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El caso Mayorga
Para los ciudadanos que tienen bien claros sus parámetros morales, la escandalosa conducta personal de una persona pública, ídolo de multitudes de aficionados al deporte comercial del boxeo, como es el púgil nicaragüense Ricardo Mayorga, debería ser como el aviso de que hay una imperiosa necesidad de cambios en el sistema de valores y patrones culturales de la sociedad.
La patología social provocada por la pérdida de autoestima, que obviamente adolece la sociedad nicaragüense, ha quedado más que demostrada en este caso. Y al respecto es necesario reconocer que el país sólo podrá funcionar correctamente hasta que la gente en general cambie de actitudes.
Numerosas personas de diversos estratos y profesiones han opinado por distintos medios sobre el asunto Mayorga. Y casi todas las opiniones lo han eximido de culpa, e inclusive lo han justificado, mientras condenan a la joven que lo acusó de haber cometido contra ella brutales abusos sexuales.
Muchos han dicho que si la mujer aceptó ir al hotel con el boxeador cuya agresividad es de sobra conocida, pues ella misma se buscó que la golpearan y violaran. Otros creen que la acusación es un montaje para desprestigiar al púgil que gana con sus peleas sumas millonarias, y sacarle dinero. Significativamente, estas aseveraciones provienen mayoritariamente de personas del sexo femenino.
En todo caso, se ha demostrado —una vez más— que cuando el delito es cometido por alguien que tiene poder, dinero o fama, la sociedad tiende a eximirlo de culpa. Esta “cultura” explica, en otro orden, por qué predominan en el país los políticos corruptos —algunos de los cuales están en prisión pero sólo de manera simulada, mientras otros inclusive pontifican sobre moral después que en diez años de gobierno cometieron innumerables delitos que han quedado impunes—, por quienes gran parte de la población ha votado y al parecer sigue dispuesta a votar para que gobiernen el país.
Volviendo al caso de la joven que hizo la grave acusación contra el boxeador Mayorga, si bien es cierto que ella se expuso voluntariamente al peligro —porque es del dominio público la incultura y trayectoria violenta de dicho personaje—, sin embargo no existe ninguna ley que condene la imprudencia. Ésta, a lo sumo es un problema de conciencia y sentido de responsabilidad.
Pero el hecho que ella de manera voluntaria se expusiera al peligro, no justifica que fuera golpeada y violada como ocurrió en este caso según el dictamen médico-legal del que informó la Policía. Y esto sí constituye un grave delito penado por la ley, pues nadie puede obligar a otra persona a sostener una relación sexual en cualquier forma y contra su voluntad.
A nuestro juicio, la lección que se debe sacar de este vergonzoso asunto es que se necesita hacer conciencia acerca de que el que delinque tiene que pagar por su delito, quien quiera que sea y sobre todo si es una persona que se debe al público, y que las garantías procesales y las circunstancias atenuantes no pueden eximir de culpa a nadie por muy poderoso, rico o famoso que sea.
Por su parte los medios de comunicación no deberían promover como héroes y grandes personajes —“deportistas” o “estadistas”— a individuos de escabrosa conducta que si no están en prisión es por la corrupción de la administración de justicia y por la impunidad imperante en el país.
La tergiversación de valores que hay en la sociedad nicaragüense exige priorizar la educación en valores, a partir de las escuelas, institutos y universidades, no obstante lo difícil que sea cambiar la mentalidad de gente adulta cuyo marco de referencia ha sido forjado en este período de relativismo moral en el que vivimos.
Es anormal que quien tiene plata o poder haga lo que quiera y que la población lo justifique. Y vergonzoso que se haga héroes a individuos que no tienen un comportamiento apropiado y que más bien atentan con sus acciones contra la moral pública y el buen nombre del país.
Y en lo que se refiere a las autoridades policiales y judiciales que dejaron escapar a Mayorga, deberían indagar efectivamente los hechos denunciados, y hacer justicia, aunque lamentablemente no se puede esperar mucho de quienes están en el mismo nivel cultural de “El Matador”.