David Ocón
Sin duda que la realización del Proyecto de Revitalización de la Calle de La Calzada constituirá un excelente aporte a la ciudad de Granada. La Gran Sultana lucirá más bella, con su mejor perspectiva renovada, rematando en el Gran Lago.
Innegablemente que fue una rotunda perturbación visual la inserción del bulevar con luminarias de mercurio y brazos de aluminio fijados en postes de concreto que la municipalidad implantó al final de la década de los setenta. La antigua perspectiva amplia y despejada desapareció al fraccionarse el espacio y convertirse la original sensación visual de conducción-expansión, en una empalizada cerrada que además de dividir el paisaje de fondo, separó el entorno edilicio constituido mayoritariamente por arquitectura civil patrimonial.
Ante esta situación, no hubo ningún rechazo o pronunciamiento en contra de parte de la ciudadanía, arquitectos y urbanistas. En unos prevaleció una concepción dudosa de “progreso” y en los otros una insensible despreocupación.
Ahora, con un proyecto, en el que considero que en primera instancia se restituirá el valor visual original, e igualmente su cualidad de “Paseo”, se están produciendo las lógicas polémicas que originan intervenciones de esta clase, dados los cambios que conllevan. Para el caso, la participación ciudadana es un componente muy valioso en la comprensión y sostenimiento del proyecto así como para su enriquecimiento.
Es claro que con la intervención de esta vía se alterará la función de ver y pasar que hasta ahora ha comportado. Los dos usuarios: el residente que se sienta en la acera correspondiente a su sala y los vecinos o visitantes que circularán, no en medios rodantes sino a pie, entrarán en otra relación.
Obviamente que esta diferencia proporciona a las partes una suma positiva, pues del lado del peatón habrán otras oportunidades como la de “estar” en el área y no solamente transcurrir, en lo que compete a los residentes, el atractivo de la vía con nuevos usos, les hará ganar una mayor plusvalía, además de económica, por las posibilidades de diversificar sus ingresos, también de calidad urbana y relaciones sociales.
Es lógico que La Calzada deberá permitir el acceso de los vehículos de sus moradores, así como los de servicios públicos y privados, ambulancias, bomberos, etc., admitiendo el cruce en algunas intersecciones, ya que las vías paralelas deberán absorber el flujo vehicular desplazado, traslado que requerirá ser cuidadosamente repartido en estas vías sobre cargadas. Pero es el aspecto de “psicología urbana”, el que impone acometerse con muy buen tino, ya que la información mediática nos dice que algunos rechazos de los vecinos se han producido por la propuesta de “la desaparición de las aceras”, o más bien de su integración con la antigua calle.
Es obvio que el problema no estriba en la seguridad física, sino en el de percibir que se perderá ese especial sentido de propiedad, rebasado o traspasado del espacio privado al público, de la idea de prolongación de la sala a la acera, como una continuidad de la función de estar y ello es excelente, porque dicha “apropiación” precisamente conforma el carácter único de la vía, dado por el comportamiento tan particular de sus habitantes.
Para el caso está en los detalles del proyecto el subrayar tal característica, evitándoles la sensación de estar “en media pasada” y ser “arrollados” por los transeúntes, ya que es factible mantener o “sugerir” sutilmente la acera “virtual”, que ahora ya no separará lo vehicular de lo peatonal, mediante el uso de colores y texturas de pisos, mobiliario urbano, pendientes leves de las superficies y receptáculos para drenaje, arborización de sombra y ornamental, en fin con la selección atinada entre la gran variedad de elementos disponibles en el diseño urbano, que indudablemente los proyectistas acometerán con buen suceso, resolviendo felizmente los intríngulis de tan singular proyecto.
El autor es arquitecto granadino