Fulvio Tijerino Pérez
Hablar de un sistema parlamentario en Nicaragua, en los actuales momentos, es una utopía, ya que en nuestro sistema social no existe el nivel de educación política necesario para implementarse.
Dirigentes “daniel-sandinistas” nuevamente quieren confundir al pueblo con la concepción populista de que parlamentarismo es sinónimo de poder popular; de que por medio de este sistema el populacho, la clase pobre, la clase trabajadora estará en el Parlamento defendiendo sus derechos y aprobando leyes que beneficien a las grandes mayorías.
Nuevamente pretenden engañarnos, vendiéndonos la idea de que el futuro político-económico de Nicaragua necesita de un Parlamento donde esté representada toda la clase trabajadora (campesinos, obreros de todas las ramas, oficinistas, profesionales, etc.) que serán los que dictarán las leyes que el país necesita. Un Parlamento en el que los trabajadores, conducidos por los danielistas, tendrán el poder de decidir el futuro de Nicaragua. Un Parlamento similar al de la década sandinista,
¿Acaso no saben los danielistas que “el que ha sido quemado con leche hasta la cuajada sopla”? Y también aprendimos cuál es el resultado de “poner un indio a repartir chicha”. Ese Parlamento, dirigido por los “sandinistas”, fue el que llevó a Nicaragua al fracaso económico-social que estamos viviendo. Esa experiencia vivida nos enseñó que no basta con “tener galillo para tragar más pinol”; es decir, no basta con ser popular y hablar bonito; que no basta con ser dirigente obrero y líder del pueblo para ser parlamentario; además de las cualidades anteriores es necesario que la persona tenga un nivel de educación integral que le permita poder asumir con responsabilidad y competencia la función de parlamentario, para no ser utilizado como marioneta por los dirigentes partidarios.
Los parlamentarios que están actualmente en el Poder Legislativo, en su gran mayoría son el ejemplo vivo y evidente de que actualmente no podría funcionar un sistema parlamentario, pues de los 92 diputados creo que no llegan a veinte los que “parlan”, los que externan sus criterios o razones para aprobar una moción de ley, y menor aún es la cantidad de diputados que han presentado una moción o propuesta de ley. Sólo son marionetas del partido que los utiliza como instrumento a la hora de votar.
Creo que antes de pensar en un sistema parlamentario debemos preocuparnos por adquirir una educación política que nos permita reconocer nuestra propia identidad como ser social, para así poder opinar y actuar conscientemente en el plano político. Sólo así el pueblo sabrá discernir sobre cuál es el sistema político-social que necesitamos en nuestra Nicaragua.
Este planteamiento de Daniel Ortega y su camarilla me parece más bien la misma estrategia “siquis-noquis”: soy el candidato pero no quiero ser el elegido. Es decir, los sandinistas lanzan a Daniel como candidato pero no desean que resulte elegido. Por eso presentan propuestas tan descabelladas como la del sistema parlamentario, para restarle votos y que el partido logre así posicionarse para poder obtener los escaños que le permitan gobernar desde abajo, sin riesgos de “quemarse” políticamente.
El autor es maestro jubilado