Isabel Cuadra de Chamorro
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La Beata sor María Romero y la poderosa fuerza de la fe
Isabel Cuadra de Chamorro
El día 7 de junio de 1977 al atardecer, cuando el sol se ocultaba, cerraba una violeta, flor nicaragüense, en León, Nicaragua. Sin embargo, entraba al cielo una estrella radiante a compartir la alegría con «la almas que habitan en la casa del Señor»: ¡Sor María Romero! ¿Quién era ella? Creo que todos los nicaragüenses la conocemos, hemos oído hablar de ella; un alma pura dedicada en esta tierra a amar a su rey y su reina, pero no amarla en palabras sino a servirle y propagar su amor a su prójimo por todos los lugares donde ella iba.
La gran virtud fue su obediencia y humildad. Ella hubiera deseado quedarse en su tierra, y el bien que hizo en Costa Rica lo hubiera hecho aquí. Pero los nicaragüenses tenemos que seguir su ejemplo, trabajar en nuestra tierra y continuar su obra. Ya tenemos el terreno en Granada, donado por Monisa (Molinos de Nicaragua, S.A.); con la ayuda del FISE empezamos su obra, con la cual tenemos la convicción de que haremos mucho bien.
Ella hacía el bien donde podía, a quien encontraba, ya fuera anciano o niño. Ella se entregaba de corazón a lo que hacía hasta que terminaba su obra. Tantas cosas se hablan de Sor María en los libros y en boca de las personas que la conocimos, que nunca acabaría de escribir para mencionar las obras y testimonios que a través de ella se conseguían con su rey y su reina.
Un caso que me llamó la atención entre los miles conocidos es el de una madre que llega desesperada donde Sor María porque un carro accidentó a su joven hijo y los doctores le dijeron que no viviría, pues tenía el cráneo fracturado. Y dijeron los médicos que si se salvaba quedaría paralítico, ciego o idiota. Sor María, quien estaba en la capilla le dijo: “Lidia, delante de este altar te está preguntando la Virgen: ¿dónde está tu fe?” Vuelve los ojos a la imagen de María Auxiliadora y añade: “La Santísima Virgen me está diciendo que te devolverá a tu hijo sano y salvo”.
Cuenta aquella madre: “Después me dio el agua de la Virgen y me dijo que humedeciera con ella un poco de algodón y lo pasara por los labios y las heridas del enfermo. También me dio una oración para que la rezara mientras ponía el agua en forma de cruz sobre la cabeza del enfermo, imaginándome al hacerlo que no era yo sino la santísima Virgen quien lo hacía y que cuanto más pudiera penetrar con el pensamiento en la cabeza del muchacho antes quedaría curado”.
“La primera vez que lo hice, mi hijo abrió los ojos, pero no me conoció. Al tercer día habló, pero me preguntó quién era. Le dije que era su madre, y me respondió: No usted es muy hermosa, no es mi madre”. Sor María me dijo después que a quien veía mi hijo en aquel momento era a la Virgen. Al cuarto día tuvo el permiso de llevar a casa al joven pero se lo llevó a sor María quien los acompañó a la capilla.
Continúa relatando la madre: “Sor María decía palabras de agradecimiento a la Virgen y mi hijo las repetía, aunque no claramente. Continuaba en casa poniéndole sobre la cabeza el agua de la Virgen. Al octavo día recuperó por completo el conocimiento y yo sentí que era cuando penetró en él la santa cruz. Cuando lo llevé al médico para que lo viera, me dijo: Puedo decir con usted señora que he visto un milagro, la Virgen la ama mucho”.
Hoy, aquel joven es un estupendo estudiante universitario en su tercer año. Es muy devoto de la Virgen y da gracias a sor María Romero. Esto no es fábula sino un hecho atestiguado.
Omito otros relatos milagrosos. Estos son suficientemente significativos para testimoniar la fuerza de la fe de sor María para obtener la intervención de la Virgen, en auxilio de tantos enfermos.
El don del agua responde a su gran deseo de no pasar ante cualquier tipo de dolor. Lo respalda una oración suya: “Concédeme Dios mío que mientras suba la cuesta de mi vida pueda enjugar sin interrupción todas las lágrimas que aparezcan ante mí, suavizar todas las amarguras, todos los sinsabores, todas las asperezas y poner un poco de bálsamo en todas las heridas. Haz que pueda despertar una sonrisa en todos los angustiados, devolver serenidad a todos los atribulados, unir todos los corazones separados y poner paz donde hay rencor, odio y violencia.”
Creo que con esta oración demostraremos su vida de entrega a Dios y al prójimo.
Para finalizar quiero decirle a todos los nicaragüenses, desde el más humilde, que sigan su ejemplo. Con esta semilla de ejemplo ojalá podamos convertir a esta tierra en una obra ejemplar.
La autora es miembro de la Asociación Sor María Romero.