisivas, y se comenzó a considerar como normal actitudes y comportamientos de maestros y alumnos que anteriormente eran inaceptables. Los alumnos perdieron el respeto por sus maestros y, viceversa, algunos maestros comenzaron a presionar a las alumnas y a veces también a los alumnos con las calificaciones.
Pero lo peor vino con el régimen totalitario del sandinismo, que eliminó por completo los valores que todavía quedaban. Con la Cruzada Nacional de Alfabetización comenzó el libertinaje y la promiscuidad sexual en un sector del estudiantado. También se promovió la lucha generacional y lanzaron a los jóvenes contra los mayores, padres de familia y maestros. Además, calificaron de improductivos a la educación y a los maestros porque no producían bienes materiales.
Cansados de tanta represión, menosprecio y míseros salarios, muchos maestros se fueron de las aulas a sus casas, a colegios privados, o se jubilaron. Desde entonces un gran porcentaje de personas que ejercen la docencia no tienen calificación ni capacidad para desempeñar tan delicado cargo. El mal que hizo el sandinismo fue terrible porque en educación el daño no se percibe a simple vista, pero los efectos son devastadores. Por eso es que la mayoría de recursos humanos tienen grandes y graves deficiencias.
A pesar de todo el desastre causado en los años ochenta y aunque la mayoría de los buenos maestros se jubiló hace mucho tiempo, todavía quedan docentes de muy buena calidad en los centros privados y algunos en los estatales. Todos ellos tienen mucho que aportar por la profundidad y solidez de sus conocimientos para que las personas que ahora laboran como docentes de primaria y secundaria adquieran los conocimientos básicos de español y matemáticas, porque muchos de los nuevos no saben ni siquiera vocalizar la lengua materna.
Y esto hay que hacerlo antes de que ya no estén y sea demasiado tarde porque ya no habrá quien lo haga y no se podrá enmendar el daño que dejó el sandinismo.
Escribo este artículo en homenaje a aquellos maestros que se entregaron a su profesión y que fueron formadores, apóstoles y luz de sus alumnos. La gran mayoría de ellos se graduaron y ejercieron cuando el Día del Maestro se celebraba hoy 11 de septiembre, Día de Domingo Faustino Sarmiento. Gracias a todos.
La autora es maestra.