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Instrumento movilizador
A juzgar por las informaciones periodísticas, en la mesa de las negociaciones del PLC y el FSLN se ha puesto absolutamente todo, inclusive el posible encarcelamiento de varios altos funcionarios del actual Gobierno y la destitución del Presidente de la República, bajo la acusación de delitos electorales.
Daniel Ortega se está aprovechando de la desesperación de Arnoldo Alemán por obtener su libertad y la anulación de la condena por corrupción, o por lo menos para que la juez sandinista Juana Méndez lo envíe de regreso a El Chile, y a cambio de eso está dispuesto a darle a Ortega y el FSLN lo que quieran, más de lo que les dio con el pacto de 1999 y la reforma constitucional del 2000. Igual que el doctor Fausto le vendió su alma a Mefistófeles (el diablo) a cambio de los bienes y placeres terrenales, el doctor Alemán está dispuesto a darle todo lo que pida al mefistofélico caudillo sandinista, con tal de que lo deje en libertad o al menos que lo regrese a las comodidades de la hacienda El Chile.
De esa manera quedaría abortada la Ley de Carrera Judicial, se anularía la candidatura de Pedro Joaquín Chamorro Barrios a la Alcaldía de Managua a fin de que pueda ganar el devaluado candidato sandinista Dionisio Marenco, se resolvería en contra de Iniser la demanda millonaria de Agroinsa, se le entregarían al FSLN las magistraturas que quiere en las cortes de Apelaciones, se le cederían a los sandinistas varias empresas estatales mediante leyes de la Asamblea Nacional, y quién sabe cuántas cosas más.
En esta situación de extrema degradación política, la sociedad nicaragüense parece estar en la indefensión, sometida a la codicia y la irresponsabilidad de los caudillos y sin esperanza de que pudiera surgir una fuerza política intermedia capaz de derrotar a los dos partidos caudillistas, y de emprender la reforma institucional y moral que el país está necesitando a gritos.
El Gobierno de la República y personalmente el presidente Enrique Bolaños no tienen capacidad de impedir el atropello a la institucionalidad que están haciendo los caudillos y sus secuaces, pero tampoco debería aliarse con ninguno de ellos en contra del otro –ni con los sandinistas contra los liberales, ni con éstos contra aquellos–, como se lo aconsejan algunas personas. Tampoco debe el presidente Bolaños sumarse a la malévola negociación pactista de los caudillos, o sea someterse a ellos para que no lo sigan molestando con las acusaciones de delitos electorales.
No es cierto que los caudillos pactistas, juntos ni por separado, van a echar presos a los funcionarios del Poder Ejecutivo ni a destituir al presidente Bolaños. No tienen valor para hacerlo, y si lo hicieran en el extremo de su insensatez e irresponsabilidad, sería peor para ellos.
El presidente Bolaños debe seguir proponiendo su trato nacional, negociado en forma transparente, de interés nacional y no para satisfacer a los caudillos. Y como alternativa debe seguir moviendo y fortaleciendo su propuesta de pedir un plebiscito para que el pueblo decida mediante votación democrática si quiere que los corruptos sigan en el poder o está de acuerdo en que se les destituya.
Probablemente el plebiscito no tenga viabilidad política ni legal, porque de acuerdo con la Ley Electoral son los mismos políticos corruptos, liberales y sandinistas que controlan los poderes Legislativo y Electoral, quienes tendrían que convocarlo y organizarlo. Y como dijo descaradamente un magistrado liberal del Consejo Supremo Electoral, ellos –los arnoldistas y los orteguistas– no se van a suicidar política y económicamente aceptando una reforma y un plebiscito que los sacaría a latigazos del templo institucional.
Pero el plebiscito hay que verlo como un formidable instrumento movilizador de la sociedad, a fin de transformar la inconformidad popular en conciencia nacional y para alzar a la gente sana del país –que sin duda es la mayoría– a la lucha contra el caudillismo y la corrupción.
Se dice que los nicaragüenses son incapaces de respaldar una gran demanda cívica para la renovación política y moral del Estado. Pero no es cierto. Tal vez será muy difícil movilizarlos, pero no es imposible. Y además: ¿quién ha dicho que cambiar un país desde sus cimientos sea fácil y que se consiga rápidamente?