El peor enemigo

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El peor enemigo





El mundo conmemora hoy el tercer aniversario de los ataques terroristas contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono en Washington DC, en los que fueron asesinadas unas tres mil personas originarias de más de 80 países.

Aquellos macabros ataques marcaron el inicio de la guerra más terrible que ha sufrido la humanidad a lo largo de la historia: la guerra del terrorismo, que representa una amenaza peor que la que significaron en su tiempo los totalitarismos comunista y nazi-fascista.

Tres años después del fatídico 11 de septiembre del 2001, el terrorismo pareciera ser invencible. Es cierto que Estados Unidos y sus aliados en la lucha contra la agresión terrorista derribaron a los dos principales regímenes promotores del terror, el Talibán en Afganistán y el de Saddam Hussein en Irak. Pero los frecuentes y sangrientos ataques terroristas que ocurren en distintas partes del mundo, incluyendo al mismo Irak, demuestran que el poderío fundamental del terrorismo islámico e internacional no ha sido quebrantado. Y la reciente matanza terrorista de más de trescientas personas —en su mayoría niños— en la caucásica Osetia del Norte, lo ha confirmado de manera espantosa.

Por otro lado, no cabe duda de que el terrorismo internacional se ha apuntado también una importante victoria política, al intimidar a muchos países democráticos, algunos de los cuales han dejado de ser aliados de Estados Unidos en la guerra contra el terrorismo. Lamentablemente, las mismas debilidades y claudicaciones que países democráticos de Europa presentaron en la época en que avanzaban arrolladoramente los totalitarismos comunista y nazi-fascista, se han presentado de nuevo ahora ante la grave amenaza global que representa el terrorismo internacional, pues hay quienes creen erróneamente que negándole al respaldo a Estados Unidos podrán estar a salvo de los ataques terroristas.

Pero el objetivo del terrorismo es todo aquello que no sea su propio entorno político y religioso. El terrorismo ha declarado la guerra total contra la cultura humanista occidental y oriental, contra el cristianismo, la tolerancia ideológica, la libertad individual, la economía de mercado, el consumo y el bienestar de las personas, los derechos humanos, en fin, contra todos los valores, principios, ideales y aspiraciones de la humanidad progresista. Estados Unidos no es el único objetivo de los terroristas, sólo es el foco principal de su ataque porque la sociedad estadounidense es el baluarte del mundo libre que los fundamentalistas quieren ahogar en un diluvio universal de sangre.

La agresión es contra todos los países y pueblos de la tierra de cultura y creencias diferentes al integrismo islámico, de manera que todos los gobiernos del mundo deberían proteger a sus ciudadanos y súbditos de la amenaza terrorista. Y la mejor defensa en este caso es la lucha sin cuartel contra el terrorismo, hasta derrotarlo por completo y erradicarlo.

Sin duda que esta es una tarea sumamente difícil que ha obligado a los países que han sido víctimas directas del terrorismo, a tomar medidas de excepción que molestan a la gente que está acostumbrada a la tolerancia y la libertad. Y por su parte, los terroristas quieren que Estados Unidos y demás democracias de Occidente y Oriente renuncien a la libertad. Esto sería un gran triunfo para ellos. Por eso el reto más complejo que se plantea ante los países democráticos, ante todo a Estados Unidos, es el de prevenir los ataques del terrorismo y perseguir a los terroristas donde sea para castigarlos como se debe, pero preservando las libertades individuales que constituyen el más preciado patrimonio de la humanidad.

En este sentido, Estados Unidos, en su carácter de nación líder del mundo libre y cabeza de la lucha mundial contra el terrorismo, tiene que cuidar su credibilidad democrática y por lo tanto abstenerse de apoyar de manera directa o indirecta a cualquier otra forma de terrorismo, derechista y anticomunista, como en el caso de los terroristas cubanos anti-castristas que fueron indultados recientemente por la Presidenta saliente de la República de Panamá.

El terrorismo en cualquier envoltura política o religiosa que se presente, es intrínsecamente perverso, criminal y detestable para la conciencia humana democrática y libertaria.

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