Silvestre Blandón [email protected]
¿Cómo verificar un cambio? Sencillo. Como dice el Evangelio: “Por sus obras los conoceréis”. Porque es irresistible para quien pretende hacer creer un cambio, revelarse como lo que verdaderamente es. Y esto sucede con la —por pocos creída— conversión de la dirigencia sandinista, que de un tiempo hacia acá no pierde oportunidad para utilizar un lenguaje conciliador, de perdón e incluso de arrepentimiento manifiesto.
De alguna manera esta situación hace pensar a muchos. Ahora resulta que la era sandinista no fue la “noche oscura” sino un período de luces y sombras, cabe decir que para muchos la única luz que miraban era la que estaba al final del túnel oscuro en que sumergió al país el sandinismo.
El tiempo cansa, desgasta. 25 años son suficientes para cambiar fisonomías pero no la mentalidad torcida. Clara evidencia es aquel que se esfuerza por aparecer como arrepentido, demócrata converso en procura del perdón de sus ofendidos que ofrece nunca más cometer los errores del pasado pero arremete contra lo que recién reconoce, afirmando que lo que está en crisis es el “sistema fracasado que llaman democracia”. Ante su auditorio no sólo justifica sino que exalta los actos de una revolución a la cual se identifica como la gestante de la crisis que aún asola Nicaragua. En medio de la exaltación asoma su verdadera naturaleza.
Ese empeño en mostrarse cambiado sigue la táctica de convencer a quienes pueda y confundir a los que no puedan manejar la idea del cambio. Y esto se deriva de la certeza que representan un modelo desgastado y desprestigiado, que vendió ilusiones y entregó frustraciones, que se especializó en represiones, en sembrar la violencia y el odio entre hermanos.
Catorce años no han sido suficientes para subsanar el daño que hicieron al país. Esto puede ser un problema generacional. Y la situación se agrava al carecer de políticos verdaderamente comprometidos con el bienestar del pueblo. Más aún cuando los viejos faros se tornan opacos y no proyectan la luz que se necesita para orientarse en tiempos de oscuridad e incertidumbre.
La población está cansada, frustrada, desilusionada. Con frecuencia este hastío hace ver las cosas como se quisiera fueran. Muchos quieren ver cambios donde no los hay. Si hay algo digno de admirar en los sandinistas es su organización, capacidad de trabajo y habilidad de manipulación. Aprovechando el anhelo de paz y tranquilidad del pueblo venden la idea del cambio. Pero el paso del tiempo por sí solo no genera los cambios positivos en nada ni en nadie.
Una constatación de esto es el caso de los regímenes comunistas del bloque oriental que sobrevivieron más de medio siglo y lo único que pudo cambiarlos fue la caída del sistema. Aquí mismo cedieron el Gobierno, pero mantienen el poder real a través de las presiones constantes y puestos clave en el aparato estatal. La constante de esto ha sido el sistemático obstáculo a las acciones gubernamentales tendientes a ordenar el país, con el consecuente costo social.
Si bien es cierto que en lo humano no se encuentra ni el bien ni la maldad absoluta, lo que inclina la balanza hacia el dictamen de si algo es bueno o malo es lo que se genera de los actos en cuestión. Y, ¿cuáles fueron las consecuencias de la revolución sandinista? Un país empobrecido, moralmente minado, una nueva casta que disfruta no sólo de poder económico sino de poder político y en algunos casos de impunidad descarada, una diáspora que aporta sus mejores frutos a otras sociedades, un atraso de proporciones tales que hace dudar al más optimista si los nicaragüenses podremos equipararnos en un tiempo corto, ya no digamos mediano, incluso a los países de la región.
Decepción tras decepción abona el ambiente para las mentiras que tanto costaron, para ilusionarse creyendo aquello que dice quien sabe, manipula y pregona lo que se quiere escuchar.
Soplan vientos de confusión. Pero ante la duda debería haber certeza. Un sabio consejo recomienda: “Si duda, no lo haga”. Nicaragua ha pagado un altísimo costo de aprendizaje democrático, costo de sangre y de esperanzas. Lo menos que se puede hacer es respetar el sacrificio de quienes se ofrendaron por el bien común. Seguir el juego de los manipuladores tendría un renovado costo que nadie quiere ni debe pagar. Observar, analizar y actuar en consecuencia, es un compromiso con el futuro de la nación.
El autor es Máster en Administración.