Góngora, maestro de la metáfora

Conrado Godoy

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Góngora, maestro de la metáfora


Conrado Godoy




Don Luis de Góngora y Argote nació en la ciudad de Córdoba, provincia de Andalucía, España, en 1561.

Como la mayoría de los grandes poetas españoles de su tiempo, realizó sus estudios en la Universidad de Salamanca, de donde egresó para cultivar su personalísimo y polémico estilo poético en el que sobresale un lenguaje culto basado en el empleo abundante del latinismo y originalidad en la expresión, alejada de las formas vulgares del habla común.

Igual que lo haría el Modernismo dos siglos después, con Darío a la cabeza, Góngora recurrió frecuentemente a atrevidos neologismos -a veces de gran sonoridad- “canoro”, “esplendor”, “náutico”, “cándido” y otros, mientras se afianzaba lo que quizás sea la principal característica de su poesía; el uso constante del hipérbaton, figura de construcción por la cual se altera el orden normal de las palabras en el discurso, que identificaría en el futuro y para siempre su peculiar estilo de versificación y al que sucumbieron aún sus más enconados detractores.

Veamos este ejemplo: “deste, pues, formidable de la tierra bostezo el melancólico vacío”. El orden lógico de este verso de Góngora sería: “el vacío melancólico deste bostezo formidable de la tierra”. El poeta se refiere a una gruta. Habría que llenar decenas y quizás cientos de cuartillas, para relatar la vida y obra de este genial poeta. Por ello hemos escogido una fase mínima pero crucial de su monumental trabajo y apenas tendremos espacio en este comentario para reseñarla. Góngora emplea de forma magistral la metáfora, figura retórica que ya no era una novedad pues ya había sido usada por los poetas del Renacimiento. El Barroco, sin embargo, utiliza audazmente la metáfora, como respuesta a un febril anhelo de esquivar los aspectos desagradables de la realidad cotidiana, para atender sólo aquellos que ofrecen algún valor estético. Gracias a la metáfora gongorina, la miel se convierte en “oro” y los labios son “puertas de rubíes”. En sus versos, los montes nevados se transforman en “gigantes de cristal”, los pájaros en “esquilas dulces de sonora pluma”, el mar en “cerúlea tumba fría” y en “húmido templo de Neptuno.” Hasta las cosas más simples adquieren merced a la metáfora un alto prestigio: el aceite será “líquido oro”, los manteles blancos “nieve hilada”, la carne “purpúreos hilos de grana fina” y el gallo, gracias a la magia de su ingenio es convertido en “doméstico del sol nuncio canoro”. Este prodigioso derroche metafórico, el garbo, la soltura y la gracia de sus composiciones y la dignidad y perfecta construcción de los sonetos, sitúan a Góngora como uno de los más excelsos artífices literarios de habla hispana. Sin embargo, su arte tiene limitaciones. Magnífico de color y sonoridad, elegante y suntuoso, egregio en la expresión de la belleza plástica asombra pero no conmueve, porque falto de intimidad y de calor humano nos produce la sensación de algo frío e inerte. Calificado por sus críticos de poeta huero y pedante y sus mejores obras (el Polifemo y las Soledades) tildadas de oscuras, Góngora tuvo la virtud de provocar una de las más ruidosas polémicas literarias del siglo XVII. El feroz ataque a que fue sometido, en el que participaron figuras como Quevedo y Lope de Vega, junto a la introducción del neoclasicismo, fue sin duda, importante factor para que el siglo XVIII fuese adverso a la poesía de Góngora y no fue hasta finales del siglo XIX que su obra se vio rehabilitada por Verlaine y Rubén Darío, quienes se declararon partidarios suyos, atraídos por su aristocrático concepto de la poesía. A partir de entonces, se le ubica entre las más altas cumbres de la poesía castellana y si nos atenemos a su maravilloso dominio de la forma, podemos catalogarlo como el mejor poeta europeo del siglo XVII.

* El autor es periodista.

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