Gracias a Dios hay esperanza

José Esteban González R.

Cuando al anochecer del 7 de noviembre del 2004 comiencen a llegar los resultados de las elecciones municipales y, sobre todo, al despertar del 8 y conocerse ya con bastante certeza los resultados, sólo quedarán dos clases de partidos y de candidatos: los vencedores y los vencidos.

Salvo que aquí se produjera algún milagro o alguna situación dramática —¡Dios no lo quiera!— similar a la que sacudió a España el 11 de marzo recién pasado, los resultados en la mayoría de municipios darán la victoria al candidato de uno de los dos partidos mayoritarios: el FSLN y el PLC. Tal como se presentan las cosas actualmente, es previsible que ambos se repartan alrededor del 80 por ciento de los votos y ganen en unas 120 de las 153 alcaldías. El resto se dividirá en proporción impredecible entre las diversas alianzas. Habrá, por lo tanto, un seguro perdedor: el pueblo de Nicaragua.

Éste es el escenario previsible, a menos que antes del 7 de mayo —último día para inscribir alianzas— los sectores más lúcidos del mundo político hagan un análisis objetivo y sereno, saquen las conclusiones que se imponen y actúen en consecuencia. De lo contrario, se realizará el pronóstico anterior, basado no en suposiciones sino en la experiencia y en sondeos serios. El panorama previsible del 8 de noviembre próximo será el siguiente,

1. Ante el modesto porcentaje de votación obtenido, las alianzas saltarán en una polvareda de lamentos y recriminaciones estériles.

2. Un puñado de mini partidos y de etiquetas, propiedad de dirigentes venales, seguirá medrando a la sombra de los caudillos.

3. Sólo unos cuantos partidos democráticos conservarán su personalidad jurídica.

4. El presidente Bolaños se convertirá en un lame duck —pato cojo— hasta el fin de su mandato.

Si esto es lo que la clase política quiere para Nicaragua, ¡adelante, señores, con el sainete actual! Pero si lo que se persigue es darle al pueblo de Nicaragua —hastiado de los abusos de los partidos pactistas y sabiamente sordo a las aspiraciones inalcanzables de los partidos pequeños— la posibilidad de ganar por lo menos un tercio de las alcaldías municipales, sólo hay una fórmula razonable: que todos los que quieren liberar a Nicaragua de la dictadura bicéfala de los partidos pactistas se cobijen bajo una sola personalidad jurídica, mediante una fusión en sentido estricto de la palabra. Lo que se necesita no son alianzas transitorias, sino crear un gran partido democrático de centro. El nombre de dicho partido o el color de su bandera son cosa secundaria.

Una vez adoptado este objetivo estratégico, habrá que apoyar en cada municipio la candidatura de personas capaces, honestas y trabajadoras que susciten la confianza y el apoyo popular. Éste es el único mecanismo sensato para no ser aplastados por los dos partidos pactistas. Todo lo demás se reduce a fórmulas imprácticas y efímeras que sólo sirven para entretener ridículas vanidades personales y liderazgos intraducibles en votos.

Por el contrario, el enfoque unitario centrista aquí propuesto, daría con seguridad muy buenos resultados en las elecciones municipales, sentaría las bases para triunfar en las elecciones presidenciales en las que el nuevo partido centrista podría obtener un elevado número de escaños. Esto significaría una modificación literalmente histórica del panorama político nicaragüense y del rumbo de nuestra historia.

Después de las elecciones municipales, los sectores democráticos unificados en un solo partido y bajo una misma bandera, deberán abocarse a preparar la campaña presidencial del 2006 y a diseñar procedimientos para escoger de manera absolutamente democrática y totalmente transparente a los mejores candidatos posibles a la Presidencia de la República y para diputados.

Gracias a Dios, no obstante el espectáculo desolador que ofrecen algunos políticos que deshonran su noble oficio, hay en los partidos y en otros sectores de la sociedad civil suficientes personas honestas, capaces y con vocación de servicio, entre las cuales escoger a candidatos según el corazón del pueblo.

El autor es dirigente político socialcristiano.

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