Mercedes Gordillo
Constantemente hablo de México, el país extranjero que más he amado, para mí no existe otro igual: su historia, su gente, el aroma de sus flores. El más completo de Norte a Sur, Este y Oeste del Continente Americano. Me estremecen sus pintores, las danzas, cantos, la poesía de Netzahualcoyotl: “Al menos flores, al menos cantos”. Adoro sus rancheras, las rancheras de José Alfredo Jiménez y otros cantantes desaparecidos. Pedro, Toña “La Negra” y Agustín, mi Agustín Lara con alma de pirata, cautivo del amor de la María. Cine blanco y negro, conocido como cine de oro, neorrealista, cabaretero, rumbero con palmeras borrachas de sol. Recordé que Agustín estuvo en Managua, cantó en una madrugada fría y dejó un reloj de oro como un recuerdo, que aún conservamos con amor. Encontró una María nicaragüense.
Te extraño México, extraño tu frío, las calles, los tacos. Siempre echaré de menos a nuestro poeta Ernesto Mejía Sánchez, quien vivió en la calle Las Águilas y murió solitario en Mérida, Yucatán. Quisiera regresar a México y quedarme allí, visitar el Panteón Español donde reposaron los huesos de mi papá, muerto en el Distrito Federal de una operación gástrica, cuando yo era niña, durante la Segunda Guerra Mundial. Años después sus restos regresaron a Nicaragua convertidos en cenizas, recuerdos que aún conservo en un rincón de mi cerebro. En México perdí a mi padre, pero ese país me dio a José Alejandro, mi único hijo. Allí perdí una vida importante y tuve otra de nuestra propia carne.
En las pirámides del Sol y la Luna en Teotihuacán aparezco fotografiada de la mano de mi papi siendo una niñita de tres años, peinada con largos colochos y un gran lazo rosado en la cabeza. He perdido muchas fotos de entonces, sin embargo siempre oigo como música de fondo “Guadalajara en un llano, México en una laguna”. Siento una leve punzada dolorosa cuando veo a mi mamá llorando como Magdalena en un sitio desolado con árboles altos, muchas cruces y ángeles de piedra. Pero no solamente tengo esa memoria triste de la infancia, aún soy feliz cuando recuerdo la visita que hice con mis padres al parque Chapultepec, lleno de vendedores de globos de colores. Todavía recorro el zoológico y los alrededores del lago sentada en el trencito, igual como lo hice de niña, igual que cuando llevábamos a José Alejandro. Retratos de: Alejandro, el niño y yo, junto a las aulas ambulantes de canarios que sacan con su pico un papelito impreso, anunciando la buena fortuna. También siento mucha ilusión cuando vamos a Xochimilco en una lancha adornada de flores, antes naturales, ahora de papel, y los infaltables mariachis cantando boleros, rancheras, huapangos, de pie en otra lancha navegando junto a la nuestra. Y las mujeres mexicanas vecinas del lugar vendiendo deliciosas comidas desde una pequeña canoa con estufas de carbón a bordo. Tacos de carne, pollo, maíz desgranado envuelto en sus propias hojas. Toda una fiesta mexicana en la pequeña laguna de los jardines flotantes.
Y la vida cotidiana del Distrito Federal durante nuestra estadía en los ochenta, temprano por la mañana leer los diarios matutinos, ver en pantalla las principales noticias, tomadas desde un helicóptero, sortear el gigantesco tráfico, respirando aire contaminado. Divisando en días claros, transparentes, al Popo, al poderoso volcán Popocatepetl. Llegar a mi lugar de trabajo, recordando paso a paso mis días diplomáticos cuando ignoraba todo protocolo. La satisfacción de haber presentado en México la exposición más grande de pintura nicaragüense en el Museo Carrillo Gil, a Carlos Mejía Godoy y Los de Palacagüina cantando a teatro lleno, en el Teatro de la Ciudad. A Irene López bailando en la punta de un ciprés en el teatro de Bellas Artes, incluyendo gigantonas, enanos cabezones, machos ratones y viejitos.
Tampoco olvido ese triste momento (pudo haber sido feliz) de la inauguración de la muestra personal de Alejandro Aróstegui, invitado por el propio director, en el Museo de Arte Moderno, casi enfrente del Hotel Chapultepec. Esa noche asistieron sólo los amigos más cercanos, porque al embajador sandinista se le olvidó invitar a nadie, yo no podía hacerlo por tener un cargo menor y porque su secretaria, una muchacha Malpaisillo, cuestionaba la importancia de la cultura. Afortunadamente todo ha quedado atrás, aunque lo recuerdo vívidamente.
He dejado para el final de esta corta memoria a mis amigos de oro mexicanos, sin mencionar sus nombres para no alardear. Con ellos aún hablamos, reímos, nos quejamos, compartimos. Se ha convertido en un escudo refulgente, porque la amistad, la de verdad, la de todos los tiempos reluce como oro.
La autora es escritora nicaragüense.