Hugo F. Castillo R.
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El individuo indefenso ante la sociedad caótica
Hugo F. Castillo R.
Las acciones de los hombres, per se, muchas veces no tienen ningún significado, sea porque pertenecen a la cotidianidad o porque devienen de sujetos con poca o ninguna proyección en la sociedad.
Su trascendencia está circunscrita a lo familiar o primario en cuanto a grupo se refiere. La trascendencia está enmarcada a lo que la sociedad pueda o no reconocer de la acciones del individuo, lo que la sociedad perciba de él, y tal percepción está condicionada por la proyección que haya tenido a través de los medios más disímiles. En algunos casos el individuo trata de autoconstruirse una historia, dice y hace de sí un alguien en la sociedad, arrastrando consigo a los más cercanos con el objeto de relevarse-relevando. Por ejemplo, la insistencia permanente de referirse a su esposa como doña, busca el reconocimiento por medio de la imposición de la idea, por la vía de la persistencia; aunque su señora no sea doña terminará siendo llamada como tal, pero en el fondo y el objetivo de dicha actitud es la búsqueda de su propio reconocimiento ya que si el está casado con una doña tendrá que ser necesariamente don, terminando con lo que naturalmente sería: el fulano esposo de la fulana.
Ante situaciones tan nimias la sociedad reacciona de diversas maneras, aceptando y reconociendo de manera coyuntural la imposición, para posteriormente rechazar el reconocimiento y sancionarlo por medio de los diferentes grupos que la componen, sean éstos formales o informales. Esta aceptación y/o rechazo parcial, y el rechazo total, tienen su receptáculo en el individuo y en grupos de diferente carácter. Los motivos podrían ser caracterizados como individuales, donde privan los valores personales y sus genotipos correspondientes.
Estos individuos —ante una sociedad desarticulada y caótica— y grupos emergentes se manifiestan de diferentes formas, según sea su característica. Unos reaccionaran por la vía del simple señalamiento en las reuniones de amigos, chanceándose de la situación; otros llegarán a concebir ideas violentas para terminar o aleccionar a los pretenciosos o por lo menos a los que ellos consideran se están pretendiendo endilgar estatus y papeles que no les corresponden en la sociedad.
En una sociedad caótica, carente de lideres, de patrones ético-morales confusos —e incluso invertidos—, el grupo social del carácter que sea también está en crisis, carece de credibilidad ante el individuo; es el caso de los partidos políticos, grupos religiosos, militares, las instituciones, profesioncitas, donde incluso la familia como grupo primario está fragmentada, por efecto y acción de esos otros grupos; da lugar a que el individuo de conformidad a su naturaleza básica, busque salidas y se manifieste conformando agrupaciones y sub-grupos sobre la base de una identidad bastante frágil, epidérmica, ya que se estructuran en situaciones muy informales: una platica casual, en una mesa de tragos; ante expresiones de unos y otros en los espectáculos: cine, teatro, conciertos, reunión de veteranos de guerra, reunión de promoción. El asumirse a sí mismo como factor diferencial del común de una sociedad a que ellos cuestionan y rechazan, los hace percibirse al mismo tiempo rechazados, constituyéndose esto en un factor que puede identificarlos, no obstante el rechazo es motivo de orgullo, en una sociedad gobernada con debilidad, impregnada de corrupción, carente de liderazgos —sus lóderes de antaño son insustituibles— nadie les merece el mínimo respeto, se ponen por encima de todo, son los ángeles vengadores, los vigilantes, los jueces del resto de los individuos y de las instituciones, capaces de pasar de la expresión oral a la acción, es más, la acción es otro factor de identidad, hay que actuar, hay que hacer algo, es su premisa fundamental.
Lo que ocurre es algo absolutamente individual, iniciativas libres y gratuitas de las que se desprende una profunda fatalidad que va más allá de las causas mismas del fenómeno aún siendo su consecuencia. La acción de estos individuos a nivel de su mini agrupación —donde están sumadas dos o más individualidades— es independiente en un primer momento, de otros individuos que se puedan estar agrupando y cuya existencia como tal muere una vez cumplido el objetivo concreto hacia el que orientaron su acción. En el éxito o el fracaso quedará siempre latente la posibilidad de volver a agruparse, no obstante lo más grave sería que estos individuos encuentren otras voluntades afines y que de forma más estructurada emprendan acciones de mayor envergadura, orientadas a llenar los grandes vacíos originados en la ingobernabilidad y el caos.
Nadie está exento de la acción de estos individuos, más aún aquéllos que se pretendan erigir o se autoproclamen conductores de esta “sociedad”.
El autor es Sociólogo. Consultor Socioeconómico.
Catedrático Universitario.