Róger Fischer S.
El 19 de julio, cuando el cardenal Obando oficie el santo sacrificio de la misa, tendrá la oportunidad de imaginar a una inmensa multitud agitando las banderas rojinegras, cantando a coro el himno del Frente Sandinista y vitoreando a Daniel Ortega, su caudillo. En ese momento Su Eminencia recorrerá una película inolvidable, recordando paso a paso su participación en la historia nicaragüense y las actitudes que a través de los años ha tenido el Frente para con él y la Iglesia Católica.
En primera instancia el Cardenal recordará su mediación, junto al Embajador de México y otras personalidades, en el caso del asalto a la vivienda del doctor Chema Castillo —muerto en esa acción— el 27 de diciembre de l974, toma efectuada por el Comando Juan José Quezada. Simultáneamente recordará aquel jueves 24 de agosto de l978 cuando fue garante de la salida del comandante Cero y su grupo, quienes lograron liberar a los reos políticos encarcelados por Somoza y vía Panamá llegar hasta Cuba como destino final. En aquella época los somocistas creían que el arzobispo Obando y Bravo era sandinista, llamándolo más tarde durante la insurrección, el “comandante Miguel”.
El segundo recuerdo imborrable que podría llegar a la mente del señor Cardenal, sería el instante en que la Junta de Gobierno fue juramentada el l9 de julio de l979 por el Canciller de la República Dominicana, vicealmirante Ramón Emilio Jiménez, ante la sorpresa del Secretario General de la OEA, Joao Clemente Baena Soares, y la presencia del arzobispo Miguel Obando y Bravo, a quien por ser nicaragüense y representar en ese momento la conciencia nacional le correspondía juramentar a la Junta. A partir de ese instante la brecha se empezaba a abrir y luego vendría la creación de la Iglesia popular y el hostigamiento a la Iglesia tradicional.
Un tercer recuerdo pudo haber marcado definitivamente la mente de nuestro pastor, en la postura insolente del gobierno sandinista y el desaire que sufriera el Sumo Pontífice del catolicismo, Juan Pablo II, el día de la noche oscura —5 de marzo de l983—, momento aciago, cuando al mismo arzobispo Obando y Bravo se le negó el honor de subir al avión de Alitalia y darle la bienvenida al Papa —el cuadro ideológico de más nivel que tenía el imperialismo en ese momento— según fuentes sandinistas.
El cuarto recuerdo es imperecedero: su investidura como Cardenal el día 25 de mayo de l985 en el mes de la Virgen María. De esta forma, Juan Pablo II reconoció la labor pastoral del arzobispo de Nicaragua, su dignidad y valentía y lo estimuló haciéndolo príncipe de la Iglesia. Genial movimiento de ajedrez del Sumo Pontífice.
Estas cinco fechas memorables en los archivos personales de nuestro cardenal Miguel, estarán presentes en su mente el próximo l9 de julio en ocasión de conmemorarse el 25 aniversario del triunfo sobre el somocismo, triunfo de todo el pueblo nicaragüense y no sólo de la llamada vanguardia revolucionaria.
La noche oscura se fue aclarando. A finales del año 87 el comandante Ortega viajó a Moscú para escuchar de la gente de Gorbachov la necesidad de negociar. Cuatro meses después se firmaron los acuerdos de Sapoá. El llamado “hombre nuevo” surgió en toda su intensidad a raíz de la pérdida de las elecciones frente a doña Violeta Barrios de Chamorro. Los reivindicadores de los pobres se hicieron ricos mediante la piñata y en tres elecciones consecutivas, el pueblo ha cobrado los desatinos sandinistas eligiendo sucesivamente a Chamorro, Alemán y Bolaños.
Las parábolas del Cardenal y citas bíblicas pronunciadas en períodos electorales permitieron, en su oportunidad, consolidar en las urnas el voto democrático. Don Daniel Ortega, en una jugada inteligente, ha venido consolidando relaciones con Su Eminencia, a quien de manera audaz propuso y le fue aceptada la celebración de una misa oficiada por el Cardenal como uno de los principales actos en las festividades del 25 aniversario del triunfo de la revolución. El hecho de que el purpurado realice una misa en esa fecha es sumamente significativo. Sin embargo no se puede subestimar el talento del Cardenal, conocedor de la importancia de los medios de comunicación nacionales e internacionales, que proyectarán universalmente su figura y le darán la oportunidad de enviar un mensaje reflexivo y conciliatorio, un discurso de paz y de perdón y una oración especial para todos los caídos en la lucha fratricida. Como pastor no puede bendecir a unos y excluir de sus plegarias a otros, la Iglesia no tiene actitudes parciales, es una sola e indivisible institución. Un pronunciamiento superficial no cabe en la inteligencia del Cardenal, pues precipitaría la aceptación a su renuncia ofrecida únicamente por razones de edad ante la Santa Sede.
Los católicos vemos con preocupación el deterioro físico de Juan Pablo II y presentimos su partida con tristeza y respeto. Considero que es más interesante para el Cardenal llegar a ese sensible momento, como arzobispo y cardenal y no ostentando únicamente el capelo cardenalicio. Su Eminencia como todos los príncipes de la Iglesia, participará en el cónclave que elegirá al nuevo pontífice y tiene las mismas oportunidades de ser Papa que algunos de sus pares.
Hay lisonjeros tentadores que tratan de estimular la vanidad, proponiéndolo como candidato al Premio Nobel de la Paz, olvidando que el Cardenal es un ser humano de grandes valores espirituales y su formación de salesiano lo hace ser y sentirse humilde y, como hijo de San Juan Bosco, servidor del pueblo y de Dios.
La Iglesia perdona pero no olvida y en las cosas de la conciencia sólo Dios puede juzgar.
El autor es publicista