Guillermo Rothschuh Tablada
Mal hace el ministro de Gobernación, Julio Vega, en proponer “que los estudiantes sean policías electorales, y que a cambio se les reconozcan puntos en algunas materias”. Desacierto pleno ya que la única vía para aprender cualquier materia es estudiándola, y estudiándola mucho. Quemándose las pestañas sobre los textos, que así —a mayor o menor sacrificio— las notas serán muy promisorias o muy bajas.
No es cortando algodón bajo un sol calcinante que se obtienen buenas calificaciones, menos sobando indiscriminadamente las ramas del cafeto. Estos trabajos —mal pagados desde luego— siempre los han realizado obreros fogueados en estos terribles menesteres, y no por adolescentes que pasaron de manera súbita, de las limpias aulas del Instituto Pedagógico a las planicies sórdidas de Punta Ñata. Jorge Luis Borge —el memorioso— hablaba de transpiración y no de inspiración en la difícil tarea de escribir. En otras palabras, que había que pensar y repensar los temas para que la creación fuera bella y óptima. Hablando en buen nicaragüense —que había que fregarse— y en el caso concreto que tratamos, no estar en la espera de la dádiva tutelar, burocrática o partidaria.
Que los estudiantes estudien porque es su oficio o compromiso con los padres de familia y con la Patria para que los maestros enseñen y no divaguen en propuestas fuera de los programas. El mismo Ministro de Educación se ha quejado del bajo rendimiento académico, ya que los exámenes de admisión en nuestras universidades revelan que el índice de reprobados es sumamente pavoroso.
Por lo tanto, que los ministros no improvisen vertiendo propuestas coyunturales y que por favor no desvíen a nuestra juventud de sus labores pedagógicas. Que nuestros estudiantes estudien, y que estudien mucho, observando siempre nuestras bibliotecas pletóricas de libros y no ser objeto de manipulación para que ellos observen desde ya nuestras comedias electoreras.
Cuando a un excelente estudiante de la UNAN le pregunté sorprendido por qué estaba inscrito en los cursos de verano, me respondió que esa materia —Mecánica de Suelos— ya la había aprobado en los cortes de algodón. Qué pena, dije yo, la del maestro Manuel Amaya Leclaire, yendo entre las eras inhóspitas de Chinandega para recolectar el oro blanco, desprendiendo bellotas como ortigas y echándolas en el costal.
Nosotros, aventajando a Chesterton —maestro de la paradoja— dimos dos grandes tropiezos culturales. Primero, creer que la Cruzada Nacional de Alfabetización era una cuestión de toma y daca: yo te doy una cartilla y tú —a cambio, como dice el ministro Vega— me relevarías del compromiso de estudiar ciertas materias para obtener una profesión.
Luego, la más notable de las paradojas fue haberle quitado la autonomía a la Universidad, poseedora del más alto grado de cultura, y traspasársela a la Costa Atlántica, que a esta altura, por negligencia de los dirigentes, registra el más alto grado de analfabetismo.
Se es autónomo o autómata. Y adquirir aquella virtud que sólo alcanzaron los que conscientemente estudiaron, se necesitan largas horas de desvelo. De claro en claro y de turbio en turbio. Años de decantación cultural. Con tales antecedentes, la elogiada autonomía en los institutos de secundaria no es más que un señuelo para que los maestros se apresuren a percibir dinero hasta de los alumnos más pobres. Se trata de convertir a los profesores en recaudadores nada más…
El Ministerio de Educación sigue estancado dentro de su candidez reformista. Y por ese juego recurrente de don Enrique de querer burlar las posibles sanciones penales para los suyos, es que él nombró en Educación a un egresado de El Zamorano. Como si los maestros fueran pequeños hatos, o peor, almácigos a los que habría que trasplantar un día en forma discrecional.
Los maestros de educación —esos “bisneritos” de don Enrique, espectadores frente a los megasalarios, hacen uno o dos tiempos de comida, pero con dignidad. Ellos son —pensando en la miseria— la otra cara de la necesidad.
Para concluir debo afirmar que sólo la educación —tecnología y humanidades juntas— es lo que puede salvar a los nicaragüenses. La consigna será estudiar, estudiar con tenacidad. Tomando con reservas las recomendaciones de los organismos internacionales, porque nosotros como país empobrecido seguimos dentro de la cultura del maíz, mientras que ellos —salidos de Europa— hace rato desembarcaron del Mayflower. La deslumbrante metrópolis frente a la burbuja rural. Una alta tecnología y alto subsidio contra una deplorable producción artesanal. He aquí el gran problema pedagógico el que según los políticos independientes no tienen una pronta solución.
Fervorosamente creo que no debemos empujar a los estudiantes a la politiquería, la que desesperada en rescatar su anquilosado mundo mágico, sin importar las consecuencias, comienza a revertir los pasos de los hombres que han forjado la historia para bien de la humanidad. Insisto, pues, en que una sola página de Cantos de Vida y Esperanza de Rubén Darío, vale más que todos los manuales juntos del doctor Roberto Rivas, protegido del Cardenal.
El autor es educador y académico de la Lengua