Periodismo: ¿negocio, oficio o profesión?

Guillermo Rothschuh Villanueva

El quehacer del periodismo en Nicaragua, marcado por la influencia norteamericana, se desplaza en el limbo. Como ocurre en el propio Estados Unidos, todavía aquí no queda claro si el periodismo es un negocio, una profesión o un oficio. En el mismo instante en que el mercado impone sus leyes, metiendo al deporte y a la cultura como componentes de las relaciones mercantiles que gobiernan el mundo, en Nicaragua pese a la existencia de facultades y carreras de comunicación, el periodismo todavía no alcanza el estatus de profesión. Aún cuando el interés de ciertas empresas periodísticas ha sido el de la contratación de periodistas graduados en distintas facultades o carreras de Comunicación, esta decisión no constituye la norma, ni es una regla generalizada. Lo que vuelve periodista a una persona, en una especie de acto de magia, es ser contratada por cualquier empresa mediática. ¿Y sus estudios? Bueno, ¡ésa ya es otra cosa!

Eugene Goodwin lo define a la perfección. El periodismo de acuerdo a la concepción anglosajona de factura norteamericana, es una especie de “hogar abierto” al que pueden entrar y salir quienes quieran las veces que quieran. La puerta siempre estará abierta. Tener un título universitario no hace la diferencia. Aunque sigo sosteniendo que en el periodismo nicaragüense persisten algunas tesis falsas. Una de ellas consiste en contraponer a los graduados contra los empíricos. Tesis falsa como falso resulta también contraponer la colegiación con la libertad de expresión. La forma en que se han planteado estas dicotomías conducen al error y al engaño.

Durante casi medio siglo (1920-1960), parte de la trayectoria más fecunda del periodismo en Nicaragua, sobre todo en el campo de la prensa escrita, descansó sobre los hombros de una mayoría de periodistas empíricos con un bagaje profesional envidiable. Creo que la distinción correcta, si es que se pretende continuar con este juego peligroso, es titulados versus no-titulados, porque a veces encuentro más profesionalismo en algunos periodistas empíricos que en ciertos periodistas titulados. La cultura enciclopédica de los periodistas que hicieron carrera durante dos tercios del siglo pasado era inobjetable. Como en distintas partes de América Latina, se trataba de verdaderos escritores metidos a periodistas, lo que indica su alto grado de cultura. El tiempo se ha encargado de mostrar la fragilidad de esta clasificación interesada, miope y errónea.

En Estados Unidos persiste esta triple manera de ver el periodismo, pero igual a lo que acontece en Nicaragua, los medios de comunicación en ambos países continúan contratando cada vez más a periodistas graduados en las facultades o escuelas de Comunicación para que se hagan cargo de las diferentes secciones de los medios. Sin embargo, persiste la resistencia a calificar al periodismo como una profesión. La renuencia en Estados Unidos de conceder el estatus de profesión al periodismo se debe a que este reconocimiento entrañaría sujetarlo a normas de control provenientes de la colegiación. Con el paso del tiempo las razones que se aducían para evitar la calificación de profesionales a los periodistas han perdido peso. El periodismo es un negocio, pero también es algo más. Eso todos lo sabemos y compartimos. Las excusas esgrimidas por los norteamericanos carecen de sentido. Su oposición cerrada a aceptar como profesión el periodismo derivaba de la creencia de que “su ejercicio no requiere de conocimientos avanzados o educación universitaria especializada”.

Hoy acontece todo lo contrario. El pivote central de los cambios que ocurren en el mundo está en el área del conocimiento. Las mudanzas experimentadas son de tal naturaleza que las transformaciones que ocurren a lo largo del mundo tienen como eje rector el anchuroso mundo de las comunicaciones. Pero no sólo eso. Entre las distintas maneras ensayadas para caracterizar la época actual la que ha adquirido mayor acogida y relevancia por su aproximación al contexto y factores desencadenantes de estos cambios ha sido denominar a nuestro tiempo como era del conocimiento.

Ante esta verdad y en las condiciones concretas del desarrollo del periodismo en Nicaragua conviene tener en cuenta dos aspectos: redefinir al periodismo y conceder la importancia debida al conocimiento como una dimensión ética del ejercicio profesional. En otras palabras, la articulación ética y conocimiento resulta ser una de las ecuaciones más fecundas para comprender el peso del conocimiento en las cuestiones éticas. Esta realidad empalma con las preocupaciones de los dirigentes de la ACDN de capacitar de la mejor manera a todos sus miembros.

El autor es decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UCA
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