Semana Santa en la vieja Managua

Luis Latino Carballo

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Semana Santa en la vieja Managua


Luis Latino Carballo




En Managua, la esplendorosa capital que destruyera el terremoto de 1972, los ritos religiosos de Semana Santa se practicaban de igual forma que en la históricas ciudades de ascendencia española: Granada y León.

Las tradiciones religiosas capitalinas se conservaron casi intactas durante muchísimos años en los barrios de Managua, desde mediados del siglo pasado, en la cual los feligreses acudían a sus templos más cercanos saliendo luego en las procesiones que evocaban en forma la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo.

Como parte de esta santa celebración, en la Managua de entonces se mantuvo también la costumbre de hacer los típicos preparativos de aquellas personas que provenían de los pueblos. Era frecuente ver los molinos humeantes recalentados con la moledora de pinol: payaste, para el pinol de iguana, el riquísimo pinolillo, la masa para preparar las rosquillas y los tamales. Y en los mercados Central y San Miguel, las ventas de queso, cuajadas ahumadas y los jocotes, mangos, papayas verdes, los “atados” de dulce negro de rapadura para el almíbar. En fin, todo lo necesario para guardar los días grandes en los cuales según la creencia católica no se debe comer carne, hasta pasada la semana del sacrificio del Señor Jesucristo.

La imagen del Cristo cargando su cruz se veía por las calles de los barrios, en cuyo recorrido se detenía de vez en cuando reeditando los pasos de la Pasión del Señor. Eran aquellos tiempos en que el fervor religioso hacía resguardar los días santos con meditación, previniéndonos nuestros abuelos de correr, pues cierta vez a alguien se le abrió la tierra, y si escupíamos o golpeábamos algo, era como golpear a Cristo. Tampoco se debía bañarse en las lagunas o ríos, pues podía convertirse en pescado o sirena.

Durante esos días el ambiente bullicioso de Managua quedaba durante la Semana Santa. Una parte de los capitalinos se retiraba a los balnearios, otros se iban a su lugar de origen, y la ciudad quedaba solitaria bajo el sofocante calor de verano, y hasta los pocos carros se detenían. Sólo alguno que otro coche de caballo se veía circular en el centro de Managua.

Al amanecer del Domingo de Ramos comienzaba las celebraciones de Semana Santa en los templos aledaños al centro de la capital, como la Basílica Menor de San Antonio, Perpetuo Socorro, San Sebastián, Cristo del Rosario, Santo Domingo y la Catedral metropolitana de Santiago Apóstol.

Desde horas tempranas los fieles se reunían en las ermitas o iglesias para la bendición de las palmas y el inicio de la “procesión de la burrita”.

Este día, en que con misterioso encanto se celebra la entrada de Cristo en Jerusalén, la imagen de Jesús va representada como un regio jinete cabalgando sobre un burrito rodeado de los adultos y niños de los barrios, alzando las palmas en sus manos y vivando al Señor.

Hacia el occidente de la capital, en los antiguos barrios San Sebastián, La Cruz y Cristo del Rosario, la celebración era todo un acontecimiento para el vecindario que recorría las calles en la procesión, en la cual se acostumbraba estrenar vestidos y zapatos, guardados para este día y para toda la Semana Santa.

Contaban antiguos vecinos de estos barrios que en las primeras décadas del siglo XX las celebraciones de la Semana Mayor daban inicio en la iglesia de San Sebastián, saliendo la procesión de la burrita a recorrer las principales calles de Managua seguida de una muchedumbre, hasta llegar hasta la antigua iglesia parroquial de Santiago, elevada a Catedral en 1913, ubicada donde hoy están las ruinas de la otra Catedral destruida por el terremoto de 1972.

Luego desde la década de los años cincuenta, la procesión, con todo su majestuosa elegancia salía de la recién construida iglesia de Cristo Agonizante, ubicada en el barrio Cristo del Rosario, siendo párroco monseñor Félix A. Andino y Corea.

Iba la imagen de Jesús ataviada con su traje de color rojo y blanco, y cintas de colores, llevando sobre su cabeza un sombrerito de alas dobladas del mismo color del traje, montada sobre un manso burrito.

Lentamente la procesión iba sobre la Calle del Triunfo, que era adornada con muchísimas flores y arcos de papel a colores, y acompañada de la música sacra de chicheros del barrio; en la esquina de los Dormitorios Públicos estaba colocado un portal de madera que significaba la entrada a Jerusalén, y que al atravesarlo entre palmas y alabanzas, música y sonar de cohetes y bombas, se anunciaba el Triunfo de Cristo sobre el pecado en la Jerusalén celestial.

Así, por la Calle del Triunfo cruzaba el barrio San Sebastián, llegando hasta el Parque Central, donde doblaba hacia la Plaza de la República rumbo a la Catedral, donde al llegar las puertas estaban cerradas y entonces la solemne procesión se detenía, y comenzaba el canto dialogado del himno “Gloria, laus et honor” por los fieles que estaban dentro del templo y lo repetían los que estaban fuera.

A su vez, en medio del canto el padre que presidía la procesión tocaba la puerta del templo con una cruz, abriéndose las puertas completamente y entonces entraban todos los fieles a la Catedral, donde comenzaba a celebrarse la misa en la que el arzobispo Alejandro González y Robleto leía las epístolas de San Pablo y el Evangelio de San Mateo, que relatan las humillaciones y Pasión de Cristo hasta su muerte en la cruz.

El autor es director del Archivo General de la Nación.

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