Alineación política: intolerancia ciega, rabiosa y cruel

Antonio F. Lourenco

Empezaré por aclarar que no soy ni politólogo ni historiador. Mis opiniones son las de un ciudadano común y especialista en ciencias de la conducta.

El propósito de este artículo es señalar cómo ciertas actitudes extremas pueden ser alienantes y llevar a sus autores a producir víctimas, además de convertirse ellos mismos en víctimas de esas mismas actitudes. Por ejemplo, en los libros de historia aprendimos cómo la inflexibilidad y la intolerancia en creencias religiosas han sido factores de tragedias humanas a través de los siglos, y tenemos que reconocer el esfuerzo del Sumo Pontífice Juan Pablo II para promover la tolerancia entre las diferentes religiones; pero, en el presente, los nicaragüenses estamos siendo víctimas de otro tipo de intolerancia e inflexibilidad, tal vez más destructivas, que se manifiestan en y a través de la política, a como prácticamente lo hemos sido desde los mismos albores de nuestra nacionalidad en la primera mitad del siglo XIX, al ser gobernados más por las emociones que por la razón.

En realidad, si nos ponemos a analizar la dinámica de nuestras pugnas intestinas a través de nuestra historia, éstas parecen también ser debidas a esas inflexibilidades e intolerancias políticas, a esa forma pasional de conducir los asuntos públicos, que empezaron a hacer estragos a través de las rivalidades entre dos primos hermanos que se alternaron como jefes de Estado de la naciente República de Nicaragua —me refiero a Juan Argüello y Manuel Antonio de la Cerda, el primero de ideas liberales y el otro de ideas conservadoras radicales—. En torno de ellos se formaron dos bandos antagónicos, cual de ellos más sanguinario, uno desorejando y el otro desnarigando a los pobres infelices que estaban en medio de sus irracionales intolerancias y desmesuradas ambiciones. En su última estadía al frente del Ejecutivo, De la Cerda fue ejecutado por orden de Argüello, después de haberlo expulsado de su cargo, lo que tampoco trajo una paz duradera a Nicaragua que permitiera el progreso y bienestar ciudadano. Parece evidente que tampoco los líderes nicaragüenses que les siguieron aprendieron la lección, pues las diferencias entre conservadores y liberales se siguieron profundizando y enquistando en las almas y las mentes de los nicaragüenses, afectando de forma más extrema a la clase dirigente que al ciudadano común. Al respecto, tal vez sea oportuno recordar un viejo adagio portugués que reza: “Hay entre el rey y el pueblo ciertamente acuerdo eterno, llama el rey gobierno nuevo, ya el pueblo es del gobierno”, el cual claramente nos sugiere que las masas van a donde las conducen los “Conductieri” y de ahí que la mayor responsabilidad tenga que recaer sobre éstos.

Pienso que otras de las consecuencias funestas de esta forma de actuar de algunos gobernantes son las tres intervenciones extranjeras que sufrió Nicaragua desde su independencia (filibusteros, marinos norteamericanos y en los ochenta) y que desgarraron el estilo de vida y el alma misma del nicaragüense. Y si además leemos con atención los documentos provenientes del Archivo de Indias (Simancas), en Sevilla, agrupados por el insigne Embajador originario de Masaya, Vega Bolaños, en la invaluable Colección Somoza sobre los inicios de la Colonia, encontraremos ya signos graves de intolerancia que llevaron a la decapitación del obispo Valdivieso. También, hablando de la Colección Somoza, el simples hecho que lleva el nombre del asesinado Presidente de Nicaragua, Somoza García —cuyo simple nombre se ha vuelto tabú— y quien la encomendó elaborar y que también cayó víctima de la intolerancia política, hay historiadores y estudiosos que no la toman en cuenta por el simple hecho de llevar la palabra Somoza. Por supuesto que la lista de víctimas nicaragüenses de la inflexibilidad e intolerancia políticas es harto extensa e incluye otras figuras nacionales tales como Sandino, Somoza Debayle, Pedro Joaquín Chamorro, Jorge Salazar, Enrique Bermúdez, Arges Sequeira y recientemente Carlos Guadamuz, entre miles más que de una forma u otra han sido víctimas de esa misma intolerancia política. Ojalá aprendamos de las lecciones del pasado y que la lista de víctimas no siga creciendo como consecuencia del caótico escenario político actual.

Ahora cabe preguntar: ¿No tenemos todos y cada uno de nosotros el derecho de simpatizar más con una idea que con otra sin tener que matar, calumniar, engañar, robar, etc? ¿No sería más racional y provechoso actuar con tolerancia y ética? Mi opinión personal es que para crecer y progresar como individuos y como nación tenemos que ser tolerantes con las ideas contrarias y, en todo momento, actuar con ética. He escrito y enseñado que siendo todos nosotros intrínsecamente ricos y poderosos, habitando un área del planeta llena de recursos naturales, no hay razón para que seamos un país de mendigos débiles, la lucha irracional por el poder no puede más que aumentar el caos y llevar nuestra sociedad a un mayor deterioro. Por esa razón yo llamo alienación política a la intolerancia ciega, y con frecuencia rabiosa y cruel, hacia las ideas seguidas o albergadas por los demás y a la insistencia de imponer sus propias ideas “a cualquier costo” .

¿No es, por consiguiente, tiempo ya para que la política deje de ser manipulada, que deje de alienarnos, que es lo mismo que volvernos irracionales, improductivos y peligrosos, y que, en su lugar, trabajemos por el bien común como un solo pueblo, ya sea que nos consideremos conservadores, liberales o sandinistas, de izquierda, del centro, o de derecha? No veo nada erróneo en el hecho que cada uno de nosotros simpatice más con un partido que con otro, o milite en determinado partido político en vez de otro, lo que sí considero muy erróneo es usar en forma destructiva el poder que tenemos, en nombre de una determinada idea o esquema político o socio-económico, imponiendo o intentando imponer determinado esquema a cualquier costo. En este tipo de proyectos debemos usar el criterio de costo-beneficio, tomando en cuenta los derechos humanos básicos y fundamentales de cada individuo, a como lo consigna nuestra Constitución Política. A este propósito quiero clarificar que el verdadero político no es realmente el que vive envuelto en la política o tiene poder político, sino aquél que éticamente diseña, presenta y defiende proyectos de beneficio para la comunidad. Por ello, yo hago un exhorto a los “políticos” para que sean políticos reales, éticos, y a todos los nicaragüenses para que emerjamos de nuestro letargo. ¡Volvámonos seres razonables y resolvamos nuestros problemas como una nación cuerda, viril y productiva, en vez de volvernos cada día más alienados, débiles y empobrecidos! Trabajemos unidos por una nación espiritual y materialmente rica, tenemos con qué hacerlo y podemos encontrar el cómo hacerlo, lo importante es hacerlo. Es cierto que tenemos que cambiar muchas cosas, pero lo más importante es que cambiemos dentro de nosotros mismos, lo que lograremos si lo decidimos, apelando a lo mejor de nosotros, tanto como individuos o como grupo. Que Dios nos bendiga y bendiga a Nicaragua, que Dios nos enseñe el camino de la cordura y no permita que nos sigamos alienando por quimeras, como son los intereses personales partidarios o reclamados en nombre de los mismos.

El autor es neuro-psiquiatra de niños y adultos, catedrático de Ave María College of the Americas, San Marcos, Carazo

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