José Esteban González R.
Ser alcalde de Managua es un desafío tan apasionante como la Presidencia de la República. En ambos casos se trata de un reto para líderes de gran nivel, no para pusilánimes ni mediocres. Managua necesita como alcalde a un líder de estatura nacional, a una persona con historial político, profesional y personal limpio, con visión de futuro, con amplia cultura, que haya conocido las grandes capitales del mundo. Comparada no sólo con ellas, sino con otras capitales de Centroamérica, Managua es una chancleta vieja y deforme. Ésa es la Managua que han creado alcaldes mediocres, sin proyecto ni capacidad gestora, indolentes o corruptos. El desafío es convertir esa chancleta en un zapato fuerte y reluciente, en un sólido Reebock.
Managua posee uno de los entornos más bellos del mundo. Reúne condiciones que le permitirían convertirse en un emporio turístico y en un centro de convenciones de renombre mundial. Pero en la actualidad es una ciudad impresentable. Si se exceptúa el pequeño trecho que va de la Rotonda Rubén Darío a la entrada a Las Colinas, y un número reducido de urbanizaciones donde vive una modesta y reducida clase media, el resto de la ciudad está casi enteramente cubierto por un amasijo de viviendas muy pobres o miserables. La red vial es insuficiente y de pobre calidad. El transporte da vergüenza. Los mercados no sólo están rodeados de basureros sino que ellos mismos lo son. No hay lugares de esparcimiento sano. Los remedos de parques faltos de vigilancia y mantenimiento son guarida de delincuentes, drogadictos y niños abandonados. El antiguo centro urbano sigue en abandono. Está sembrado de monumentos de estilo inclasificable y, salvo raras excepciones, uniformemente mediocres. Entre ellos sobresale el muñecón de chatarra, copia fiel —¡oh triste relación!— del monumento que, en Pnom Penh, exalta las proezas genocidas de los jémeres rojos.
Las urbanizaciones salvajes son una soga despiadada que ahoga a la capital. Sus pobladores viven en condiciones infrahumanas. En sus callejuelas sin pavimento ni aceras, polvorientas en verano y lodosas en invierno, atravesadas por aguas servidas y salpicadas de basureros, se pasean perros pulgosos y flacos y hasta alguno que otro chancho gruñente al lado de niños bellos como ángeles. Adultos descamisados los contemplan indiferentes mientras rumian su tedio entre las amarguras del desempleo, la recurrente goma, las arrechuras por salarios insultantes para la dignidad humana y los sueños de emigrar para encontrar un trabajo digno. Managua es un insulto a la inteligencia, a la higiene y al buen gusto más elemental. La situación es tan negativa que incluso administraciones mediocres pero hábiles en ocultar sus carencias con parches de fachada, pasan por positivas, confirmando el adagio de que “en país de ciegos, el tuerto es rey”. Todo está por hacer en Managua. Precisamente por eso, administrarla es un desafío que sólo un alcalde de carácter sólido, inteligente, creativo y con espíritu generoso puede asumir. El futuro alcalde debe dar a los managuas la esperanza y la seguridad de que la cosa cambiará desde el primer día de su administración.
Managua es el sueño de cualquier arquitecto o urbanista de talento. Da vértigo pensar en las maravillas urbanísticas que se pudieran hacer en Managua y sus alrededores. La abundancia de agua permitiría hacer de nuestra capital un enjambre de estanques y fuentes, un jardín incomparable, una recreación tropical del paraíso perdido. Si Nueva York es la “Gran Manzana” del hemisferio norte, Managua podría convertirse en la “Gran Papaya”, sabrosa y refrescante, de la que deberíamos poder decir sin caer en el ridículo, que “no tiene rival, en la América Central”.
El autor es miembro del Consejo Político de la Alianza por la República (Apre).