Menos abortistas en EE.UU.

Gonzalo Cardenal M.

Desde hace 30 años, cuando la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos falló a favor del aborto en el famoso juicio de Roe Wade, hasta hace unos meses, una amplia mayoría de norteamericanos apoyaba decididamente la legalización del aborto.

Ya no es así. En mi último viaje a Estados Unidos pude comprobar mediante todas las últimas encuestas publicadas en los principales medios de comunicación, que un cambio radical en la manera de pensar de muchos estadounidenses se está produciendo. Como ejemplo les puedo citar una reciente investigación realizada por la universidad de California entre estudiantes universitarios (por mucho, el segmento que más ha apoyado el aborto) que revelaba que ahora sólo el 55 por ciento de ellos pensaba que el aborto debía seguir legalizado, cuando en una encuesta similar en el 2002 manifestaban estar a favor del aborto el 67 por ciento de esos mismos estudiantes. Y en noviembre pasado, cuando el presidente Bush suscribió una ley aboliendo parcialmente el aborto (primera restricción en 30 años) la ley fue aprobada en el Senado sin ninguna dificultad por una aplastante mayoría de 64 votos contra 34.

Una razón obvia por este cambio es que los Pro-Vida se han apoderado de la maquinaria política de ese país. Ahora los republicanos controlan las tres ramas del Gobierno federal, así como la mayoría de las legislaturas estatales. El partido es ahora mucho más hostil al aborto que nunca. Es verdad que todavía quedan algunos importantes republicanos en el partido que están a favor del aborto, como Arnold Schwarzennegger y Colin Powell, pero su número está reduciéndose drásticamente.

Pero quizás la razón más importante en este viraje de popularidad es un cambio de estrategia de los Pro-Vida, los que aunque continúan denunciando el aborto como el genocidio del siglo, como un asesinato atroz, y que la mujer no es dueña de su cuerpo, ahora están centrándose en argumentos menos frontales, pero más específicos, más populares y en los que la mayoría se identifica, con interrogantes como:

—¿Tiene derecho la mujer de abortar su feto en el tercer trimestre?

—¿Puede una niña menor de edad abortar sin el consentimiento de sus padres?

—¿Deben nuestros impuestos financiar los abortos?

Estas tácticas están haciendo parecer a los abortistas como extremistas radicales, porque defender el aborto parcial es mucho más difícil que el principio de la libertad a escoger. Y las tácticas están permitiendo a las legislaturas estatales imponer muchas restricciones al aborto, como períodos de espera, consideraciones médicas, y leyes exigiendo el consentimiento de los padres.

Otro motivo de cambio está siendo la deserción cada vez más masiva de médicos y activistas que militaban en el campo abortista, y que escandalizados al percatarse que el aborto realmente es un crimen y que para muchos las clínicas de aborto no son más que un negocio tremendamente lucrativo y nada más, están pasándose con mucha beligerancia al campo contrario.

Los Pro-Vida están cambiando poco a poco la cultura que produjo Roe Wade. Y aunque George Bush manifestó que “él no creía que esa cultura haya cambiado hasta el grado de que los norteamericanos o el Congreso ya estén en la disposición de prohibir totalmente el aborto, pero que el avance en esta guerra moral e ideológica es un hecho incontrastable”. Por el otro lado, Frances Kissling, uno de los activistas a favor del aborto más destacados, admitió públicamente que ahora es mucho más fácil para la gente verse como Pro-Vida de lo que era hace una década, debido a los avances en el cuido pre y post natal, los ultrasonidos y otros avances científicos, y en el aumento en la popularidad de las adopciones.

Mientras tanto, ambos bandos se están preparando para una lucha sin cuartel y definitiva en noviembre próximo, cuando el pueblo norteamericano elija su nuevo Presidente: un Bush enemigo declarado del aborto con un Congreso totalmente suyo, o un Kerry del que muchos desconfían por el contraste entre su retórica populista y su inmensa fortuna económica; entre su apoyo al aborto y su catolicismo.

El autor es educador.

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