Los males innecesarios de Nicaragua

César Augusto Bravo Vargas*

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Los males innecesarios de Nicaragua


César Augusto Bravo Vargas*




Desde que se escribieron las primeras páginas de la historia nacional, la conquista del poder ha estado cargada de hechos sangrientos.

Cuando se dio la primera transición de poder en Nicaragua, de Francisco Hernández de Córdoba a Pedrarias Dávila, el protocolo de transición incluía la muerte de Córdoba, quien se había querido adueñar de su conquista.

Desde entonces nada o muy poco ha cambiado. A partir de José Santo Zelaya en 1893 hasta el comandante Daniel Ortega en 1990, la fórmula para alcanzar el poder estuvo entretejida de dictaduras, guerras intestinas, golpes de Estado, pactos y más dictaduras. Si bien es cierto que ya no lo son más en el Gobierno, jamás han dejado de ser una realidad en el PLC y FSLN.

Esta forma de conquistar el poder, a la par de representar parte de las “necesidades históricas”, no ha sido otra cosa que la consecuencia del tipo de fe que practican los gobernantes nicaragüenses y que los ha llevado a perder el control del derecho para imponer sus intereses personales, en aras de adjudicarse el derecho de pensar y actuar por el pueblo.

Como resultado, Nicaragua es hoy un país donde para muchos es muy difícil vivir, los salarios a duras penas les alcanzan para lo más indispensable, la educación desde la primaria hasta la universitaria es un desperdicio, el 6 por ciento del Presupuesto para las universidades es una carga onerosa que se paga con más pobreza, los pocos estudiantes que llega a graduarse no saben mucho y casi nunca encuentran empleo. Miles de talentos se desperdician en las calles por falta de orientación y empleo.

¿Y todos los ciudadanos? Siempre incapaces de brindarle el espacio al nicaragüense nuevo, que en virtud de someterse a los diferentes gobiernos los transforme de extremo a extremo.

Quienes no conocen la historia están condenados a repetirla. Y si es así. ¿Por qué el aferramiento de Daniel Ortega y Arnoldo Alemán al poder? Ambos han manejado la política de cada uno de sus partidos con métodos y filosofía de naturaleza paternalista, autoritaria, excluyente, unipolar y hasta despótica, sin los frenos y contrapesos loables de un camino verdaderamente liberal, republicano y democrático.

Bajo esta perspectiva, los electores han irrumpido como una consecuencia de la irresponsabilidad y los intereses egoístas de los líderes políticos, más que como un elemento indisociable de una democracia plena. Jamás se les ha dicho a ambos caudillos, con los votos, que todo actor político “tiene un ciclo de vida como cualquier producto determinado”.

Sin ser yo sandinista, creo que poner a Herty Lewites al frente de la candidatura presidencial del Frente Sandinista no sólo le estaría lavando y cambiando el rostro manchado, sino que también lo estaría democratizando y, mejor aún, lo estaría unificando. Pero a don Daniel Ortega le conviene más ser el eterno perdedor de FSLN que dar paso a los nuevos liderazgos.

El destino del PLC es igual, pero más incierto aún, pues al ausentarse de manera definitiva el doctor Arnoldo Alemán, ese partido correría la misma suerte del imperio de Alejandro Magno, que cuando éste murió sus generales se repartieron el imperio.

En el caso del señor Alemán basta decir que cuando un periodista le preguntó a un famoso intelectual chontaleño cuál era su opinión acerca de la amputación de los dos dedos del líder del PLC, éste le contestó: “que le amputen las dos manos por ladrón”.

En el fondo todos los nicaragüenses amamos a Nicaragua, pero no la del presente —de Alemán y Ortega— sino la que debería de ser. En las elecciones que se avecinan pidamos la iluminación directa de Dios, sin pasar por la Iglesia para que no se corrompa, y una vez iluminados, sepamos elegir a los mejores hombres.

Para librarme de los malos deseos de estos señores le voy a comprar a Su Eminencia una bendición de 900 dólares.

* El autor es escritor. Santo Tomás, Chontales.

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