Marcela Sánchez
Con menos de cien días para la elección del 2 de noviembre, está haciéndose cada vez más evidente que el vertiginosamente creciente voto hispano podría determinar ganadores y perdedores a todo nivel.
No hay duda sobre el potencial del voto latino. Muchos, incluido el mismo presidente Bush, han dicho creer que los latinos decidieron la última elección presidencial. Los demócratas esperan, por supuesto, que los latinos se pronuncien esta vez a su favor. En Estados todavía por definir como Arizona, la Florida, Nevada y Nuevo México, los hispanos podrían romper el empate. No es coincidencia que el gobernador de Nuevo México, Bill Richarson, uno de los principales políticos hispanos en este país, fue quien presidió la Convención Nacional Demócrata esta semana.
Parecería que los demócratas tienen buenas opciones de conquistar el voto hispano en el 2004. Encuestas recientes los muestran con una ventaja de 2 a 1 sobre los republicanos entre el electorado hispano. En las mismas encuestas y por el mismo margen, los hispanos favorecen el enfoque del candidato presidencial demócrata en asuntos clave como la economía, la educación y la reforma migratoria.
Pero la posición sobre algunos temas no garantiza la afiliación a un partido y la afiliación a un partido no garantiza los votos. Según una encuesta del Pew Hispanic Center y Kaiser Family Foundation emitida la semana pasada, los republicanos latinos —casi tanto como los demócratas latinos— accederían a pagar más impuestos que mejoraran los servicios del Gobierno, particularmente si le dan atención a quienes no tienen seguro de salud.
Demócratas hispanos por su parte ayudaron a elegir al gobernador republicano de California, Arnold Schwarzenegger, y a derrotar al demócrata Cruz Bustamante, un latino con extensa experiencia en el Gobierno. En la contienda por gobernador en la Florida en 1998, los hispanos dieron su voto al republicano Jeb Bush, en un porcentaje más alto que el total de votantes. Pero hicieron lo mismo por el senador demócrata Bob Graham, de acuerdo con Univisión.
Sumémosle a los latinos que cruzan líneas partidistas fácilmente el 30 ó 35 por ciento del electorado hispano indeciso o que asegura ser independiente y el resultado es lo que ahora vemos convertido en una característica permanente de la temporada electoral en Estados Unidos: la reñida persecución del impredecible voto hispano.
Desafortunadamente, esta persecución se basa a menudo en generalizaciones y estereotipos. Consideremos como ejemplo el idioma español. Se espera que demócratas y republicanos gasten un récord de 17 millones de dólares en anuncios en español esta temporada electoral. Pero de acuerdo con el informe del Pew y Kaiser, ocho de cada diez latinos inscritos para votar hablan primordialmente inglés.
Un comercial en español presentado la semana pasada por el candidato propuesto por los demócratas, John F. Kerry, se enfoca en la inmigración y promete una propuesta de reforma en sus primeros cien días como presidente. Sin duda éste es un mensaje destinado a la comunidad latina en general. Pero entre los votantes latinos inscritos, la inmigración no ha figurado tradicionalmente como relevante y en la encuesta de Pew y Kaiser aparece de última entre 11 temas. La educación y el empleo ocupan el primero y segundo lugar.
La campaña del presidente Bush entre tanto ha cortejado al voto hispano criticando a Kerry por sus puntos de vista sobre política estadounidense que afecta a América Latina. Pero para ocho de cada diez votantes hispanos inscritos, esos temas son menos importantes que los de política interna. Latinoamérica es, como es fácil sospechar, más interesante para latinos que no pueden votar acá.
Además, propuestas políticas que pasan por alto los matices corren el riesgo de caer en viejas costumbres. En la Florida, donde Bush ganó la elección del 2000 con 537 votos, encuestas de los últimos días lo muestran perdiendo terreno entre los votantes hispanos desde que su administración impuso nuevas restricciones en viajes y remesas a Cuba. Las mismas viejas políticas de mano dura pueden complacer a sus viejos partidarios de línea dura, pero ignoran la naturaleza cambiante incluso del electorado cubanoamericano para no mencionar siquiera el creciente electorado hispano no cubano.
De acuerdo con un reciente informe en el diario USA Today, ambas campañas presidenciales están concentrando su publicidad en inmigrantes naturalizados como un “atajo” dentro de las complejidades del electorado hispano. Esa es una táctica que deja por fuera a tres cuartas partes de los votantes hispanos registrados que nacieron en Estados Unidos.
De hecho, esa mayoría tal vez nunca sea cortejada eficazmente. “No estoy convencido todavía de que ni uno ni otro candidato vaya a gastar donde en verdad cuenta”, dijo Louis DeSipio, experto en el comportamiento del votante hispano en la Universidad de California en Irvine. Los candidatos interesados en llegar a un sector más amplio del electorado hispano, agregó DeSipio, debieran seguir el ejemplo del presidente Clinton en 1996, cuando latinos fueron nombrados a todos los niveles de la campaña y desde el comienzo se destinaron fondos a organizar campañas de puerta en puerta para movilizar al electorado en comunidades latinas clave.
Hasta ahora, ni la campaña de Bush ni la de Kerry han alcanzado ese nivel de refinamiento.