José Esteban González R.*
“No volver al eterno borrón y cuenta nueva”. Esta sencilla frase del doctor Arturo Cruz Sequeira, pronunciada en una conferencia sobre el Plan Nacional de Desarrollo, explica por qué Nicaragua no avanza y no cesa de aumentar su rezago frente a los países vecinos.
En los últimos decenios ese cuento del “borrón y cuenta nueva” se ha convertido en la muletilla utilizada por todos los gobiernos para disfrazar de realismo su incapacidad o falta de voluntad para enfrentar los retos para los cuales fueron electos.
En lugar de enfrentarse a la piñata y de encarcelar a los saqueadores de bienes del estado y de particulares, el Ministro de la Presidencia y yerno de la presidenta Violeta de Chamorro decidió que “era más barato que los sandinistas se quedaran con lo piñateado”. El resultado ha sido que, además de quedarse con lo robado, el Frente Sandinista no ha cesado de hostilizar a los gobiernos democráticos a punta de asonadas y morterazos.
Cuando al final de la Segunda Guerra Mundial preguntaron a Albert Camus qué debería hacer Europa para emprender con éxito su reconstrucción, el gran filósofo francés respondió sin titubear: “Sobre todo, no olviden a las víctimas”.
Por razones nunca explicadas no se ha querido establecer una “comisión de la verdad”, dejando en la impunidad y en el olvido miles de abusos contra los derechos humanos, incluyendo centenares de asesinatos, desapariciones y torturas, similares o peores que los abusos contra los prisioneros iraquíes que hoy escandalizan al mundo. Nicaragua es el único país que se pretende civilizado en donde tantos crímenes de lesa humanidad han quedado impunes bajo el pretexto de no abrir viejas heridas y de una pretendida reconciliación nacional de la que los agresores y criminales son los primeros en hacer mofa.
Como ya se estableció el precedente y nadie o muy pocos levantaron la voz o cedieron ante argumentos falaces, ahora nos encontramos de nuevo ante el mismo falso dilema: “Hacer justicia o perturbar la paz social”. El mismo principio del “borrón y cuenta nueva” y del “sólo por esta vez”, utilizado para premiar con la impunidad a la dictadura sandinista, se quiere aplicar ahora para dejar impunes también los abusos del gobierno arnoldista.
¿Acaso alguien se atrevería a acusar de obstaculizar la reconciliación a los chilenos que reclaman el castigo de Pinochet, a los argentinos que promovieron la anulación de la Ley de Punto Final, a los guatemaltecos que exigen el castigo de Ríos Montt o a los salvadoreños que reclaman el castigo para los escuadrones de la muerte y de los asesinos de los jesuitas? ¿Por qué, entonces no se respeta el derecho de los nicaragüenses a ser civilizados y a establecer una diferencia real y visible entre criminales e inocentes, entre honrados y salteadores, entre honestos y violadores?
Es preciso poner fin a ese perpetuo empezar desde el lodazal a escalar la montaña de nuestra historia arrastrando siempre el cieno nauseabundo y escurridizo que nos hace resbalar y recaer en el fondo del abismo. Sólo reconociendo y aceptando la verdad se puede construir el futuro. Esta exigencia no es un anclarse en el pasado. Al contrario, es superar el pasado, sin esconderlo ni olvidarlo, para construir el futuro.
Este esfuerzo debería incluir lo siguiente:
a) Crear una comisión técnica que realice un inventario de las realizaciones positivas y negativas de los sucesivos gobiernos, desde la caída de Somoza.
b) Establecer una fecha diferente y una formulación distinta del aniversario de nuestra liberación para sustraerla a la manipulación sectaria partidista.
c) Crear una comisión de la verdad y de la reconciliación que, con base en documentación auténtica, preserve la memoria de los sufrimientos del pueblo de Nicaragua. Como el Gobierno no parece interesado en crearla, la iniciativa debe partir de la ciudadanía con apoyo de la comunidad científica y de líderes religiosos no mediatizados por agendas partidistas.
Esta tarea nacional debe inspirarse en valores esenciales y perseguir, entre otros, los objetivos siguientes: verdad, justicia, perdón, reparación, restitución y reconciliación… y que nadie vuelva con la absurda, retrógrada e inmoral cantinela del “borrón y cuenta nueva”.
* El autor es fundador de la CPDH