José Antonio Peraza [email protected]
La migración nicaragüense hacia Costa Rica siempre ha sido un fenómeno constante, desde la época de la Colonia. Los conquistadores de Costa Rica partieron de aquí y durante la época colonial esa provincia de Centroamérica fue administrativa y religiosamente dependiente de Nicaragua.
Muchos de los hombres más prominentes de Nicaragua estuvieron refugiados en Costa Rica: Máximo Jerez, José Dolores Estrada, Rubén Darío y Pedro Joaquín Chamorro. Sin embargo, desde los albores de las incipientes repúblicas, Costa Rica mostró rasgos distintivos con respecto a sus hermanas centroamericanas, tanto en lo cultural, político e histórico como en lo racial.
A pesar de las diferencias, creo que los cambios definitivos empezaron a manifestarse con más fuerza con la vinculación temprana de Costa Rica al mercado internacional. Esto se puede comprobar objetivamente con algunos datos. Según Arturo Cruz en el período 1869-70 la producción cafetalera de Nicaragua era de 25,000 quintales, mientras Costa Rica desde 1855 exportaba 71,557 quintales, y ya en 1870 produjo 254,265. Guatemala en el mismo año produjo 120,000 quintales, mientras El Salvador en 1860 produjo 11,000 quintales, en tanto en 1888 se había aumentado a cerca de los 70,000 quintales.
Ese ingreso más temprano y vigoroso de Costa Rica en la economía internacional le permitió poco a poco transformarse del país más pobre de Centroamérica en el de mejores condiciones de vida. Estos rasgos distintivos se consolidaron a partir de la fundación de la Segunda República, en el año 1948. Durante casi todo el siglo XIX Nicaragua no pudo consolidar una economía agroexportadora. En 1880 aún destinaba el 69 por ciento de sus exportaciones al mismo reino de Guatemala y el 31 por ciento fuera del mismo.
Eso provocó que la hacienda ganadera siguiera cumpliendo incluso en el siglo XX una función económica que obstaculizó una vinculación más directa al mercado mundial lo que dificultó la integración y la superación del regionalismo. Una imagen caricaturizada para ver el desarrollo económico de los dos países es que Costa Rica construye su Teatro Nacional al finalizar el siglo XIX, orgullo de su clase cafetalera en tanto Nicaragua lo construye más seis décadas después. Más dramática aún es la comparación con la construcción del ferrocarril al Caribe: Nicaragua nunca lo construyó mientras Costa Rica lo terminó a finales del siglo XIX.
Paradójicamente, como muchas veces sucede en la historia una vinculación más temprana con el mercado internacional y la existencia de una composición étnica más homogénea en el valle central, consolidó una clase política y económica más nacional. Esto contribuyó a consolidar un Estado nacional donde se utilizó más el consenso que la represión, lo que se sintetizó en el mito costarricense de los “hermaniticos”.
Estas diferencias en desarrollo económico y político han provocado desde el siglo XIX migración hacia al vecino país. En la primera parte del siglo XX la migración estuvo más vinculada a la inestabilidad política y a la falta de libertades en Nicaragua que a la búsqueda de oportunidades económicas de los nicaragüenses en Costa Rica. En las décadas del 30 y 40 los nicaragüenses se localizaban mayoritariamente en la zona del Caribe específicamente en las plantaciones de banano.
Esta presencia se mantuvo durante gran parte del siglo XX; sin embargo, a finales de la década de los setenta empezó a cambiar. Con el inicio de la revolución sandinista empezó una avalancha de nicaragüenses hacia Costa Rica por motivos políticos. Durante toda esa década la guerra y el deterioro acelerado de la economía nicaragüense provocaron un flujo continuo de migración ya no sólo por motivos políticos sino también económicos.
En la década de los noventa la migración se volvió fundamentalmente económica como consecuencia del deterioro económico y de la destrucción de la capacidad productiva del país en la década anterior, así como por las altas tasas de natalidad.
Hoy en día los inmigrantes nicaragüenses se enfrentan a las dificultades de la indocumentación y el bajo nivel académico que les impide integrarse y mejorar sus condiciones de vida en Costa Rica. Es fundamental que el Estado nicaragüense haga más esfuerzos institucionales por quienes envían más dinero a Nicaragua que la producción de café o carne durante un año.
Es urgente que el Estado asuma responsabilidades con esa población, pues sin las remesas que envía los compatriotas la precariedad de la paz social se deterioraría aún más, pues esas remesas alivian las necesidades más básicas de los que más necesitan.
El autor es politólogo.