Franklin Caldera
Siguiendo mis comentarios sobre la perspectiva política de Ernesto Cardenal en La revolución perdida, los invito a que echemos un vistazo a su exposición de los logros de la revolución en el campo de la cultura. Este aspecto del libro refleja la visión estrecha que el sandinismo difunde de la Nicaragua pre-sandinista, como si todo hubiese estado teñido de somocismo (excepto lo relacionado con el desarrollo del FSLN en la clandestinidad). Esta actitud maniquea de tildar de somocismo todo lo que no sea sandinismo, ha sido uno de los fundamentos del pensamiento frentista.
Para comprender mejor esta visión es útil comparar la dictadura somocista con la sandinista. En ambas se dio la llamada fusión estado-ejército-partido, con fronteras muy difusas entre el Estado, la Hacienda Pública y los intereses del partido en el poder. Ambos regímenes exigían fidelidad al empleado público, que debía participar en actos y manifestaciones partidistas.
Pero, por su matriz marxista-leninista, el estado-partido sandinista tendía a abarcar a la nación entera, hasta el punto de que todo lo que sucedía en el país estaba marcado por el sandinismo, que ahora trata de presentar el pasado reflejándolo en su propio espejo. El somocismo nunca tuvo una ideología totalitaria (era una dictadura que se improvisaba sobre la marcha), por lo que su estado-partido ocupaba sólo una parcela del ámbito nacional. Existía un amplio espacio impulsado por personas y entidades ajenas u opuestas al Gobierno.
Así se explica el extraordinario desarrollo poético y pictórico que experimentó Nicaragua hasta finales de la década de l970, caracterizado por actitudes de abierto desafío al somocismo. Tal desarrollo fue posible por la existencia de una empresa privada floreciente (sin la cual no puede existir ningún entorno alternativo) y por el hecho de que Somoza nunca comprendió la trascendencia política del arte y la literatura.
A lo largo de La revolución perdida encontramos ejemplos de esa visión estrecha del pasado. En la página 522, el autor habla de “un país en el que antes no sólo no se publicaban los libros sino que muchas veces no entraban”. La verdad es que la publicación de libros en Nicaragua durante todo el siglo XX fue abundante. Todos los poetas y escritores, desde los más importantes (empezando por Cardenal, nuestro mejor poeta vivo) hasta los versificadores ocasionales, publicaban sus libros, y proliferaban revistas antisomocistas (El Pez y la Serpiente, Revista Conservadora) o de clara orientación izquierdista (Ventana)
Tampoco se pueden olvidar las valiosas colecciones de historia, geografía y literatura del Banco Central y el Banco de América (que continúan hasta el presente) o la existencia de librerías bien surtidas, como la Universal (de Elías Argeñal), con lo más relevante de la cultura universal de todos los tiempos, o la Librería Cardenal y el Club de Lectores, orientadas hacia la literatura contemporánea.
Los libros de Marx y Lenín estaban prohibidos (circulaban clandestinamente, con ese delicioso sabor a fruto prohibido), así como algunas obras consideradas de propaganda comunista (En Cuba de Cardenal es un ejemplo). Contrario a lo que afirma el autor, Dostoievski nunca estuvo prohibido (lo que se decía era que Somoza había dejado pasar La sagrada familia de Engels y prohibido La revolución dietética del doctor Atkins). Sandino, naturalmente, era tema tabú.
Contrario a este panorama, recordemos las librerías de los ochenta, con sus paredes repletas con las obras completas de Lenin y las publicaciones de la Editorial Progreso de la URSS, haciendo realidad la frase que Cardenal cita en su libro (pág. 475): “Más malo que no poder leer a Marx es tener que leer sólo a Marx”.
Es verdad que en la década de 1980 la cultura tuvo un gran impulso (especialmente la artesanía y la pintura primitivista, dando continuidad a un esfuerzo que se había iniciado en Solentiname en los años sesenta), lo que obedecía, en parte, al interés del gobierno frentista, como todo régimen de izquierda, en la cultura como medio de transmisión de ideología. El principal objetivo de ese impulso era el control y uno de los propósitos del Ministerio de Cultura, que el autor llama “el ministerio ideológico de la revolución”(pág. 425), era impedir las manifestaciones culturales ajenas al sandinismo o fuera de su control. Función similar ejercía la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura que, con el mismo signo ideológico, le hacía sombra al Ministerio.
Además, la televisión, las radiodifusoras, los periódicos (con la notable excepción del diario LA PRENSA, que los sandinistas cerraban a cada rato), las imprentas, las librerías, etc. estaban en manos del Estado (o de elementos adeptos al Frente), que también se encargaba de importar libros (lo que significaba una censura implícita). Y salvo contadas excepciones, los intelectuales formaban parte de la burocracia estatal, lo que impedía los análisis contestatarios (recordemos la frase que cita Gioconda Belli en sus memorias: “Tantas muertes para terminar todos convertidos en empleados públicos”)
Es dentro de esta perspectiva que debemos abordar los talleres de poesía a los que tantas páginas dedica el autor. La idea de organizar grupos de estudio de poesía, es loable. El problema de los talleres sandinistas es que se trataba de un proyecto impulsado por el Estado, con el fin de fomentar, con carácter excluyente, una poesía de claro mensaje social, acorde con la ideología oficialista, en detrimento de una poesía más compleja (tildada, por la propaganda estatal, de “esteticista”)
También es ingenua la idea de que los poetas se fabrican en los talleres. Cuando el autor expone las “reglas para los aprendices de poesía” (pág. 499) o afirma que “llegaba un momento en que los poemas ya eran buenos y los poetas ya no tenían que seguir asistiendo al taller” (pág. 515), uno se pregunta si estará hablando en serio.
Cardenal señala como un logro de la revolución la actual abundancia de poetas jóvenes, olvidando que la sobreabundancia de poetas (como la sobreabundancia de abogados) es contraproducente: si la mala música o la mala pintura cumplen funciones válidas de esparcimiento o decoración, la mala poesía no sirve para nada. Por algo Dios y la madre Naturaleza no son pródigos con el talento poético. Y si bien éste se debe cultivar, los grandes poetas nunca necesitaron de talleres o universidades (a lo más algún café-bar). Igual que tocar la balalaika, la poesía es un don.
El autor es escritor.