Una eterna “guerra nacional” en Nicaragua

Herman Ríos

Bien hicieron los gobiernos del período de los 30 años conservadores: introducir el cultivo del café y darle impulso a la modernización para no dejar al país rezagado ante el avance de ese rubro en Centroamérica. Bien hizo el gobierno de Zelaya en darle seguimiento y establecer leyes para institucionalizar al Estado. Y bien hicieron los gobiernos liberales de la familia Somoza en flexibilizar y dinamizar la producción apoyando las manos productivas, hasta convertir al país en la bisagra económica y política de la región.

De igual manera, bien hizo el gobierno sandinista en impulsar una nueva modernidad basada en la soberanía y la educación dejados a un lado por los resabios de los gobiernos antecesores. Bien hizo el gobierno de Barrios de Chamorro en dejar descansar las armas y abrir el territorio nacional a los desgastados ciudadanos, sobrevivientes de la verdadera diáspora, para volver a balancear el país en el desarrollo histórico de la región. Y bien hizo el gobierno de Alemán en acercarse íntimamente a la municipalidad para remediar las prioridades imperiosas con obras de bien común.

Pero si bien le han hecho a Nicaragua tantos gobiernos, ¿en dónde radica el mal que hunde a la nación en la pobreza, el desempleo, la velada y continua diáspora, la anarquía institucional, el irrespeto de los poderes del Estado, el aumento de la violencia, el abuso de la empresa privada enriquecida por la prebenda y el tráfico de influencias, el desencanto de la juventud y la actual vida bajo un Gobierno vacilante y de tele-novelas? Sólo queda una respuesta: la eterna guerra nacional.

La verdadera guerra es entre el sueño y la moral del gobernante. Los sueños de aquellos gobernantes fueron realidades palpables, transformaron la vida del coterráneo para bien o para mal. No hay duda alguna: los sueños se pueden realizar por la decisión que hace nacer la obra proveniente del cálculo, de lo frío, de lo docto y el virtuosismo. La moral es la más sublime ambición de la vida, es en sí misma la voluntad de vivir. La moral es imponer disciplina y corrección a lo libre y a lo posible. Si los gobiernos anteriores hicieron realidad su sueño, nada podemos remediar si atacaron a la moral. La vida se resuelve con el hoy. No hay duda, Nicaragua ahora mismo está atravesando por una auténtica anarquía.

Cientos de palabras admonitorias se escriben y un centenar de personas están convencidas de que todos los males del país son efecto del bi-partidismo dominante y sus caudillos. Señalar es fácil pero hacer crecer una tercera fuerza política es otro asunto, porque siempre nace de soñadores, merecidos y mercantes de la política.

Allí mismo está el fracaso del actual Gobierno, dormido en la latencia del sueño de generar historia con su doble faz moral: alejado de los gremios, del municipio, de las organizaciones productivas, de la institución en sí del mismo pueblo. Temeroso ante los tramposos capos del transporte público. Pidiendo disculpas a un clero que no es su enemigo sino que cumple con la naturaleza de su propia misión de influir en las leyes emanadas de un Estado laico. Prometiendo con la maña de lo cosmético la atención de la generación de riqueza y el bienestar ciudadano, como son las vías de comunicación, el apoyo a las fuerzas de seguridad, la ampliación de la base de contribuyentes, evitando los privilegios para unos pocos, el apoyo frontal y enérgico a la educación primaria de primera calidad, la firmeza de velar por el medio ambiente y no tapar con el manto de la vergüenza la claudicante atención de salud.

Al Gobierno vigente le queda una salida gloriosa: dejar de soñar y retomar la moral con una sola cara para beneficiar a las grandes mayorías.

El autor es escritor

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